1949 31 de mayo Respuesta al Informe sobre la visitación

P. José Kentenich
Epístola perlonga

Primera Parte

Primera Carta

Santiago de Chile, 31 de Mayo de 1949

Respuesta al Informe sobre la visitación canónica del Movimiento Apostólico de Schoenstatt, realizada del 19 al 28 de febrero de 1949, y redactado por el visitador, Mons. Bernardo Stein, obispo auxiliar.

El Informe menciona que el ¨problema de Schoenstatt¨ puede ser contemplado desde cuatro puntos de vista: dogmático, jurídico, organizativo – pastoral y pedagógico.

Se declara como inobjetable la enseñanza dogmática y el sentido eclesial que se fundamenta en ella: ¨Su ideario teológico es, en cuanto a su contenido, ortodoxo y eclesial¨ (pág. 1).

Se toca fugazmente el aspecto jurídico en las conclusiones y medidas a tomar, que proponen una pronta redacción de las constituciones definitivas (pág. 7). Ya que esta tarea le compete directamente a la Santa Sede en virtud del Pro Decretum Laudis, no es necesario entrar aquí en esa materia (al menos no en detalle).

La inserción organizativa en la pastoral ordinaria es cosa del episcopado. El Informe pone de relieve que la cohesión del Movimiento de Schoenstatt dificulta dicha inserción pastoral (pág. 4). Tal dificultad podría allanarse fácilmente si se distingue con mayor exactitud entre Institutos, por un lado, y Federación y Liga, por otro. Los Institutos quedan al margen de la cuestión porque ya han encontrado su lugar en la estructura eclesiástica – como las Hermanas de María – o bien porque están en trámite de lograrlo – como los demás Institutos -. En cuanto sean reconocidos como institutum saeculare, queda resuelta también para ellos la cuestión de su inserción. 

De este modo sólo resta la Federación y la Liga. Ahora bien, ninguno de las dos revisten el carácter de Familia estricto que se percibe como dificultad. En el fondo, el temor manifestado no tiene razón de ser. 

Por lo tanto sólo queda el aspecto pedagógico como objeto de discusión. Más exactamente, se trata aquí de Schoenstatt como problema pedagógico. El Informe afirma que ¨el problema de Schoenstatt no es en primer lugar de carácter dogmático doctrinario sino más bien pedagógico práctico¨ (pág. 1).

De esta manera nos movemos finalmente en el plano en el cual Schoenstatt, desde el principio, quiso ser valorado y juzgado. Tomamos la posición que constituye la única perspectiva desde la cual puede entenderse Schoenstatt. Contemplamos la dirección hacia la cual apunta su misión para la época. Estamos nombrando el campo en el cual Schoenstatt habrá de significar una bendición o una maldición para la Iglesia…

¨Nunca quisimos ser un movimiento dogmático, filosófico o psicológico, sino sólo oficial de enlace entre ciencia y vida. Nuestra ascética y nuestra pedagogía quieren ser dogmática, filosofía y psicología aplicadas¨ (¨Carta de Octubre de 1948¨).

Desde el principio nos hemos considerado simplemente como un decidido movimiento de educadores, de educación, de apostolado, y deseamos que la historia nos juzgue como tal y sólo en calidad de tal.

Al entendido en la materia no le resultará difícil ampliar el tema y contemplar a Schoenstatt como símbolo por excelencia del problema pedagógico de los instituta saecularia. Para que dichos institutos sean capaces de desarrollarse y ser fecundos necesitan una legislación y un sistema pedagógico propios. Y esto último tal vez más que lo primero. Nosotros creemos tener una misión en este sentido, por eso sometemos con gusto nuestro sistema al debate público.

Quien esté al tanto de la situación pedagógica del tiempo actual y conozca su relación con la catástrofe de Occidente; quien esté familiarizado con los intentos de rescatar a este último, ampliará espontáneamente el marco y podrá así contemplar a Schoenstatt como símbolo de la problemática pedagógica de todo Occidente. Esta crisis es la que le ha dado los más fuertes impulsos a Schoenstatt, la que inspiró sus objetivos y leyes fundamentales, sus medidas y pesos. Schoenstatt es un espejo de los interrogantes existenciales y vitales de Occidente, pero también un compendio de sus intentos de solución. El lugar donde se gestó y nació quiere y debe seguir siendo su lugar de trabajo, su taller. 

Más aún, quien haya tenido oportunidad de estudiar el estado actual de la Acción Católica en el extranjero; quien haya tomado contacto con hombres que estén en la dirigencia, ése sabrá que en todo el mundo la Acción Católica enfrenta el mismo problema: la cuestión de una educación acorde a la época. La solución que se dé a la misma decidirá la subsistencia o muerte de la Acción. En el extranjero los frentes se han endurecido en muchos aspectos; han perdido el norte y ya no pueden avanzar más. Por eso en todas partes se escucha el clamor por un movimiento que sea un neto movimiento de educadores y de educación, tal como deseamos serlo nosotros…

El Informe dice sin rodeos: ¨Los principios sobre los que se sustenta el sistema pedagógico de Schoenstatt son asimismo fundamentalmente correctos, sin que haya nada que objetar¨ (pág. 1).

¿Qué se puede responder a esto?

Si se tratara únicamente de Schoenstatt y de nada más deberíamos darnos por satisfechos con esta afirmación. Podríamos dejar que cada uno siga su camino sin ser molestado. Sólo tendríamos que esforzarnos por no perder de vista ciertas zonas de peligro – con las cuales tiene que contar todo sistema en la práctica – y evitarlas en lo posible. Y así todo estaría en orden. Quedaríamos por fin exentos de toda complicación con otras corrientes espirituales y tendríamos vía libre para continuar desarrollándonos tranquilamente. Al cabo de años de encarnizadas luchas podríamos archivar las actas…

Sin embargo la situación es totalmente distinta cuando contemplamos a Schoenstatt y los cuestionamientos pedagógicos en torno de Schoenstatt en el marco de los institutos saecularia, en el contexto de los interrogantes existenciales y a la luz de la situación global del catolicismo en todo el mundo, y cuando queremos precisar con mayor exactitud nuestra posición en medio de la confusión de la época actual.

Efectivamente, hoy más que nunca las cuestiones pedagógicas – especialmente para el quebrantado Occidente – son cuestiones esenciales que conciernen a la renovación del pueblo y a la reconstrucción por las cuales todos claman. De ahí que esa solidaridad en el desconcierto general, de la cual habla Niemöller en la Conferencia Mundial de Iglesias, en Amsterdam, se haga notar especialmente en el campo de la pastoral y de la educación.

El Informe de la visitación nos recuerda este polifacético desconcierto. Consciente o inconscientemente plantea los interrogantes pedagógicos como una consecuencia de las profundas conmociones sufridas por nuestra cultura, urgiendo a investigar con mayor hondura las leyes más sutiles del ser y de la vida. Porque la no observancia de tales leyes acarrea la escisión de la persona y de la comunidad y el aceleramiento del ocaso del Occidente católico. En cambio, cuando se las respeta cuidadosamente se convierten en fuente de abundantes bendiciones para el mundo y la Iglesia, para el pueblo y la patria.

Sin duda es cierto que también los mejores y más irreprochables principios pedagógicos están expuestos a peligros y desviaciones que en la práctica no se pueden evitar totalmente. Es así como el Informe hace derivar las anomalías de ¨la aplicación práctica de principios dogmáticos y pedagógico – pastorales de suyo inobjetables¨ (pág. 1). Por lo tanto el Informe da la impresión de compartir con Schoenstatt los mismos principios pedagógicos fundamentales. Sin embargo no es éste el caso; ¡al contrario! Aquí existen diferencias, aquí hay posiciones opuestas fuertemente marcadas, que se comportan una frente a la otra como blanco y negro, como vicio y virtud, como ídolo e ideal, como caricatura e imagen acabada. 

Esta afirmación no da tregua al investigador. Porque este quiere ver con toda claridad las diferencias y contraposiciones; quiere conocer sus raíces y su relación con la situación mundial actual y el desmoronamiento de Occidente; quiere conocer su influencia sobre la educación futura de los pueblos…

El educador católico no puede conformarse con dejar sólo a Dios el reordenamiento del mundo, sino que está llamado a ser colaborador en esa gran obra. No es ni un pesimista ni un soñador. Por eso no puede aceptar la posición que sostuvo Niemöller en la Conferencia Mundial de Iglesias. En el encuentro abierto del 26 de agosto de 1948, el orador declaraba lo siguiente:

¨No sabemos cómo habrán de superarse las dificultades que enfrentamos; más aún, dudamos de si realmente pueden ser superadas. Esta duda cala incluso más hondo aún: Hablamos ya de una ´época poscristiana´, en la cual vivimos, y vemos cómo se cierne la ruina sobre la misma Iglesia… Como cristiandad somos hoy ´solidarios con toda la humanidad en el desconcierto común´. Ciertamente no somos nosotros los que podríamos insuflarle nueva vida a un mundo agonizante… Ya no podemos caer en ilusiones. Hoy existe y está actuando la enfermedad mortal del nihilismo y no tenemos ningún medio para detenerla; porque no tenemos la posibilidad de volver a poner en orden este mundo sumido en el caos ni de restaurar la dignidad envilecida del hombre.¨ 

Ante esta posición nos atenemos a la ley formulada por San Agustín: ¨Dios creó el mundo sin nosotros, pero no quiere redimirlo sin nosotros¨. Vale decir que Dios exige nuestra participación lúcida y enérgica también en el reordenamiento del mundo de hoy. De esta colaboración es de lo que se trata en la elaboración y en el juicio del Informe de la visitación. 

Ambas partes, tanto el redactor como el crítico, están animados por la misma responsabilidad y por el mismo amor a la Iglesia. Ambos se esfuerzan por la edificación de Occidente. Por eso cuesta entender por qué son tan pronunciadas las divergencias en lo que atañe a las concepciones fundamentales… Espontáneamente se plantea la pregunta de si ambos tienen razón… y si no, ¿dónde está el error? En todo caso vale la pena realizar un examen cuidadoso. Por otra parte, resulta evidente que la divergencia en cuestiones fundamentales redundará, de modo similar, en divergentes juicios sobre los procesos de vida.

Es así como

las concepciones fundamentales,

las exigencias fundamentales y 

las consecuencias fundamentales

que toca el Informe, adquieren una relevancia que las convierte, en definitiva, en cuestiones pedagógicas fundamentales y vitales de la época actual, sobre todo de Occidente.

