PRÉDICA EN GYMNICH

Ángel Strada

Domingo de Cristo Rey.Celebramos hoy la fiesta de Cristo Rey. Confesamos que Cristo es el Señor de la historia. Que él tiene poder para dar sentido y conducir la pequeña historia de nuestras vidas y la gran historia de todos los pueblos. Esa historia que tantas veces nos duele, que nos parece dominada por poderes oscuros, por la injusticia y la mentira, por la guerra y la miseria.

En nuestra fe afirmamos que el reino de Dios se ha hecho visible en la persona de Jesús, que él sigue estando presente en medio nuestro y que al final de los tiempos se manifestará plenamente. Habrá entonces un nuevo cielo y una nueva tierra. Ya no habrá llanto ni muerte. Dios será todo en todos. Y los que han seguido su mandato de amor a Dios y al prójimo estarán para siempre junto a él. Para ser buenos ciudadanos de ese reino necesitamos maestros, guías, modelos, santos. De ellos aprendemos ideas, metas, formas de vida y anticipaciones de otro mundo superior al nuestro. Ellos nos dan no sólo noticia de humanidad, sino el ánimo necesario para intentar realizarla, la confianza en que merece la pena intentar la aventura de ser ciudadano del reino, el testimonio de que Dios colabora en esa empresa ofreciéndonos su fuerza para realizarla. Los santos muestran que el Evangelio de Jesucristo no es la proclamación de bellos ideales imposibles de alcanzar, frases bonitas pero ineficaces, utopías. Las mejores y más fecundas páginas de la historia de la Iglesia han sido escritas por los santos. Una Iglesia sin santos sería una Iglesia empobrecida, sin signos visibles de que la gracia de Dios transforma las vidas, sin poder mostrar en concreto lo que ocurre cuando alguien sigue a Cristo incondicionalmente. Los santos son de importancia vital para la Iglesia. Lo que la Iglesia propone en su doctrina en ellos ya está realizado. Así lo comprendió el pequeño Alberto. Camino a un supermercado él y su madre pasan por una iglesia. “Mamá, ¡qué sucias que están esas ventanas!”, comenta Alberto. Entran en la iglesia y las ventanas, ahora iluminadas por el sol, aparecen radiantes. En un vitral se ve la figura de un santo. El niño pregunta: “Mamá, ¿Quién es ese señor? “Es san Francisco de Asís”, responde ella. Y le cuenta la historia del gran santo. Unos días después, en la escuela, el maestro de religión pregunta: ¿quién puede decir quien es un santo? Alberto levanta la mano y responde: “es un hombre que en la iglesia deja pasar la luz del sol”.

Hace 133 años aquí, en Gymnich, nació uno de esos hombres que con su vida dejaron pasar la luz del sol. El padre Kentenich enriqueció la gran tradición católica de este lugar. En agosto de 2005, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, el papa Benedicto dijo: “La diócesis y, en particular, la región de Colonia conservan la memoria viva de grandes testigos que, por decirlo así, están presentes en la peregrinación iniciada por los tres Magos. Pienso en san Bonifacio, en santa Úrsula, en san Alberto Magno y, en tiempos más recientes, en santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edit Stein) y el beato Adolfo Kolping. Estos ilustres hermanos nuestros en la fe, que han mantenido en alto la antorcha de la santidad a lo largo de los siglos, son personas que han visto la estrella y la han mostrado a los demás.” (Benedicto XVI, Alocución en el Aeropuerto Internacional de Colonia/Bonn, 18 de agosto de 2005)

Tres estrellas guiaron la vida del padre Kentenich. La primera estrella: Un profundo encuentro con el Dios de la vida y de la historia. Lo buscó con intensidad en los años juveniles y lo transformó en la meta y en el sentido de toda su existencia. Realizar siempre la voluntad del Padre Dios, seguir a Jesucristo incondicionalmente, dejarse guiar por los impulsos del Espíritu Santo fueron fuente y motivación primera de su vida. Con pasión predicó sobre el Dios de la vida, el Padre rico en misericordia que actúa sólo por amor y para despertar nuestro amor. No es algo aprendido de memoria o mero discurso piadoso, antes lo ha experimentado en su propia persona. No es casualidad que el santuario de Schoenstatt en Colonia él selló una Alianza de Amor con el Padre Dios en el año 1966. Como joven novicio escribió en su diario personal: “Dios es mi origen. Dios es mi meta. Él tiene que ser también el norte de mi vida, el centro de todos los ideales”. No se cansó de proclamar que María fue quien lo educó y acompañó en su camino de fe. “A ella le debo todo”. “Ella ha sido la gran maestra de mi vida interior y de mi actuar”. “Ella es el alma de mi alma”. Estas son algunas de las expresiones de su profundo e intenso amor a María.

