P. Alberto Eronti Schoenstatt “irrupción divina”, “irrupción de misericordia”

Schoenstatt no sólo fue y es una “irrupción divina”, sino que es también y fundamentalmente una “irrupción de misericordia”…

P. Alberto E. Eronti – Argentina •

http://www.schoenstatt.org/wp-content/uploads/2016/09/P.-Alberto-Eronti-231×300.jpg 231w” sizes=”(max-width: 400px) 100vw, 400px” style=”margin:5px 15px 15px 0px;padding:0px;font-size:0px;color:transparent;vertical-align:middle;max-width:100%;height:auto;float:left”> ¡Septiembre! Septiembre es un mes que trae innumerables recuerdos a nuestra Familia de Schoenstatt. Dos fechas significativas, entre otras, están ligadas al padre de nuestra Familia: el 13 de septiembre de 1965 y el 15 de septiembre de 1968. La primera, señala el final del exilio y la segunda, su fallecimiento.

Tuve la gracia de conocer a nuestro Padre en 1966. Desde entonces hasta su partida, pude verlo y oírlo en diferentes oportunidades. Lo que desde el primer momento llamó mi atención y captó mi espíritu, fue el halo que irradiaba su persona. Era un hombre –sacerdote y padre– en la cumbre de su vida. Su barba blanca, la sonrisa amable y cálida, la actitud cercana y comprensiva, su alegría serena, la paz y la fuerza de su persona me hicieron bien, mucho bien.

Con el paso de los años y a medida que iba adquiriendo experiencia sacerdotal, me percaté que el Padre-pos-exilio ejercía un particular magnetismo sobre mí. Una y otra vez surgía la pregunta sobre lo que llamé “el misterio del Padre”. Al principio intuitivamente, y luego de manera reflexiva, fui buceando en ese particular arco que une tres fechas caras a la Familia: 20 de enero, 31 de mayo y 13 de septiembre. Fueron surgiendo preguntas, frutos de un anhelo intenso: ¿Qué vivió el Padre en esos años?, ¿qué produjo en él un cambio de acento orgánico en su vida?, ¿hay una palabra que pueda definir la experiencia del Padre en ese período?

La “punta del ovillo”, por así decir, me la dio un hermano sacerdote que, junto con otras personas, celebró con el padre la Nochebuena y la Navidad de 1964. Conversando sobre aquellos días, me dijo que, en algún momento de la celebración, alguien le preguntó al Padre si no sería esa su última Navidad en Milwaukee. La pregunta hizo que todos los rostros se volvieran hacia el Padre, cuya respuesta fue: “Podría ser”. “No imaginas”, me dijo, “el impacto de aquellas palabras”. Pero el Padre no continuó hablando del tema, aunque sabía y percibía que María estaba actuando. Nueve meses después llegaba a Milwaukee un telegrama…

No hay que olvidar que se estaba viviendo la experiencia de gracia del Concilio Vaticano II. Muchas realidades consideradas inamovibles en la Iglesia, fueron cuestionadas y nuevas categorías eclesiales fueron apareciendo. El fin del exilio se dio en este contexto, y no tenemos por qué dudar de que fuera una irrupción de la gracia.

Siguiendo con las preguntas que me había formulado, el mismo hermano sacerdote me hizo ver la respuesta anhelada. Me dijo que, cuando camino a Europa, el Padre hizo escala en Nueva York, dado que el tiempo horario lo permitía, tuvo un encuentro con la Familia. Tras saludar a la Madre tres veces Admirable en la capilla de la casa, se volvió hacia los presentes y dijo estas palabras: “Hijo, no olvides las misericordias de tu Padre. Hijo, no olvides las misericordias de tu Madre. Hijo, no olvides tus propias miserias”.

He aquí la palabra que, a mi criterio, resume todo ese arco de gracia de las tres fechas de la vida de la Familia: misericordia.

Lo que el Padre estaba revelando a la Familia era, de forma sencilla pero nuclear, lo que constituyó su experiencia religiosa fundamental en esos largos y difíciles años. Creo entender que el hecho de que la Familia siguiera existiendo tras asumir las durezas del Nacional Socialismo, de la Guerra, de la Visitación Canónica y del exilio, constituyó para él la experiencia más honda y decisiva de la insondable misericordia de Dios. Utilizando un verbo inventado por el Papa Francisco, el Padre tuvo la conmovedora certeza de haber sido hondamente “misericordiado”, y por él y como él, toda la Familia. A esta temática dedicará numerosas reflexiones “los lunes por la tarde”, y aparece también en sus pláticas a la Comunidad Católica Alemana, en las conversaciones con sus hijos espirituales…

La experiencia de tamaño amor misericordioso se une, en el interior de nuestro Padre, con la radical experiencia de pequeñez y de desvalimiento. Es  lo vivido durante 23 años lo que revela el Padre pos-Milwaukee. Esta experiencia lo lleva a impulsar un cambio orgánico en la vida de la Familia, cambio que pone en el centro la infinita misericordia de Dios y la insondable pequeñez de los hijos. Este cambio orgánico, escribirá en la carta de la Navidad 1965 a la Familia, supone vivir y anunciar: “La nueva imagen del Padre, la nueva imagen del hijo y la nueva imagen de la comunidad”. A esta vivencia el Padre la llamará “Victoria Patris”, e impulsará esta corriente a toda la Familia.

El 18 de febrero de 1957, se pregunta y responde: “¿Qué es Schoenstatt? Pienso que podría decir: Schoenstatt es un desposorio perfecto entre la infinita misericordia de Dios y la ilimitada miseria humana”. Y agrega, como una sentencia: “La historia de Schoenstatt no es más que una constante competición entre la misericordia divina y la miseria humana. Y ¿quién triunfa en esa competición? La misericordia divina triunfa sobre la miseria humana. Segundo, la misericordia divina triunfa a pesar de la miseria humana; y, tercero, la misericordia divina triunfa a causa de la miseria humana”.

Es así como llegó a mí la respuesta a las preuntas que me había planteado. Hoy tengo la certeza de que el Padre que tuve la gracia de conocer, era el Padre en su plenitud. Esa plenitud se irradiaba como misericordia, como paz, como esperanza, como certeza de victoria. ¡Era la luz de una paternidad vivida hasta el extremo! Schoenstatt no sólo fue y es una “irrupción divina”, sino que es también y fundamentalmente una “irrupción de misericordia”, esto es: del amor sin medida. No es casualidad que poco antes de fallecer, diera a los representantes de Schoenstatt en las Jornadas Católicas de Alemania, un lema que es un canto a la misericordia y un programa de vida para este segundo siglo de la Familia: “Alegres por la esperanza y seguros de la victoria, con María hacia los más nuevos tiempos…”.

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