El amor a la verdad, al bienestar del pueblo y de la patria exige un examen y una dilucidación desapasionados de los problemas correspondientes, sin hacer acepción de personas. Para que esta labor alcance su objetivo deben eliminarse todas las interferencias de índole psicológica. 

I

Se comprenderá fácilmente que le prestemos la mayor parte de nuestra atención a las concepciones pedagógicas fundamentales. Ellas determinan, hasta en los pormenores, las consecuencias y exigencias fundamentales. En vista de que se trata de un campo amplio y confuso, la genialidad estará en saber limitarse. Por eso abordaré esas concepciones en la medida en que el mismo Informe lo sugiera; ya sea porque las mencione formalmente o porque estén supuestas naturalmente a la hora de emitir un juicio y hacer evaluaciones.

Para despejar el camino a las preguntas de fondo, anticiparé tres apreciaciones. Dos de ellas son de índole teórica, y la tercera, de carácter práctico.

La primera consideración teórica caracteriza brevemente el sistema pedagógico de Schoenstatt como una pedagogía de ideales, vinculaciones y alianza; y en consecuencia, una pedagogía de confianza y de movimiento.

Estos principios operan, entre otros, en los institutos – vale decir, no en la Federación ni en la Liga – generando en forma natural una cohesión sana, íntima, original y familiar. De modo que los institutos poseen un neto carácter de Familia, una familiaridad particularmente íntima que gira en torno del principio parental, al menos en la Obra de las Familias y en los institutos femeninos, pero no así en los institutos masculinos. Ciertamente el Movimiento en su conjunto, con todas sus ramas, vive también una especie de familiaridad. Y tiene que ser así, porque se trata de un movimiento netamente católico. La Iglesia como tal es una familia. Así lo ha destacado especialmente Pío XII, hace poco, con un énfasis muy personal. En su mensaje de Navidad del 24 de diciembre de 1948 el Santo Padre declara:

¨Desde la escalinata de Nuestra Patriarcal Basílica Vaticana, en presencia de una juventud entusiasta, hemos bendecido entonces la primera piedra de la Domus Pacis que se va a edificar, la casa de la paz, destinada a dar a la juventud del mundo católico, frente a la cúpula de San Pedro, la conciencia de pertenecer a una gran familia que abraza con igual amor a todos sus hijos.¨

Esto no representa nada especial ni original. Lo original en nosotros, tanto en cuanto a la modalidad como al grado, son los institutos mencionados más arriba.

Por eso podemos considerar como primer resultado la siguiente constatación: El Informe se equivoca en muchos sentidos; confunde la esencia con las manifestaciones exteriores, y restringe estas indebidamente. Así afirma: 

¨Ya que la comunidad de las Hermanas – y lo mismo vale mutatis mutandis para las restantes comunidades del Movimiento –  posee un marcado carácter de Familia, es posible tipificar exhaustivamente el sistema pedagógico de Schoenstatt mediante dos palabras clave: ´cohesión´ y ´principio parental´¨ (pág. 2). 

Cuando se expone defectuosamente la esencia de un sistema, la descripción de las derivaciones del mismo inspira, de partida, poca confianza. Más adelante se mostrará cuán lejos llega efectivamente esta desfiguración de la realidad. En todo caso no se puede hablar de acierto en el área metafísica… Y esto es lamentable en un asunto tan importante… Normalmente hoy ya no basta con poseer sólo un sano sentido común e instinto pedagógico. Tampoco con ser depositario de una cultura general… Se estará suficientemente pertrechado recién cuando a ambas cosas se le agregue el pensar metafísico. 

La interpretación errónea puede deberse a varias causas. Una de ellas radica – y de esta manera abordo la segunda consideración teórica – en el hecho de que Schoenstatt, en cuanto movimiento original y universal  de gracias, ideas y vida, no resulta comprensible sin más ni más. No debe ser comparado con un punto, línea o círculo que cualquier persona, incluso las que no son especialistas en el tema, puede abarcar con una sola mirada, sino más bien con una esfera, que sólo puede apreciar correctamente quien se haya tomado el tiempo necesario para hacerla girar varias veces sobre su eje y reflexionar sobre cada una de sus partes, tomadas en sí mismas y en su interrelación.

De acuerdo a la comprobación que se hace en la práctica, se puede admitir abiertamente que hasta ahora no hemos alcanzado la meta pedagógica propuesta: la personalidad libre (pág. 1).

Y ello se explica por dos razones. La primera es de validez general. Así como no existe un jesuita, benedictino, franciscano, etc. concreto y vivo que sea perfecto en todas sus facetas, así tampoco se podrá hablar jamás de un ¨schoenstattiano¨ que encarne todo lo que enseña Schoenstatt. La explicación de ello se encuentra en nuestra naturaleza afectada por el pecado original y la altura inalcanzable de las metas. El Señor exige de nosotros que seamos perfectos como es perfecto el Padre del Cielo. Por eso también los más perfectos de entre nosotros estarán siempre sólo en camino hacia ese objetivo, y sólo se podrá hablar siempre de un principio, pero jamás de un final. 

Esta observación vale especialmente en nuestro caso porque nosotros queremos contribuir a la formación de un nuevo tipo de hombre que, si bien legitimado por la constitución ¨Provida Mater Ecclesiae¨, es extraordinariamente difícil de formar y plasmar porque renuncia conscientemente a muchos medios acrisolados a lo largo de la historia de las órdenes religiosas. Habrá de transcurrir mucho, mucho tiempo hasta que se alcance esta meta al menos en un grado tal que los hombres formados en nuestra escuela puedan equipararse con las figuras ideales del antiguo estilo de vida.

Luego de estas tres aclaraciones, afirmo que las concepciones pedagógicas fundamentales que aparecen en el Informe son, en la medida en que se diferencian esencialmente de las nuestras, de tipo

religioso-pedagógico,

religioso-psicológico y

religioso-filosófico.

Las de tipo religioso-pedagógico se refieren a los objetivos y métodos pedagógicos.

Las de tipo religioso-psicológico se centran en la psicología de la esencia y efectos de la vinculación, en especial de su forma filial.

Las de tipo religioso-filosófico giran sobre todo en torno del concepto de libertad y autonomía en general, particularmente de los institutos de laicos.

A.

El Informe toma posición en diversas oportunidades en relación con nuestro objetivo religioso-pedagógico y con nuestro método. La forma en que lo hace arroja suficiente luz sobre nuestra propia concepción opuesta, de tal manera que no resulta difícil confrontar y evaluar ambas.

1.- En primer lugar se valora positivamente nuestro objetivo.

¨ Merece un reconocimiento irrestricto el fin pedagógico que Schoenstatt persigue con consecuencia: la formación del ´hombre nuevo´ por medio de un cultivo del espíritu de alto grado, vale decir, la personalidad libre y autónoma como elemento esencial de una verdadera comunidad y  condición fundamental para la superación del hombre masificado. 

De igual modo hay que reconocer con toda franqueza que este elevado, hermoso e importantísimo ideal ha sido alcanzado efectivamente en la comunidad de las Hermanas de María, en la medida en que en dicha comunidad estamos en presencia de un tipo de persona cuya actitud disciplinada, contenida, simpática, sin ser uniforme, monótona ni insípida, no es mero producto de una disciplina aprendida superficialmente o inculcada forzadamente, sino fruto de una verdadera formación interior del espíritu y del corazón¨ (pág. 1).

Luego se hace una restricción:

¨A pesar de esta clara visión de la gran meta pedagógica y de ese cultivo del espíritu de alto grado, parece haber entre los hombres dirigentes y entre las Hermanas de María sólo pocas personalidades bien definidas, con un pensamiento realmente autónomo y una verdadera libertad interior¨ (pág. 1).

Más adelante se dice:

¨ En suma, es posible comprobar que el ´schoenstattiano´, tal como lo encontramos concretamente plasmado sobre todo en la comunidad de las Hermanas de María, por una parte se diferencia nítidamente del hombre masificado en sentido estricto, pero, por otra, no ha logrado evitar el peligro de una ´masificación a un nivel superior´¨ (pág. 2 ).

Del contexto próximo y remoto se desprende que ese hombre masificado a nivel superior se forma sobre todo a partir de una obediencia ciega y despojada de voluntad propia (pág. 6). Este pensamiento se va hilvanando a lo largo de todo el Informe a modo de un hilo rojo. De alguna manera, en casi todas las páginas se hace presente.

Frente a esto quisiera plantear, directamente y sin tapujos, la siguiente tesis: Lo que el Informe rechaza como hombre masificado a nivel superior, nosotros lo estimamos no sólo como ideal de todos los Instituta Saecularia, sino también como el ideal por excelencia del hombre católico que vive en comunidad, quien, en la obediencia ciega y despojada de voluntad propia –  iluminada por la fe en la Providencia y animada por el amor – descubre la realización más elevada y la fuerza más creativa de la personalidad cristiana libre.

Para explicar lo que se quiere decir con esta formulación, agregaré dos comentarios: Uno sobre la historia de ese ideal y el otro sobre la modalidad y grado de su arraigo en nuestras filas.

Una breve mirada retrospectiva sobre la historia señala que estamos en buena compañía. La enseñanza y la vida de Jesús, toda la tradición de la Iglesia, como también la doctrina y la vida de todos los fundadores de órdenes religiosas, están inequívocamente de nuestra parte. 

Toda la cristiandad aspiró fervientemente hacia el ideal señalado, desde que con su parábola de la vid y los sarmientos el Señor revelara a su Iglesia el misterio del entrelazamiento muy íntimo que existe entre él y sus discípulos y declarase: El que a ustedes escucha, a mí me escucha… El que a ustedes rechaza, a mí me rechaza…; desde que el Señor estuviera sometido a sus padres durante treinta años y fuera obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz; desde que Saulo, ante la ciudad de Damasco, le preguntara al Señor: ¿Señor, qué quieres que haga?, y este lo enviara a su representante con la indicación de que dicho representante suyo le diría lo que debía hacer. 

La tradición de la Iglesia se orienta en la misma dirección. Ella ve en ese ideal la cumbre de la concepción sobrenatural de la vida, un compendio de todas las virtudes teologales y morales y una obra sublime de la gracia divina y de la colaboración humana.

Santo Tomás de Aquino declara: ¨Ad oboedientiam pertinent omnes actus virtutum, prout sunt in praecepto¨.

San Agustín afirma: ¨Oboedientia in creatura rationali mater quodammodo est custosque virtutum¨.