La segunda: Una gran voluntad de servicio a los hombres Impresiona la gran cantidad de personas de muy diferentes edades, sexo, estado de vida, nacionalidad, que unánimemente afirman haber encontrado en el padre Kentenich un sacerdote que supo escucharlos, comprenderlos, orientarlos. Alguna vez, hacia el final de su vida, le preguntaron qué método había utilizado para ganar la confianza de miles de personas. Con sencillez respondió: “Nunca pedí nada para mí mismo, día y noche estuve a total disposición de los demás”. No es casualidad que la imagen evangélica del Buen Pastor fue una de sus imágenes predilectas.

La tercera estrella: El seguimiento de Cristo en situaciones difíciles y dolorosas. Desde septiembre de 1941 hasta abril de 1945 el padre Kentenich es prisionero del régimen de Hitler. Los meses en la cárcel de Coblenza y los años en el campo de concentración de Dachau no quiebran su fe, sino que la fortalecen. Soledad, encierro, hambre y frío, insultos y violación de sus derechos no lo amargan ni destruyen, sino que lo hacen crecer en su decisión por Dios, por la libertad y la dignidad humana. El cálido diálogo interior con María y con las personas que lleva en su corazón es la fuerza que lo sostiene e impulsa. Una nueva etapa difícil de su vida va desde octubre de 1951 a septiembre de 1965. Por orden del visitador nombrado por la Santa Sede debe abandonar Schoenstatt y permanecer en Milwaukee, ciudad en el norte de los Estados Unidos. Allí vive en una pequeña Comunidad de los Padres Palotinos. Son catorce años de crecimiento interior, de muy escasa actividad pastoral, de soledad y renuncia. En esos años pide que en su tumba se coloque una sola frase: “Amó a la Iglesia”. La incomprensión de la autoridad eclesial no lo quiebra ni lo rebela, permanece fiel y con franqueza expresa su postura.

A su regreso, ya octogenario, no duda en lanzar a su fundación a un servicio incondicional a esa Iglesia. Su último mensaje a la Familia de Schoenstatt es: “Alegres en la esperanza y seguros de la victoria, con María hacia los tiempos más nuevos”. El 15 de septiembre de 1968 culminó su peregrinar terreno en la sacristía de la iglesia de la Santísima Trinidad, minutos después de haber celebrado la Eucaristía por primera vez en esa iglesia que él pidió se construyera en honor de la Santísima Trinidad y en gratitud por los dones recibidos Su proceso de canonización se abrió el 10 de febrero de 1975 en la diócesis de Tréveris. Su fama de santidad está extraordinariamente extendida. Miles de personas de 94 países testimonian que en él han encontrado un convincente ejemplo de vivencia del Evangelio, se han sentido apoyados en su fe y se han confiado a su intercesión ante Dios. Más de 200 santuarios de Schoenstatt en los cinco continentes son lugares de encuentro con Dios.

El entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, dio testimonio de la importancia del padre Kentenich para la vida de la Iglesia: “El futuro de la Iglesia dependerá sólo del vigor de aquellos que tienen raíces profundas y que viven de la pura abundancia de su fe. No dependerá de aquellos que se acomodan al momento. No dependerá de los que eligen el camino cómodo ni de los que rehúyen la pasión por la fe, que consideran equivocado y anticuado, que interpretan como tiranía y legalismo todo lo que exige al hombre, lo que le causa dolor, lo que lo obliga, lo que lo lleva a entregarse por entero. Digámoslo positivamente: el futuro de la Iglesia será esta vez, como siempre, acuñado de nuevo por los santos. El papa Juan Pablo II, en su primera visita a Alemania, señaló al padre Kentenich como uno de los ‘insignes sacerdotes de la historia reciente’. De su vida, de su palabra y de su obra surge una luz que puede ser un indicador en el camino. En su sarcófago está grabado el lema que lo guió, lo formó y con el que modeló a muchos: ‘Dilexit ecclesiam’, ‘Amó a la Iglesia’.

Quiera María protegernos y ayudarnos, la Madre de la Iglesia por quien él siempre se dejó guiar. Quiera ella, a través de su fiel servidor el padre José Kentenich, abrir a muchos el camino del amor a la Iglesia para que un nuevo vigor y una nueva alegría de la fe inunden a nuestro pueblo y a nuestro país.” (Cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Prólogo de la novena “Arriesgar el nuevo comienzo. Amar a la Iglesia con el padre Kentenich”, Roma, 18 de octubre de 1989, Vallendar 1993, 4.a edición) 24 de noviembre de 2018

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