El negocio

Donum vitae lo denunció con precisión: la fecundación in vitro es una acción técnica de unos profesionales (todo lo bien intencionados que se quiera) que sustituye al acto personal de los padres. Dicho de otro modo: la fecundación in vitro suplanta la procreación, poniendo en su lugar la producción de los niños y eso es algo de por sí injusto. Porque producir niños es tratarlos como si fueran objetos, es cosificarlos. Lo justo, en cambio, es que los seres humanos sean convocados a la existencia de modo acorde con su condición de sujetos, iguales en dignidad a los padres. Esto es precisamente lo que sucede en el abrazo conyugal, por ser un acto plenamente personal, ya que consiste solamente en la entrega de los progenitores el uno al otro en cuerpo y alma. Los padres se relacionan de este modo con su hijo como con un don que reciben de su mutua entrega y no como con un producto que consiguen por medio de determinadas técnicas instrumentales. Se comprende, pues, que la producción de niños en los laboratorios lleve consigo una mentalidad utilitarista tendente a valorar los “productos” de tales técnicas no como seres dotados de dignidad personal, sino como elementos susceptibles de alguna utilidad. Es exactamente lo que ha sucedido con los miles y miles de embriones congelados y almacenados en los centros de reproducción, que son vistos como “materiales biológicos” colaterales de las prácticas de fecundación in vitro a los que sería necesario dar alguna utilidad, antes de deshacerse de ellos. En este contexto se han planteado en los últimos años problemas nuevos a los que da respuesta la Instrucción Dignitas personae. Mencionamos algunos de ellos.

El negocio fecundac in vitro

 

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