Si estos elogios valen por excelencia para la obediencia, con tanto mayor razón son aplicables entonces a su fruto más sublime.

El ensayo escrito en Dachau sobre la piedad instrumental trata detalladamente sobre las bendiciones de la perfecta obediencia. Menciona tres: asemejarse a Cristo, asegurar una actitud decididamente teocéntrica y centrarse en el núcleo de la religión y del estado religioso. El ensayo analiza los peligros de los que nos preserva la obediencia… La obediencia nos protege de la unilateralidad en el cultivo de la vida interior, del apostolado y de la formación de la personalidad… Nos detendremos especialmente en este punto en razón de que el Informe interpreta de otro modo las relaciones internas entre obediencia perfecta y personalidad…

El ensayo afirma: 

¨En la formación de la personalidad se realiza el esfuerzo de desarrollar una voluntad fuerte y capaz de autodeterminación, de lograr una clausura interior y un cierto aislamiento exterior. Sin embargo corre el peligro de caer fácilmente en la rigidez, la terquedad y la extravagancia, tal como solemos verlo, con espanto, en el tipo del solterón o de la vieja solterona. La perfecta obediencia mantiene a la persona siempre abierta y receptiva a Dios, a Su deseo y voluntad, desposa la voluntad humana con la divina, haciéndola partícipe no sólo del poder y la firmeza de Dios, sino también de su flexibilidad, capacidad de adaptación, bondad y fidelidad.¨

Todos los fundadores de órdenes religiosas – sin excepción – proclaman el mismo ideal y señalan caminos para realizarlo. Comenzando por la orden sin oficio en común, como llamaba Melchor Cano a los jesuitas. El gran teólogo dominico lanzó así la consigna con la cual las antiguas órdenes entrarían en la liza contra la ¨orden sin oficio en común¨, contra el ¨Anticristo¨.

Por motivos pastorales, en lugar del oficio en común San Ignacio pone en el primer plano el sacrificium intellectus et voluntatis, la obediencia ciega y despojada de voluntad propia. Esta obediencia significaba para él ambas cosas: era un sustituto de la práctica de penitencias exteriores extraordinarias y a la vez constituía la realización del sentido de las mismas. Ella le permitió poner a disposición de la Iglesia, sin riesgos significativos, una tropa de combate volante, bien adiestrada y ágil. Al igual que el soldado, el jesuita tiene que practicar una obediencia ciega y despojada de voluntad propia. 

El equilibrio de fuerzas de las antiguas órdenes, que la stabilitas personae et loci regulaba muy originalmente, experimenta un cambio entre los jesuitas, quienes darán escaso valor a la stabilitas loci y un valor extraordinario a la stabilitas personae, vale decir, a la vinculación a la persona del superior – considerado instrumento de Dios – mediante una obediencia ciega y despojada de voluntad propia.

Es por esto que San Ignacio en sus constituciones (VI, §1, reg. 36) exige que todo jesuita sea en manos de sus superiores: ¨perinde ac baculus… perinde ac cadaver…¨ Con estas palabras describe a su manera lo que la ascética llama lisa y llanamente obediencia ciega y despojada de voluntad propia. Él ve la santidad en el despojamiento total de sí mismo y en la entrega perfecta de sí mismo a Dios y, por amor a Él, a la persona, deseo y voluntad del superior. Por eso escribe en su célebre carta CXX:

¨Pero quien pretende hacer entera y perfecta oblación de sí mismo, además de la voluntad es menester que ofrezca el entendimiento… no solamente teniendo un querer, sino teniendo un sentir mismo con su Superior, sujetando el propio juicio al suyo, en cuanto la devota voluntad puede inclinar el entendimiento… como puede errar nuestra voluntad, así puede el entendimiento en lo que nos conviene; y a la causa, como para no torcer con nuestra voluntad se tiene por expediente conformarla con la del Superior, así, para no torcer con el entendimiento, se debe conformar con el del mismo.¨

En la misma carta coloca al jesuita obediente en el mismo nivel del mártir que sacrifica su vida a Dios.

¨…por medio de la santa obediencia; el cual ejercicio, si lejos estuviese del superior, cesaría. Es asimismo este modo de vivir de singular mérito para los que saben aprovecharse de él, por ser como un martirio que continuamente corta la cabeza del propio juicio y voluntad, poniendo en lugar de la suya la de Cristo N.S., manifestada por su ministro; y no cortando una sola voluntad de vivir, como el mártir, sino todas sus voluntades juntas.¨

Se ve claramente que San Ignacio, junto con toda la tradición cristiana, va más lejos que el Informe, el cual admite también una ¨obediencia ciega…en determinadas circunstancias¨ (pág. 6). Para San Ignacio es evidente que el superior no debe ser contemplado con ojos puramente naturales, sino siempre a la luz de la fe, sobre todo en el resplandor de la fe en la Divina Providencia. De ahí que en la misma carta determine lo siguiente:

¨…Nunca mirando la persona a quien se obedece, sino en ella a Cristo nuestro Señor, por quien se obedece. Pues ni porque el Superior sea muy prudente, ni porque sea bueno, ni porque sea muy cualificado en cualesquiera otros dones de Dios nuestro Señor, sino porque tiene sus veces y autoridad debe ser obedecido… ni, al contrario, por ser la persona menos prudente se le ha de dejar de obedecer en lo que es Superior, pues representa la persona del que es infalible sapiencia, que suplirá lo que falta a su ministro; (ni por ser falto de bondad) y otras buenas cualidades.

Así que todos querría os ejercitásedes en reconocer en cualquiera Superior a Cristo nuestro Señor, y reverenciar y obedecer a su divina majestad en él con toda devoción

Por respetuosa fidelidad a la tradición y profunda comprensión de nuestra misión para la época actual hemos hecho nuestra esta concepción de la esencia, importancia y fecundidad de la obediencia ciega y despojada de voluntad propia, dándole una impronta moderna.

Para mayor claridad, a continuación se desarrollará brevemente tres aspectos. En primer lugar me referiré al hecho de esta recepción, luego a los motivos y por último a las dificultades señaladas por el Informe

En realidad no hace falta destacar el hecho en forma particular, ya que el Informe lo da por supuesto en casi todas sus páginas. Sin embargo lo hace con la intención de censurar como degradante y despersonalizante la actitud permanente de obediencia ciega y despojada de la propia voluntad. No obstante tocaré el tema para que la exposición sea lo más completa posible, pero para las reflexiones que seguirán tomaré como principio de selección el punto de vista ya señalado.

Quiero destacar, en suma, que nosotros:

predicamos,

exigimos

y vivimos 

la obediencia perfecta.

Predicamos la obediencia perfecta

Nuestra enseñanza puede comprobarse fácilmente recurriendo a nuestros escritos. La hallamos claramente formulada sobre todo en nuestro manual de ascética La santidad de la vida diaria. Si bien los textos correspondientes que se encuentran allí son breves, resumen todo lo esencial de manera inequívoca. Se adaptan cuidadosamente a la problemática, el modo de pensar y hablar del hombre moderno. Por eso desarrollan con singular claridad la esencia de la obediencia y su grado más alto, la obediencia ciega. Por otra parte tocan con menor detenimiento lo que resulta fácilmente comprensible al pensamiento actual.

Se esboza la esencia de la siguiente manera:

¨Mediante el reconocimiento de la dignidad y de la nobleza de la persona cristiana, la obediencia… y gobierno cristianos adquieren un particular sacralidad¨ (WH 1974: S.199)

¨El subordinado se inclina profundísimamente y con libertad soberana ante Dios que está detrás de la legítima autoridad. El superior es representante de Dios, no un sustituto de Dios. Obediencia no es por lo tanto servicio a hombres sino a Dios¨ (ibídem).

A continuación se enumera una serie de citas tomadas de los místicos antiguos que establecen un nexo con el pasado de la Iglesia. Así se dice, por ejemplo:

¨La voz de Dios y la voz de la Iglesia son sólo una voz; porque la voz de Dios habla a través de la voz de nuestra Santa Madre Iglesia, en todas sus enseñanzas, consejos y mandamientos. Por eso la obediencia subordina al hombre también a la Santa Iglesia, a los sacramentos, a los superiores, a la doctrina de la Iglesia, sus mandamientos y consejos, y a todas sus buenas costumbres e instituciones. La obediencia hace al hombre sumiso frente a sus superiores por amor de Dios¨ (ibídem) 

Luego se expone programáticamente la carta magna de la obediencia cristiana con la aguda formulación: 

¨En su condición de subordinado, el santo de la vida diaria sabe, a la luz de la fe, que a través de sus superiores Dios le está hablando, Dios quiere guiarlo y santificarlo¨ (WH 1974: S. 201).

La obediencia cristiana no se inclina ante cualquier hombre, sino ante Dios que está en el hombre. Si esto vale para todos los grados, tanto más para el más alto.

Por eso la obediencia no forma hombres masificados, sino personalidades fuertes, desasidas de su propio yo, llenas de Dios; hombres capaces de vencer el amor primitivo a sí mismo y cultivar un amor al tú de alto grado y abnegado. Hombres que experimentan un desarrollo, crecimiento y consumación de la propia personalidad en el trato con el tú personal, al cual acogen con amor, enriqueciéndolo.

Llamar a la persona que obedece ¨instrumento despojado de voluntad propia en manos de un hombre¨ no es cristiano y, además, significa una degradación (pág. 6).

La obediencia cristiana habla únicamente de instrumentos despojados de voluntad propia en manos de Dios, quien manifiesta Su voluntad a través de hombres; o bien de dependencia absoluta de un hombre que es representante y transparente de Dios, y que transmite Sus deseos.

Es posible que en ciertos ámbitos de la Iglesia se sostenga teóricamente esta concepción. Pero en la práctica es negada en infinidad de casos.

De ahí que los autores cristianos modernos hablen, no sin razón, de herejías de la vida cotidiana, a diferencia de las herejías doctrinales. ¿Quién se atreve hoy a repetir con los antiguos Padres de la Iglesia aquella afirmación tan rica en contenidos: Sacerdos post Deum Deus terrenus? Esta forma de pensar se nos ha vuelto extraña. Es por esto – y no por otra causa – que suena chocante cuando un superior, delante de sus subordinados – que según el precepto paulino viven y trabajan con libertad interior, llenos de espíritu de fe – vierte esas palabras de los Padres en una formulación que resulta sencilla, popular y sin segunda intención para un pensamiento y sensibilidad cristiano-orgánicos: ¨Para usted yo soy Dios¨ (pág. 4). 

