Michael Marmann

Si usted quiere a la Santísima Virgen, somos amigos

Yo era un estudiante de teología de 23 años a principios de la década de 1960, abierto a todo lo que era nuevo en mi época y en la ciencia, algo normal entre compañeros y personas de ideas afines, especialmente cuando se trataba de lo no convencional, lo alternativo. O sea, un seminarista más o menos normal: moderno, pero (por supuesto) no postmoderno. Todavía me faltaban dos años para mi ordenación sacerdotal, para mi gusto, un largo tiempo para experimentar no sólo profesionalmente, sino también vocacionalmente. A pesar del (o debido al) término de mis estudios oficiales en la Universidad de Bonn, estaba buscando darle forma a mi vida. Por cierto, a pesar de mi apertura al secularismo de mi fe, yo estaba fundamentalmente seguro y decidido a defenderla. Como muchos de mis compañeros de estudios, tenía la actitud de muchos, incluidos los católicos, intelectuales o académicos, frente a elementos demasiado conservadores y tradicionales: o los ignoraba o los rechazaba bajo protesta: los consideré irrelevantes. Esto incluía la veneración a María. Prefería, como dije entonces, dirigirme a un santo desconocido que a esta mujer. Una vida bastante agitada, por no decir turbulenta en el seminario poco antes del año 68, por fuera y por dentro. Una vez, poco antes de la medianoche, volví de un viaje (sin permiso) por el centro de Colonia. Mi habitación estaba a pocos metros de la entrada a la capilla de la casa, y me sentí atraído a hacer una breve oración en la oscuridad de la capilla. Todo estaba tranquilo y oscuro, excepto por dos pequeñas velas que iluminaban tenuemente el entorno. Una luz estaba junto al tabernáculo: presencia real del Señor en el Sacramento de la Eucaristía; la otra luz estaba frente a una estatua de la Santísima Virgen, titulada “Sede de sabiduría”. Mientras me encontraba así en oración, recapitulando el día con todos sus trastos e intentando una actitud de recogimiento frente al examen de conciencia, miré la figura escasamente iluminada de María. Entonces surgió en mi la pregunta peculiar: ¿le podría tratar de “tú” a María? Aparentamente para mí esta fue una pregunta real, ¡a pesar de los cantos y oraciones a María, a pesar del rosario y de las peregrinaciones y fiestas marianas! Y aún recuerdo vivamente, que encontré esta pregunta no sólo inspiradora, sino emocionante. ¡Me encontraba tan lejos de la Santísima Virgen, de tener una relación viva con Ella! Sin poder recordar una respuesta específica, fue claro para mí como una cosa obvia: ¿por qué no? No se cuánto tiempo pasé en esta meditación nocturna; el significado de este proceso apenas llegó a mi conciencia. Una sola cosa recuerdo muy bien, como si fuera algo inevitable: que me dirigí a la otra luz, la del tabernáculo. De repente estaba Cristo ahí, Él mismo, vivo y, por así decirlo, tangible. Me fascinó y me llenó, como si no hubiera nada más que pudiera ser importante para mí e importante para mi existencia. ¡En cuestión de segundos, en un momento www.schoenstatt.org me di cuenta de que no tenía un contacto real, profundo, del alma con Jesús! Sí tenía un gran interés en la Palabra de Dios, en la exégesis, también en la estructura de la liturgia, y no sólo interés: despertaba en mí la creatividad y mi compromiso alegre: todo tenía que tener siempre mucho estilo y encontré que muchos trabajos sobre la Biblia eran una exitosa obra literaria… Pero ahora, de repente, como si fuera un milagro, todo era diferente. En la Eucaristía encuentro realmente a Jesús, “quien me amó y se entregó por mí” (Gálatas 2:20); en las Escrituras él mismo me habla: “El camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Un proceso ejemplar que se me permitió experimentar sin querer y sin merecerlo: llegar a Jesús a través de María. A partir de ese momento, mi vida (religiosa) cambió completamente: del cristianismo como idea a la fe, del pensamiento a la vida. Retrospectivamente todo está claro, sólo me asusta pensar que mis años de trabajo de Iglesia y el trabajo teológico eran para mi lo más normal de la vida cristiana. Sólo más tarde descubrí todas las implicaciones de esta experiencia clave que determinó mi vocación futura. Yo había sido un candidato honesto para el sacerdocio (católico), de mente abierta a los altos valores y creyente en Cristo, y a pesar de ciertos desvíos e irregularidades, había continuado en mi camino. ¡Pero yo tenía un pensamiento y una vida equivocados!¡Sin sentimiento de culpa! Obviamente, para enfatizar sólo este punto, que por supuesto era sólo la punta del iceberg, no podía pensar en Jesús y María como una unidad. María era, por así decirlo, inexistente y así (al menos para mí), la relación con Jesús no estaba viva, le faltaba el alma. Por supuesto que sabía todo acerca de la Virgen de Nazaret (por ejemplo lo que está escrito en la Biblia), pero yo no estaba consciente, mejor dicho, Ella no estaba relacionada con Cristo y esta información que estaba en la cabeza no llegaba al corazón. Tuve que descubrir ésto de una manera sensible y noble. El corazón, que aparentemente quería dedir “tú”, estaba como apagado y sólo cuando se “encendía”, podía volverse completamente hacia Jesús y recibirlo. Años más tarde conocí al fundador del Movimiento de Schoenstatt, el padre José Kentenich, en los Estados Unidos, donde se encontraba en el exilio, determinado por la la Iglesia que no entendió su misión carismática, es decir, se encontraba estrictamente separado de su fundación. Cuando le hablé de los inicios de mi relación con María, me respondió: “Si usted quiere a la Santísima Virgen, entonces somos amigos”. A lo largo de décadas de conocer sus intenciones, mi primera experiencia con María se volvió cada vez más clara en su significado y alcance: desde un pensamiento poco sano, enfermo, al que el padre Kentenich llamó “separatista” o “mecanicista”, fui conducido a un pensamiento global, capaz de ver y pensar lo que está unido y lo que él llamó el pensar, vivir y amar orgánicos”. Fuente: Was Maria mir bedeutet – durch Maria zu Jesus gelangen, publicado en: F