En cambio se prefiere aquella otra formulación desgastada, abstracta y por eso poco motivadora: ¨Los hijos deben respeto, amor y obediencia a sus padres¨. Por influencia del Movimiento Litúrgico la gente se entusiasma con la sabiduría de vida de los primeros cristianos, tal como resuena en la frase: ¨Vidisti fratrem tuum, vidisti Christum¨. Sin embargo en la práctica no se profundiza porque se conoce y se vive muy poco la ley de la transparentación de todo hombre en estado de gracia, de toda creatura, del orden de la sexualidad.

Los amantes de la literatura citan con fervor y entusiasmo las palabras de Paul Claudel:

¨Ya con su mera presencia el sacerdote, en el cual el carácter sacerdotal relega a segundo plano lo humano, suscita una inquietud, moviliza todo lo que hay de defectuoso y humano en nosotros. Porque donde aparece Cristo, tiembla el polvo…¨

pero se quedan perplejos cuando hay personas que tienen el valor de tomar en serio estas palabras en tiempos modernos infectados por el paganismo. Hoy nos quejamos de mil maneras del sentimiento anticlerical reinante, pero nos olvidamos que su raíz metafísica es precisamente esa escasez de espíritu de fe. De ahí que nosotros mismos seamos, de muchas formas, su fuente, causa y acólitos. Tampoco tiene mucho sentido restringir la concepción sobrenatural de la obediencia (al caso de la obediencia) a la Iglesia oficial… Cuando se ha debilitado el fundamento de la sana obediencia católica, el espíritu de fe, ya no se podrá conjurar entonces los espíritus malignos que se han invocado. Estos se atreverán también a invadir los ámbitos oficiales de la Iglesia.

El espíritu de fe y la obediencia católica están inseparablemente unidos. Se relacionan entre sí como causa y efecto. La modalidad y grado de uno determina la modalidad y grado del otro. En todas partes está desapareciendo hoy el espíritu de fe, y por eso desaparece también la capacidad de comprender la teoría y la práctica de la obediencia católica. Lo que Pío XI llama la ¨peste del laicismo¨ y León XIII ¨naturalismo¨, ha ido calando hoy casi en todos los ambientes, provocando grandes estragos. De ese modo se priva en gran parte de su fecundidad a toda la vida cristiana y a la de las órdenes religiosas. Así lo lamentan con notoria amargura los autores de ascética conocedores de la época actual. El P. Eberschweiler opina al respecto: 

¨Si se quiere que la luz superior que nos ha resplandecido en Jesucristo ilumine todo los órdenes de la realidad, habría que organizar de manera muy distinta tanto la vida pública como la privada. Pero justamente esto es algo que no le place mucho al hombre moderno, quien prefiere dejarse guiar por los pareceres de una razón obcecada y las aspiraciones de una naturaleza corrompida, cerrándose a esa luz superior, a los rayos del Sol de Justicia. 

Y a pesar de que dicho Sol está ya alto en el cielo, a pesar de que ya ha salido – como dice San Juan – para iluminar a todo hombre que viene a este mundo y derramar su luz sobre todas las sendas que tenemos que recorrer desde el primer despuntar de la razón hasta el último suspiro que demos, sólo se le abre a lo sumo aquel campo de la vida humana centrado en el servicio directo a Dios, e incluso ahí mismo se le da una muy escasa cabida… ¡Qué estrechos son los límites que se le pone a lo sobrenatural! ¡Cómo se desvanecen la mirada y las aspiraciones sobrenaturales! ´Diminutae sunt veritates a filiis hominum´ (Sal 12, 2). 

Sí; he aquí la principal calamidad de nuestro tiempo. Se cierne sobre toda la humanidad de hoy como una atmósfera viciada. ¡Cuántas las víctimas que ha cosechado! ¡Cuántos los contagiados! Hay algunos católicos que a pesar de ser honrados, de ser gente buena, viven sin embargo la mayor parte de su vida diaria – incluso sin cometer quizás muchos pecados – de forma enteramente terrenal, puramente humana, sin espíritu de fe, fríamente, sin mucho valor para la eternidad. Más aún, hay algunos que han emprendido el camino de la perfección y se hallan en él desde hace años; sin embargo el Señor podría decirles: ´¿Adhuc et vos sine intellectu estis? ´ ¿También ustedes están todavía sin inteligencia? (Mt 15, 16) ¿También ustedes juzgan y tratan todo de modo tan terrenal, tan sin aquella comprensión que otorga la fe? 

En efecto, una buena parte de la miseria, de las dificultades en que caen también los religiosos  y en las cuales se comportan prácticamente igual que los seglares, proviene del mal fundamental de nuestro tiempo: la falta de espíritu de fe. Y cuando algunos no alcanzan aquella alta virtud que incluso sería fácil de lograr, dada la abundancia de medios, ello se debe nuevamente a la misma causa: Sus miras sobrenaturales apenas van más allá del campo de las prácticas devocionales. El espíritu de fe no cala en todos los ámbitos de sus vidas. Esta luz superior alumbra sólo débilmente sus sendas. Por eso no se percibe – ni mucho menos se aprovecha – una cantidad de oportunidades para alcanzar la virtud. ´Salva, Yahveh, que ya no hay fieles, se acabaron los veraces entre los hijos de Adán´ (Sal 12, 2) (Pág. 126 s.)¨

Luego el P. Eberschweiler, jesuita muerto con fama de santidad, aplica esta medida principalmente en dos áreas temáticas: la cruz y el sufrimiento y la obediencia católica.

Junto con la funesta separación mecanicista entre causa primera y segunda, el idealismo filosófico es también culpable de esta trágica situación. Porque el idealismo filosófico – siguiendo la ¨ley del péndulo¨ que rige las corrientes culturales – suscitó un vitalismo extremo, lo convocó a la liza y le facilitó la toma del poder.

Sólo podrán salvarnos de ambos peligros un pensamiento y una concepción de la vida sanos y orgánicos, vale decir, una visión de conjunto que, respetando la ley de la transferencia y de la transposición orgánicas, sea capaz de restablecer la unidad – en la tensión y en la armonía – entre religión y vida, entre causa primera y segunda, entre naturaleza y gracia, entre fe y ciencia.

La misma atomización de sutilísimos procesos de vida orgánicos puede detectarse hoy por doquier en el ámbito de la sensibilidad y pensamiento cristianos. Esto parece ser una nimiedad, pero examinándolo con mayor detenimiento debe ser considerado como causa de las más devastadoras consecuencias. Los terribles efectos de la bomba atómica muestran lo que significa la destrucción de las unidades vitales fundamentales. 

Una bomba atómica similar en el reino de la vida espiritual, moral y religiosa es la negación o no observación de la ley de la transferencia y transposición orgánicas. 

A pesar de su seria búsqueda e investigación, el Informe no logra comprender correctamente esa ley. De ahí ciertos juicios erróneos; de ahí – como se mostrará más tarde en el desarrollo de su psicología de la religión – una concepción de filialidad primitiva que nosotros siempre hemos rechazado como idolatría pagana; de ahí una actitud mecanicista ante la ley de la transposición, que llevaría a un supernaturalismo para así, tarde o temprano, predisponer a extravíos en el campo sexual; de ahí el pavor cuando la palabra ¨padre¨ en la oración significa ambas cosas: Dios Padre y su transparente en la tierra; de ahí la perplejidad cuando se escribe simbólicamente un nombre en el corazón del padre humano, convertido en símbolo, el cual está directamente unido al corazón de la Sma.Virgen, representado plásticamente.

No tiene sentido ocultar procesos de vida cuando están en juego cosas tan importantes. Se trata de la verdad y no de personas. Y la verdad no es una ramera que se vende, sino un bien supremo, una hija de Dios: Dios mismo es la verdad. Y el reino de Cristo en la tierra no sólo es  – como lo expone Pío XII en su primera encíclica –  un reino de justicia y amor, sino también de verdad. 

Todos los que destruyen la unidad interna de la vida son, consciente o inconscientemente,  precursores del bolchevismo en el ámbito católico. ¿De qué nos sirven todas las protestas, para qué los grandes discursos, si por detrás nosotros mismos abrigamos la serpiente en nuestro pecho? En este sentido parece que el alma germana presenta una peculiar ambigüedad que puede ser realmente fatal. Sobre este punto Ivo Zeiger dice en su magnífico discurso en el Congreso Católico de Maguncia:

¨Nosotros, los alemanes, cargamos con una curiosa ambigüedad: por un lado trabajamos dura y tenazmente cuando tenemos una tarea bien definida y, por otro, nos perdemos, divagando sin límites, en intrincadas teorías utópicas. Y también nuestra pastoral, en el más amplio sentido, se halla bajo el signo de esa ambigüedad, tanto el apostolado del sacerdote puesto por Dios como el apostolado del fiel apóstol laico. 

Todo párroco, capellán o laico, cada cual trabaja en su área infatigablemente, hasta el agotamiento, con una fidelidad y dedicación admirables, con un espíritu de sacrificio conmovedor. Nunca podríamos alabar lo suficiente a esos hombres y mujeres que se encuentran en el frente de batalla. Anhelamos instrucción, una mirada que trascienda la estrechez de la cotidianidad y se lance hacia la lejanía, grandes motivaciones prácticas, vale decir, realizables. Sin embargo al examinar sobre este punto nuestras publicaciones, ellas nos ofrecen en verdad especulaciones profundas, análisis eruditos del pasado y planificaciones de vasto alcance, pero lamentablemente demasiadas cosas que en el contacto con la vida práctica resultan ser espejismos.

Al hojear los programas, análisis de la situación, tesis y metas de las organizaciones de los últimos tres años, a menudo no puedo evitar la impresión de que se está tendiendo grandes puentes que no conducen a nada. ¡Cuántas fuerzas valiosas y calificadas se invierten en esas construcciones, se gastan, más aún, se derrochan con santo idealismo en lo insoluble, mientras que lo que tiene solución, si bien difícil, queda postergado: la construcción de sencillos puentes hacia las almas!

Nuestra Santa Iglesia busca en primer lugar al hombre mismo. Y en este sentido no es moderna. Porque nuestro mundo, que por cierto habla ininterrumpidamente sobre el hombre, busca y organiza primero las cosas y fuerzas al servicio de las cuales se habrá de poner luego al hombre. Por eso no sorprende que el hombre moderno, percibiendo instintivamente esta inversión de las cosas, se torne inseguro, se angustie por su existencia

Tanto idealismo como el que se cultiva en el Movimiento Litúrgico, apenas si alcanza su objetivo debido a la arraigada concepción mecanicista. Por esta misma razón tampoco la consagración a María en Alemania ha dado mayores frutos. El pensar mecanicista no logró ni logra descubrir en esta consagración una entrega total recíproca, una donación de toda la personalidad. Se quedó y se queda sólo en un mero seguro de protección. La entrega total – así se dice – sólo debe realizarse directamente a Dios. Pero no advierte cuán extraordinariamente mecanicista es esta concepción; de qué manera extrema atomiza, nivela, vacía y empobrece; cuánto contradice a toda la tradición cristiana. Es natural entonces que en razón de tal actitud – que ni siquiera reconoce una entrega total a la Sma. Virgen, el más acabado transparente enteramente humano de Dios – una obediencia realmente ciega y despojada de voluntad propia ante otros instrumentos subordinados parezca imposible.

La obediencia de ejecución y de voluntad es por cierto difícil de practicar, pero no de entender. Por eso ¨La santidad de la vida diaria¨ llama la atención sobre ella sólo con una frase:

 ¨(El santo de la vida diaria) no se conforma con la ejecución exacta, rápida y perfecta de lo que se ha ordenado o deseado conforme a los reglamentos, ni le basta la sujeción interior de la voluntad a lo encomendado…¨ (pág. 222)

 En cambio trata con mayor detenimiento la cuestión de la obediencia ciega

¨(El santo de la vida diaria) lucha por alcanzar el grado más elevado de obediencia, por la obediencia de entendimiento, por una sana obediencia ciega.¨ (pág. 222)

Para que esta obediencia se conserve sana, ella exige una determinada predisposición y fija cuatro conductas y actitudes que se desprenden de dicha predisposición.

La predisposición está determinada por la fe práctica en la Divina Providencia, vale decir, amortiguar la luz de la razón puramente natural y dejar resplandecer en toda su intensidad la luz sobrenatural de la fe.

De esa actitud fundamental se desprenden cuatro importantes conductas. La primera tiene validez general. Las siguientes son sólo circunstancialmente necesarias.

Primera conducta:

¨Por eso (el santo de la vida diaria) se afirma desde un principio en la convicción de que todo lo mandado por los superiores es justo¨ (pág. 222).

La frase es muy sencilla, pero entraña grandes exigencias para la manera de pensar y para la voluntad del hombre de hoy. ¡Cuántos subordinados hay que mantienen una actitud opuesta!: Una orden o una afirmación les parece ya, de partida, sin sentido, tan sólo por provenir de tal o cual superior. Les falta espíritu de fe…

Segunda conducta:

¨Si (el santo de la vida diaria) advierte que lo mandado por el superior no es tan conveniente, lo hace ver así con respetuosa franqueza¨ (pág. 222).

Tercera conducta:

¨Si ve que no ha surtido efecto, cierra entonces los ojos puramente naturales del entendimiento – practica la obediencia ciega – y deja resplandecer con tanto mayor intensidad en su alma la luz de la fe, que le señalará claramente cómo Dios, según los planes de su Providencia, sabe encaminar al mayor bien todas las cosas, incluso los desaciertos de los superiores, con tal de que los hombres se esfuercen en amarlo¨ (pág. 222).

Tales errores de gobierno deben ser estimados como debilidades y pecados personales. A ambas especies se puede aplicar aquellas palabras de San Pablo: Diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum. San Agustín agrega: etiam peccatum

¡Con cuánta frecuencia la historia muestra que Dios ha guiado a una comunidad hacia una determinada meta a través de las torpezas y equivocaciones de los superiores!

Cuarta conducta:

¨Y prosigue su camino sin que se acibare ni empañe la mutua relación. Lo cual no impide que cuando él, más tarde, pueda decidir por sí mismo en aquella materia, solucione y trate el caso como le parezca bien en el acatamiento de Dios. De esta forma sabe armonizar la franqueza, la propia iniciativa y la respetuosa obediencia¨ (pág. 222).

Exigimos la obediencia ciega

Hay tres documentos auténticos que dan fiel testimonio de ello: El Estatuto General, el Rito de Incorporación y las Constituciones.

Hay dos Estatutos Generales. Y, como en el caso de los jesuitas, antes de que las postulantas sean aceptadas definitivamente y tomen el hábito, se les va explicando dichos Estatutos cada cierto tiempo y presentando para su firma. En el primer Estatuto General se dice, en la sexta pregunta: 

*(Ver traducción oficial de los estatutos)

¨¿Está dispuesta a la entrega total de su voluntad y a la subordinación irrestricta a los deseos y órdenes de sus superiores? ¨

La pregunta séptima añade:

¨¿Está dispuesta, renunciando a su propia voluntad, a ser  trasladada a otro lugar o a otro puesto de trabajo si la obediencia así lo exigiera? ¨

Las mismas preguntas vuelven a replantearse, si bien de otra forma, en el segundo Estatuto General. La pregunta sexta dice:

¨Y después de exponer con franqueza su opinión, ¿está dispuesta a practicar una obediencia perfecta, vale decir, renunciar a la voluntad propia y subordinarse, por amor a Dios, a los deseos y órdenes de todas sus superiores, aun cuando no comprenda la orden? ¨

Pregunta séptima:

¨A pesar de haber realizado una formación anterior de objetivos distintos y tener otras inclinaciones, ¿está dispuesta a dejarse trasladar, renunciando a su voluntad propia, a cualquier otro puesto de trabajo si la obediencia así lo exigiera? ¨

Pregunta octava:

¨Está dispuesta a que sus Hermanas y superioras, hasta el final de su vida, le hagan observaciones sobre defectos y debilidades de carácter, para encarnar de la manera más perfecta posible el ideal de una personalidad bien definida, y asemejarse, mediante un sencillo amor a la cruz, a Jesús despreciado? ¨

En el Rito de Incorporación el sacerdote procede a preguntar:

¨En la presencia de Dios Omnipresente; ante la imagen de la Madre y Reina tres veces Admirable de Schoenstatt y frente a toda la Familia les formulo las siguientes preguntas para que las respondan:

¿Prometen aceptar todos los principios de su Familia y, junto con una actitud de franqueza, obedecer de manera perfecta?

Hermanas: Sí, prometemos. ¨

Las Constituciones contienen los siguientes puntos sobre la obediencia:

¨140. La obediencia familiar es uno de los pilares más importantes y valiosos de la comunidad. Esta no puede subsistir sin la disposición de cada una a subordinar totalmente su propia voluntad por amor a Dios.

141. El sentido de la obediencia es la unión – animada de espíritu – de la propia voluntad a la voluntad de los superiores, a las costumbres y normas de la Familia y, a través de ellas, a Dios.

142. Las Hermanas de María están obligadas a obedecer en razón del carácter familiar de la comunidad (cuarto mandamiento). En virtud del cuarto mandamiento los superiores pueden ordenar también so pena de pecado (ver Nº. 145/146).

143. De no existir explícitamente una indicación contraria en las constituciones, las normas de la comunidad son normas penales, vale decir, ellas en sí no obligan a su observación bajo pecado, pero ciertamente la Hermana está obligada, dado el caso, a aceptar, bajo pecado venial, la sanción que corresponda a la transgresión.

144.- La obediencia tiene que ser familiar, vale decir, debe ser, en primer lugar, fruto del amor, no del temor, y permitir una sana franqueza.

145.- Sólo en casos extremos les está permitido a las superioras ordenar algo bajo pecado, y en esas oportunidades únicamente bajo pecado venial. El derecho a ordenar algo bajo pecado grave, sólo lo tienen el Padre y la Madre espirituales de la Familia.

146.- Cuando una orden obligue bajo pecado, tiene que ser dada según la forma prescrita, vale decir, por escrito y claramente. Cada vez que se haga uso de este derecho, la superiora tiene que informar al superior mayor.

147.- En la práctica de la obediencia, las Hermanas habrán de observar los siguientes principios:

1) Deben obedecer a todos los superiores como a representantes de Dios, y no sólo a aquellos a quienes les resulte fácil obedecer.

2) Desde un principio la Hermana parte de la actitud de reconocer como correcto lo que disponen los superiores. Si a pesar de ello en algún caso concreto tiene una opinión diferente, podrá decirlo con franqueza y humildad. Pero si la superiora mantiene su orden, habrá de cumplirla – dando por supuesto que se no se trate de un pecado – con prontitud y de buen grado.

148.- Téngase cuidado de que no se practique la franqueza a costa de la obediencia, de la humildad y de la caridad. La franqueza deja de ser sana cuando:

1) contraría continuamente y plantea su punto de vista de manera no humilde o abrupta;

2) reclama para sí misma el derecho de ser franca, pero no puede soportar ninguna crítica de parte de la superiora o de sus cohermanas;

3) pretende continuamente imponer una opinión, aun cuando esta haya sido rechazada hace mucho tiempo.

150.- Dando por supuesto que la persona se atiene a los principios de la Familia, no se atenta contra la obediencia cuando

1) de cuando en cuando se revisan los principios y se expone la opinión personal ante las instancias competentes;

2) cuando por motivos razonables algunas veces sea indulgente en la aplicación de los principios.

Las Hermanas no deben caer en la rigidez, sino captar siempre el sentido de la obediencia como personas maduras¨.  

Lo anterior arroja mayor luz sobre los actos de entrega al padre de los que se habla en el Informe. Ellos no son más que una renovada decisión – reiterada, voluntaria y hecha en el marco de la pedagogía del movimiento – por la obediencia frente al Cabeza de Familia y frente a toda autoridad regular. Así estuvieron pensados estos actos desde el principio y así también se los interpretó. Una Familia que posee el mínimo imaginable de vínculos jurídicos depende de tales corrientes. Si deja de trabajar con ellas, pronto correrá el peligro de anquilosarse o de perder su identidad.

Donde realmente reina la vida, allí existen también tensiones continuas, allí se alternan bajamar y pleamar. Y a veces es posible que las olas rompan por encima del malecón. Así fue siempre entre nosotros y así seguirá siéndolo.

Es por eso que no sólo hablamos de pedagogía de movimiento sino también de pedagogía de confianza. La pedagogía de movimiento conduce por la vía del movimiento hacia metas claramente reconocidas. La pedagogía de confianza suelta a propósito las riendas, aun cuando aumente el oleaje. Ella cree y confía no solamente en lo bueno que hay en el hombre y en la ley de las tensiones en la comunidad, sino también en la guía misericordiosa de Dios. Ciertamente nunca pierde de vista el conjunto de la situación, pero prefiere mantenerse en un segundo plano, interviniendo sólo cuando es necesario o provechoso. 