 Él abrió muchos caminos apostólicos. «El buen Dios te dio, como dice el Papa Francisco, una ‘santa inconsciencia’, pero también una audacia confiada. Así tomaste decisiones importantes para el futuro «. Citó como ejemplo la descentralización de la comunidad, la fundación en Nigeria e Italia. Acompañó un tiempo a las familias en Austria y el padre Otto Amberger habló de la época en que el P. Marmann animó a los schoenstattianos de Regensburg a tomar la iniciativa y a fundar un movimiento a principios de los años setenta.

Muchos hablaron en esas dos horas en que la tormenta soplaba alrededor de las torres de la iglesia de la Santísima Trinidad en el Monte Schoenstatt: sus hermanos y sucesores como superior general de los Padres de Schoenstatt, sus amigos de ‘Juntos por Europa’, schoenstattianos con los que comenzó en Regensburg y al final, resuenan en el eco de sus propias palabras citadas por el padre Heinrich Walter en la plática, las palabras de su experiencia clave sobre su encuentro con María y Jesús.—
 Recuerdo que nuestro padre fundador se quedó reflexionando esto por un largo tiempo; luego se volvió un poco hacia mí y me dijo: “Si usted quiere a la Santísima Virgen, somos amigo”. Esta frase ha tenido un efecto duradero en mi vida, entre otras cosas porque me pareció que el padre fundador, como sacerdote, me dijo estas palabras de Cristo; siempre me recuerda sus palabras a sus discípulos: “Os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”. 1

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