Todo esto ha sido considerado atentamente en nuestra corriente del Padre o corriente de obediencia. La cabeza de la Familia ha mantenido firmemente las riendas en sus manos. Si alguna tensión ha estremecido transitoriamente el cuerpo de la Familia, ello se explica por el método y por el desarrollo histórico. Sencillamente es parte de la esencia de nuestro método pedagógico y siempre tendremos que contar con ello.

Por lo tanto, cuando el Informe, pág. 1, habla de anomalías que se habrían producido efectivamente, no está viendo la situación con claridad. Rechaza lo que nosotros designamos ¨un principio de vida creativo de primer orden¨ al cual asimismo aspiramos. Quizás ello se deba a que el Informe aplica los parámetros usuales de la pedagogía de estado a una Familia gobernada según las leyes de la pedagogía de movimiento. Así pues produce la impresión (pág. 2) de que los actos de entrega al padre hubiesen sido objeto de discusión. Eso no es cierto… problemático fue sólo la creciente cantidad y tipo de sus símbolos.

El desarrollo futuro del mundo, que ya no sabrá de distancias y pondrá fácil y rápidamente en contacto a los hombres de los continentes más lejanos y por eso habrá de contar continuamente con situaciones cambiantes y no con formas fijas, no podrá prescindir de la pedagogía de confianza y de movimiento. También la Iglesia, por su propio beneficio, tendrá que enfrentarse tarde o temprano con lo mismo. Ya hoy parece verse ante esta necesidad.

Vivimos  

esta obediencia o, mejor dicho, tratamos de vivirla. Tal como la concebimos y tal como la hemos expuesto, constituye para nosotros un concepto que sintetiza la imagen ideal del hombre nuevo y de la comunidad nueva. El ideal es sin duda tan alto que jamás lograremos realizarlo enteramente.

Ya que el Informe centra su análisis en este punto y ve fallas donde nosotros hablamos de virtudes heroicas, es necesario dar una respuesta clara y exhaustiva que contemple dos aspectos: uno positivo y otro negativo. El positivo muestra que entre nosotros – y cómo –  se cultiva cuidadosamente todos los elementos esenciales de la obediencia ciega. El negativo refuta las objeciones del Informe.

El aspecto positivo se atiene a los elementos constitutivos expuestos más arriba.

Ya hemos presentado el espíritu de fe como condición, fuente e indicador de la obediencia perfecta. Dicho espíritu se pone especialmente de manifiesto en la fe práctica en la Divina Providencia. El espíritu de fe es para nosotros la luz que todo lo transfigura, que nos revela nuevas dimensiones, que hace que todo cobre una admirable transparencia: mundo y hombre, defecto y pecado, fortuna y desgracia, las cosas creadas, las cosas de la sexualidad… Hasta la llegada de la visitación, las Hermanas vivieron en ese mundo sobrenatural con una libertad interior grande y natural, con ingenuidad; miraban la vida con los ojos de la fe, venciendo las dificultades con gran sencillez. La visitación las arrancó de esa atmósfera… Ello ocurrió cuando aún no se había superado por completo otra crisis: la del paso de una vivencia de Familia individual a una comunitaria.

¨Creo ¨ – se lee en una carta – ¨que nuestras Hermanas en el extranjero se habrían llevado un gran susto – como difícilmente lo hayan experimentado alguna vez –  si hubiesen sido examinadas como nosotras sobre asuntos tan íntimos de la Familia, y además de una manera tan crítica, si bien benévola.

Primero tuvimos que afrontar la apertura al ámbito público de la Familia – pienso en las vivencias comunitarias y sus expresiones – . Esta fue la primera crisis. Y cuando aún no la habíamos superado, se abre paso, o mejor dicho irrumpe, la mirada pública en el paraíso de nuestra Familia, cuya clausura se había mantenido tan celosamente hasta entonces. 

Ambas cosas significaron una conmoción o, mejor dicho, una amenaza para la piedad y la ingenuidad, y ciertamente en una medida creciente. Fuimos despertadas, abrimos los ojos, nos hicimos ´mayores´. Y ahí subyace creo yo – usted, Padre, sabrá juzgar mejor si estoy viendo las cosas con claridad – el peligro para las que son guiadas – las cuales en el fondo somos todas. 

En cuanto a nosotras, las que guiamos, no advertimos la situación y aplicamos ciertos principios con torpeza. Naturalmente no estoy diciendo en absoluto que muchas de nosotras hayan sucumbido ante el primer peligro. No, ciertamente que no. Pero el peligro nos ha afectado. Es como si una escarcha hubiera descendido sobre su jardín. Pero el sol está saliendo de nuevo y pronto las flores levantarán sus cabecitas y lo mirarán a usted, radiantes, a los ojos, tal como lo hacen los niños luego de un mal sueño. Este es mi deseo y mi esperanza. De alguna manera también yo fui presa del desconcierto¨ (1 de mayo de 1949).

 Nuestra pedagogía de movimiento exige que revisemos entonces todas las cuestiones planteadas. Dios habla a través de los acontecimientos. No debemos descansar hasta reconquistar la antigua piedad e ingenuidad en un grado más elevado, haciendo de ellas una posesión segura e imperdible.

Ya ha comenzado una laboriosa búsqueda e indagación. Luego de la visitación, el consejo general, el equipo de formadoras y la comunidad de las superioras provinciales dieron en primer lugar su opinión sobre la práctica penitencial habitual. Sólo a una sensibilidad enfermiza podría ocurrírsele que con esta práctica el alma podría ser herida como (si fuese pisoteada) por pesados zapatos erizados de clavos. Nuestra Familia, en su conjunto, ha recibido, en suma abundancia, el don extraordinario de contemplar la realidad bajo la luz sobrenatural. Por eso jamás se formaría una opinión como esta. El resultado fue entonces un ´sí´ unánime, cálido y renovado a nuestra práctica, tal como ha venido siendo hasta ahora y para siempre

Esta es la misma opinión que dio una infinidad de Hermanas, tanto de Alemania como del extranjero, que posteriormente fueron puestas al tanto de este complejo de cuestiones. Consideran que estas actitudes, ¨surgidas de una atmósfera religiosa muy depurada y de la relación mutua transfigurada sobrenaturalmente y signada por el respeto – habituales entre nosotros – , como un sacramental, como un regalo especial que satisface un secreto anhelo del alma, haciéndola capaz de permanecer despierta y vivaz en el trato privado y directo con Dios.¨

Como ha ocurrido siempre entre nosotros, también en esta oportunidad la pregunta nos urge a dar una nueva respuesta; la duda, a alcanzar una nueva seguridad; el ataque encubierto, a realizar nuevos actos heroicos.

En una carta recibida se lee:

¨No dudé ni un solo instante de la autenticidad de nuestra conducta. Pero el alma se anegó de profundísimo dolor. Que precisamente aquello tan delicado haya sido sacado tan sin respeto a la vista de todos es algo que todavía me lastima. Pero los caminos de Dios son admirables. Estamos acostumbrados a ser atacados siempre allí donde está el nervio vital, el núcleo esencial. Se trata del más delicado y fino de todos nuestros secretos de Familia. Y cuántas bendiciones trae consigo es algo que yo he experimentado en mí misma una infinidad de veces¨ (3 de mayo de 1949).

Se aprecia una cierta constante en el hecho de que la gracia de Dios inspire ahora a una serie de personas a ofrecer su vida a Dios por la fecundidad de nuestra práctica penitencial hasta el fin de los tiempos.

El Informe declara:

¨Por lo demás, las Hermanas que fueron interrogadas sobre el punto admitieron sin rodeos que sólo el P. Kentenich y nadie más podía permitirse tales métodos¨ (pág. 7).

En primer lugar, la frase presenta evidentemente un error de escritura. Debería decir: ¨Por lo demás, algunas Hermanas¨, vale decir, una, dos, a lo sumo tres Hermanas, pero no las Hermanas, ¨que fueron interrogadas sobre el punto¨… ya que, como lo demuestran mis actas, casi todas, sin excepción, opinaron de modo distinto, y si llevásemos a cabo una revisión crítica, esta aportaría un cúmulo de testimonios que avalarían esta posición.

La expresión ¨permitirse¨ puede significar dos cosas, ya sea que se la considere en sentido lato o en sentido estricto. Si con ella se quiere expresar que se anhela ese acto sólo cuando surja de la misma atmósfera sobrenatural, no hay nada que objetar. Si en cambio se propone tomarla en su sentido literal, entonces entraña algo inusual y temerario. Porque en ese caso expresa algo muy distinto de lo que palpita en el sentimiento vital de toda la Familia y que en este último tiempo se capta conscientemente con una seguridad fundada en la reflexión.

El protocolo de la sesión del 10 de mayo de 1949 llama la atención sobre cuestiones fundamentales que han sido puestas en el tapete por la visitación.

  1. Gobierno a través de corrientes.
  2. Pedagogía de libertad y movimiento.
  3. Principio paterno, obediencia.
  4. Educación en la filialidad (crecimiento, vinculación y transposición orgánicos).
  5. Cohesión comunitaria.
  6. Personalidad y comunidad.

Recién cuando la Familia haya llevado a cabo una nueva reflexión sobre estas cuestiones se habrá garantizado la plena bendición de la visitación para los tiempos venideros…

Así como el espíritu de fe transfigura el mundo y la vida, así también arroja luz, en forma de fe práctica en la Divina Providencia, sobre muchos enigmas y misterios de la vida diaria

La fe en la Divina Providencia está tan fuertemente desarrollada entre nosotros que se ha afirmado con razón que esta se ha convertido en una especie de cosmovisión. En efecto, en esta área podríamos compararnos de algún modo con Cottolengo, con la diferencia de que nosotros ponemos más que él el acento en la autonomía, la reflexión personal y la contemplación anticipada e indagadora de lo que vendrá. Sin esta marcada fe en la Divina Providencia el mundo de hoy no se podrá reencontrar con Dios. Sin ella no hay seguridad en medio de la inseguridad de la vida. Sólo ella infunde el ánimo y la fuerza para  – citando una expresión de Nietzsche – levantar casas en la cercanía del Vesubio (sobre los conmocionados cimientos de la vida de hoy) y vivir tranquilamente en ellas…

Por eso no nos resulta difícil vislumbrar los sabios designios de Dios detrás de los errores y debilidades de los superiores. San Ignacio alaba a San Francisco Javier diciendo: ¨Basta que le diga una sola palabra (¡ven!) para que abandone enseguida tierras y mares¨. Esta ha sido incontables veces nuestra vivencia, fruto de nuestra fe en la Divina Providencia profundamente arraigada y sobrenatural: Tal es la firmeza con la cual la obediencia se ha desarrollado entre nosotros y anclado en el mundo sobrenatural.

El primer acto que se desprende de esta visión sobrenatural es, según ¨La santidad de la vida diaria¨,  ponerse naturalmente a disposición de los deseos y la voluntad de los superiores. El subordinado considera desde un principio, sin mayor reflexión ni análisis, que las órdenes son correctas y se aboca a su cumplimiento sin preocuparse más…

Algunos fragmentos de cartas escritas por personas de nuestras generaciones más jóvenes muestran cómo se practica entre nosotros la obediencia. Dichos fragmentos están dirigidos a la maestra de novicias:

¨En la última jornada para docentes se me hizo muy clara la imagen del Padre en su calidad de padre. Se estaba hablando sobre milagros que hoy ya no se perciben en absoluto. Un inspector escolar comentó lo siguiente: ´Soy padre de ocho hijos y cuando antaño salía a pasear con mis hijos adentrándome en lo profundo del bosque, jamás me preguntó ninguno de ellos: ´Papá, ¿no te equivocas nunca? ´. O cuando mandaba algo que resultaba totalmente incomprensible, todos hacían lo que el padre quería. El padre sabe todo; el padre no yerra. Ellos simplemente creían en el padre´.

Y te aseguro, A., que mientras este señor hablaba, yo pensaba en el Padre, en nuestro Padre, diciéndome: Si un padre puede decir esto de sus hijos, tanto más debemos cultivar nosotras esa actitud filial y creyente frente a nuestro Padre, ya que él está muy por encima de cualquier otro padre. Ciertamente tenemos esta actitud para con él y nos hemos confiado a él, y de esa manera, en su persona y a través de su persona, pertenecemos al Padre del Cielo. Por eso al escuchar ese ejemplo de un padre de familia, tomado de su vida diaria, una se siente sencillamente conmovida, y por eso te lo he contado…¨

¨Hoy llegó también la extensa carta del Padre. Tengo que volver a leerla de cabo a cabo. Hay ciertas cosas que no comprendo del todo. Cuando realizamos nuestro Acto de entrega al Padre o nuestra Alianza de Amor Filial, yo lo entendí así: El Padre del Cielo fundó la Familia a través de nuestro Padre, constituyéndolo en su representante. Vale decir que nuestro Padre está ante nosotras como representante del Padre del Cielo. Por eso él tiene también derechos especiales. Así pues lo que él determina y aconseja es sin duda deseo, voluntad o consejo de Dios. Dios le da asimismo a nuestro Padre gracias especiales para ello. De ahí que nos resulte evidente que le debamos a nuestro Padre obediencia, fidelidad y amor. Pero no por estar obligadas, sino porque nuestro Padre ha hecho tanto por nosotras que no podemos responder de otra manera que poniéndonos por entero a disposición suya y de su obra. Ciertamente de ese modo nos entregamos también al Padre del Cielo. ¿Acaso no es correcto? Respóndeme, por favor, cuando tengas tiempo…¨

¨En este último tiempo no he recibido nada de correspondencia de Schoenstatt. Pero me parece comprensible luego de haber recibido, hace unos días, el Informe sobre la visitación. Me sucede lo que a algunas Hermanas en el extranjero, las cuales expresaban – como se cita en el Informe – que no podían entender que la visitación pudiera producir una confusión tan grande. Sea como fuere, yo no puedo dar mi opinión por no haber estado allí presente. Aquí nosotras estamos en el último rincón del mundo y nos enteramos de las cosas cuando ya todo ha pasado. Lo que más me gustaría ahora sería sentarme contigo en la buhardilla y conversar sobre el tema. 

En este Informe aparecen problemas que jamás he tenido. En él se marca muy fuertemente la diferencia entre las Hermanas mayores y la generación joven, acentuándose que los cursos jóvenes tendrían vivencias de comunidad. Pues bien, debo confesar que no puedo recordar ninguna vivencia de comunidad que hayamos tenido con el Padre. ¿Acaso fui sorda o insensible? Cuando dialogo espiritualmente con el Padre, siempre me vienen a la mente tres situaciones que me recuerdan momentos de cuando estuve a solas con él. Tampoco se me ocurre designar como vivencia de comunidad nuestro acto en la noche antes de la incorporación. El acto mismo lo viví con hondura, pero como si el Padre estuviese realmente ahí presente y, aparte de él, sólo yo. Tampoco recuerdo en absoluto quién estaba arrodillada junto a mí. Enseguida después de finalizada la ceremonia, en esa misma noche, le escribí al Padre una larga carta. (Al día siguiente copié esa carta en un cuadernito). Lamentablemente nunca recibí respuesta a dicha carta. Esto me costó muchísimo al comienzo. Yo me veía como una persona que salta de una orilla a otra sin saber si efectivamente llegará a tierra firme. Desde entonces jamás le escribí al Padre. No podía escribirle nada más de lo que ya le había escrito en esa carta; ni tampoco quería ni podía escribirle una cartita trivial. ¡Ojalá que él venga pronto!…¨

 La maestra de novicias agrega:

¨Se trata de I., miembro del curso ´Imperatrix´, que hizo con usted los ejercicios de la toma de hábito y el Acto de ofrecimiento de la Vida. Sólo estuvo una vez en privado con usted. Ella no ha comprendido cabalmente el significado de la expresión ´vivencia de comunidad´. Es lógico, cuando hay vivencias personales previas, las vivencias comunitarias se experimentan enseguida de una manera personal.¨

¨Es una lástima que la carta del Padre sobre la visitación no haya llegado a tiempo para nuestra Semana de Familia… Porque así tendríamos ahora mayor claridad sobre ciertas cosas… Cuando leo todas las cartas que le fueran escritas al Padre, realmente no sé que agregar o pensar sobre ellas. Yo misma estoy confundida. En realidad debería volver a confrontarme con el ´problema´ del Acto de entrega al Padre, para lograr una visión y una opinión totalmente claras. Sin embargo hay algo en mí que se resiste. Hasta ahora no había hallado ninguna dificultad en ello. Para mí todo fue y sigue siendo sencillísimo, no me crea el menor problema. ¿Acaso en la Familia los Actos de entrega al Padre se han ampliado, renovado y profundizado de tal modo que las Hermanas hablen de una acumulación?…Sólo puedo recordar con gratitud, alegría y amor nuestro Acto de entrega al Padre y no retiro ninguna de las palabras pronunciadas. ¡Qué feliz y orgullosa estaba yo de tener un padre semejante!… Me pregunto si basta con leer esa carta del Padre y no preocuparse demasiado al respecto. Siento en lo más profundo que tal actitud puede entrañar un peligro para mí, especialmente al considerar que me hago tantos problemas con otras cosas. Y quisiera esquivar el problema, ya que hasta ahora jamás tuve dificultades en esta área…¨

Otro elemento constitutivo de la obediencia perfecta es la franqueza respetuosa, que ha de ejercitarse oportunamente cada vez que se presente – sea cuando fuere – objeciones serias en relación con una orden o modo de proceder del superior.

Creo poder afirmar que esta franqueza se ha desarrollado entre nosotros de una manera que difícilmente se encuentre en otra comunidad femenina. Y así tiene que ser. Así lo exige la esencia de nuestra marcada pedagogía de movimiento y de confianza. Sin un cultivo cuidadoso de la franqueza, a la larga esta pedagogía se hará imposible. Si hay un punto en el cual el Informe incurre en un grave error, es precisamente este. Sobre el particular pueden aportarse infinidad de pruebas, mientras que todas las pruebas en contra se refutan fácilmente.

Con ello no se está diciendo que no sea difícil hallar siempre y en todas partes el justo medio. Si esto vale para el individuo, tanto más entonces para una comunidad que por esencia ofrece siempre una potencial inflamabilidad y corre continuamente el peligro de la puerilización. Por tratarse de constantes de validez general, se detectan en todas partes, tanto en hombres como en mujeres, en algunos casos más, en otros, menos.

Las tensiones pueden ser muy diversas. Las hay entre respeto y franqueza, entre respeto y docilidad. Puede ser que en un caso la obediencia consista prácticamente sólo en la franqueza y, en otro, sólo en decir sí sin la necesaria lucidez. Ambos son extremos que deben superarse. Entre ambos existen muchas posibilidades de tensiones sanas. El psicólogo considera como naturales tales oscilaciones y el pedagogo sabe valorarlas y tratarlas correctamente. No siempre resulta fácil obrar con seguridad. Esto no debe sorprender. Las dificultades radican en el educador y en el educando. El educador no es ni quiere ser un obrero. Es un artista que domina el arte de las artes. No se deja confundir por desaciertos y fracasos. Es una persona que ama y jamás deja de amar. Aunque se desilusione mil veces, una y otra vez se consagra a los suyos con una entrega cada vez más abnegada y amorosa.

¿Qué habré de aducir en calidad de prueba? Del ingente cúmulo de testimonios que tengo ante mí, tomaré sólo dos: Uno se ubica en el contexto mismo del Informe. En éste se habla de la carta de una hermana que causó un gran revuelo en ocasión de la visitación. La carta fue considerada por el visitador y las Hermanas en general como indebida y ofensiva. Al declarar que no raras veces me llegan cartas de esta índole, quedaría al menos probado que no falta sinceridad ni franqueza. 

Sí se podría decir quizás que falta más tacto. Puede ser. Pero aquí no es esto lo que nos preocupa en primer lugar. Por lo demás considero siempre como supremo gesto de confianza el hecho de que los que me fueron confiados sean sinceros conmigo, sin reservas, especialmente cuando están en juego cosas que atañen a mi propia persona. De ese modo se establece una relación de la mayor lealtad. Y eso es también ¨tacto¨…

El segundo testimonio es el de una Hermana que, en carta dirigida a mí, pone críticamente bajo la lupa mi manera de proceder. Por motivos pedagógicos – sobre todo para estimular a otros a la reflexión – di a conocer la carta al círculo más íntimo de la Familia. La respuesta fue la siguiente:

¨El 1 de mayo llegó su comentario acerca de la visitación y allí me encontré con mi carta. Me quedé atónita, espantada. Lloré amargamente. Sé que usted es bueno conmigo, que no toma a mal mi franqueza. Jamás lo hizo hasta ahora, nunca ha dudado de mi pequeñez, fidelidad, docilidad y filialidad. Amo la mano del Padre, aun cuando me haga doler. Y esta vez me ha hecho doler mucho. Sé que Dios está detrás de todo, que siempre tiene una mano firme y bondadosa para conmigo. Que me ama. No he querido lastimarlo con mi carta. Usted tampoco lo tomó así. Lo sé. Pero las otras personas que lean la carta se indignarán por mi franqueza y la tacharán de irrespetuosa. 

Usted me aconseja que siga siendo sincera y franca también para con las demás superioras. Pero me resulta muy difícil. Quien una vez se ha quemado rehuye el fuego. Pero me esforzaré por cumplir con su deseo. La Sma. Virgen habrá de darme una ayuda complementaria para que encuentre el justo medio. Realmente no entiendo la terapia a la que me está sometiendo Dios en estos momentos. Y así puedo comprender perfectamente al profeta Elías, a quien, al percibir todos los deseos de Dios, le vino a la mente la idea de intentar la huida. Pero instruida por esta misma situación, resistiré con filialidad y docilidad…¨ (8 de mayo de 1949).

En las explicaciones anteriores se ha considerado suficientemente los restantes elementos que entraña la perfecta obediencia. Por lo tanto no hace falta volver sobre lo mismo…

La impronta característica de nuestra Familia de Hermanas es el amortiguar la razón puramente natural y hacer resplandecer con extraordinaria fuerza la luz de la fe. Con sumo cuidado se esfuerza por hacer realidad dos frases de la Biblia. Una escrita por San Pablo: Justus autem meus ex fide vivit. Solemos traducirla de la siguiente manera: Nuestro orgullo y nuestro honor está en que los nuestros vivan plenamente del espíritu de fe. Otros podrán aventajarnos en otras áreas, pero nosotros queremos ser y seguir siendo hijos de la fe. 

La segunda frase la pronunció Isabel, impulsada por el Espíritu Santo, y estuvo dirigida a la Sma. Virgen: Beata quia credidisti. En razón de que toda Hermana de María quiere ser una pequeña María se esfuerza entonces por todos los medios para que esta alabanza pueda aplicarse análogamente también a ella. 

En la Familia no falta, en ninguna parte, la disposición y la docilidad heroicas. Tampoco donde y cuando el parecer personal no vaya a la par de las disposiciones y exigencias de las superiores.

El Informe admite en todo momento este hecho, sólo que lo interpreta de otro modo: Detecta en él falta de libertad y seguridad interiores, de juicio autónomo y fuerza de carácter. Constata esta actitud especialmente en Hermanas de alto nivel intelectual y encargadas de tareas directivas. A todas se les hace la misma crítica negativa. De modo similar se juzga incluso a los sacerdotes que participan en la dirección. Casi todos, sin excepción, serían así esclavos de la personalidad fascinante del director:

¨A pesar de esta clara visión de la gran meta pedagógica y de ese cultivo del espíritu de alto grado, parece haber entre los hombres dirigentes y entre las Hermanas de María sólo pocas personalidades bien definidas, con un pensamiento realmente autónomo y una verdadera libertad interior.

Si bien el visitador sólo pudo conocer de cerca un puñado de Hermanas, se cree con derecho a formular este juicio ciertamente grave en la medida en que en el diálogo con las Hermanas dirigentes y encargadas de la educación de la Familia de Hermanas tropezó una y otra vez con la falta de libertad, la falta de autonomía y la inseguridad tan características de las Hermanas de María. 

Es verdad que estas Hermanas son por lo general personas valiosas y en gran parte también de alto nivel intelectual; sin embargo su vinculación a la personalidad fascinante del director del Movimiento es tan fuerte y estrecha que las decisiones y criterios de este último constituyen para ellas prácticamente la norma última¨ (pág. 1).

De este modo nos hallamos frente a la concepción de obediencia del Informe y de las consecuencias que de él se desprenden.

Ambas cosas deben ser consideradas como un resumen de las objeciones contra nuestra concepción… La respuesta que daremos apunta a completar y perfeccionar nuestra breve argumentación positiva con una negativa.

La primera impresión que causa el pasaje citado en el lector desprevenido que reflexiona sobre las explicaciones dadas hasta aquí es la de un espontáneo asombro. Porque no se había imaginado que el antagonismo real y efectivo fuese tan fuerte. Es así como lo afirmé al principio: Las posiciones se oponen como lo blanco a lo negro. Aquí se enfrentan dos mundos que – si bien ambos católicos – no tienen ningún punto de contacto en el plano psicológico. Aquí chocan dos mentalidades – la orgánica y la mecanicista – que no logran entenderse.

El asombro aumenta cuando se toma conocimiento de que aquí estamos, en pequeña escala, ante un episodio de la tremenda lucha que se libra en la actualidad en el campo de las corrientes de pensamiento; de que las dos mentalidades que aquí se confrontan están sosteniendo hoy, en todo el mundo, un combate a vida o muerte; de que para la situación mundial el desenlace de esta contienda entraña un significado mayor que el de todos los cruentos conflictos armados; más aún, de que estos últimos sólo tendrán sentido o no en función de dicho desenlace. Así interpreta el psicólogo la historia…

Por su parte, el teólogo, al reflexionar sobre la historia, sabe, por la fe, que por último Dios lleva a cabo victoriosamente su plan salvífico.

La pregunta que nos interesa aquí y ahora es la siguiente: Ante tal estado de cosas, ¿es posible arribar a un mediano entendimiento? Desfiguración y ocultamiento de las diferencias quizás adormezca la conciencia y tranquilice los nervios… Pero esta maniobra debe ser calificada de imperdonable cuando se trata de una cuestión en la que se juega el destino del mundo.

La mentalidad global que inspira el concepto de obediencia del Informe es una forma típica de la manera de pensar mecanicista, de la cual ya hablamos más arriba: desgarra la vida; la arranca de sus contextos más delicados y profundos… En su conciencia se detecta síntomas de la enfermedad del declinante Occidente cristiano. Si no se supera esta manera de pensar, el pronóstico del desarrollo futuro del Occidente cristiano es entonces preocupante. 

La mentalidad mecanicista no reconoce ninguna totalidad orgánica y es ciega cuando se trata de tener una vital visión de conjunto de causas primeras y segundas, de religión y vida. Por eso inhibe una plena influencia de la religión sobre la vida, paralizando así la capacidad de resistencia del clero y del pueblo frente a la ofensiva del colectivismo, el enemigo mortal de la Iglesia en este siglo. Además, sin saberlo ni quererlo – como ya se destacó -, la mentalidad mecanicista se convierte – de acuerdo a la ley del péndulo en el ámbito de las corrientes del pensamiento y de la cultura – en el mejor y más fecundo precursor del colectivismo en las propias filas. 

Según el designio de Dios, el colectivismo ha de obligar a la Iglesia a superar esta mentalidad mecanicista en su propio seno, a abrirse ampliamente y hacerse receptiva para el nuevo nacimiento de Cristo, para Dios y todo lo divino. Mientras no se supere dicha mentalidad, todas las medidas en contra resultarán ineficaces. ¡Al contrario! Será como echar arena en los ojos: impedirán ver el abismo en el que amenazan precipitarse la cultura occidental, la fecundidad del cristianismo y su misión para el tiempo actual.

Por el momento, las contracorrientes eficaces sólo podrán partir de pequeños círculos. Es como si el cristianismo, inspirado en el ejemplo de su gestación histórica, quisiera experimentar un renacimiento: como si debiera volver a Belén, a las catacumbas, al desierto, al eremitorio, pero de una nueva manera. La disolución de la vida ha alcanzado a todos los ambientes – también al eclesial – de un modo tan devastador que por ahora no se debería esperar una contracorriente masiva o una reforma de grandes proporciones. 

Esta es una de las razones más profundas de por qué los pequeños grupos a los que se ha aludido tienen que esforzarse por levantar murallas protectoras indestructibles y lograr un eficaz aislamiento, sin perjuicio de su apertura y contacto con el mundo y manteniendo su docilidad a la Iglesia. Como islas, catacumbas y ermitas itinerantes han de empeñarse por ese objetivo para que en su camino no renieguen de sí mismos y no se extravíen a la hora del roce y confrontación con el mundo.

No hay que engañarse… La superación del colectivismo es la gran tarea de este siglo. Y no podrá llevarse a cabo sin un cambio radical de la mentalidad mecanicista que todavía hoy predomina en los ambientes de la dirigencia católica alemana… Costará un trabajo gigantesco erradicarla de nuestros seminarios, claustros de profesores, comunidades educativas,  literatura e instancias episcopales encargadas de la censura.

Tampoco hay que dejarse engañar por el Pacto Atlántico. En primer lugar es una mera tregua pasajera. Se ha desvanecido la esperanza de una unión de todas las naciones amantes de la paz; esperanza que desde hace años albergaban las grandes potencias. El Pacto es un nuevo comienzo de la antigua política del equilibrio… ¿Por cuánto tiempo mantendrán el equilibro ambas potencias y sus aliados? En ocasión de la firma (del Pacto) José Bech, representante del pequeño estado de Luxemburgo, hizo la siguiente observación: 

¨Naturalmente, la alianza de protección que sellamos hoy no puede traer la verdadera paz, que es más que una mera ausencia de guerra. Pero ojalá brinde al mundo, como lo hicieron otras similares alianzas del pasado, una larga y provechosa era de tregua.¨

¿Quién cree en una larga duración de la tregua? Y si contra toda esperanza fuese posible una larga tregua, si nos libráramos de las amenazas del poderío bélico colectivista, no escaparemos sin embargo de la confrontación ideológica. Y tenemos que tomarlo tanto más en serio cuanto más solapadamente el enemigo pretenda seducirnos, cuanto más irresistiblemente cale en nuestros propios frentes a través de su ideología… Por eso nuestros dirigentes no deben rehuir el combate contra él; deben salirle al paso, primero en el propio fuero interno, en el propio campo, y vencerlo, aun cuando tengan que enfrentarlo cara a cara como lo hiciera en su momento San Pablo frente a San Pedro.

Si los contendientes se atienen al consejo de San Agustín: interficite errores, diligite errantes, la confrontación no perturbará la mutua relación de confianza. Al contrario, aumentarán el respeto y la benevolencia. Se trata en definitiva del mismo gran objetivo común a cuyo servicio se quiere poner todo el amor del corazón, toda la fuerza de la voluntad y la agudeza del espíritu.

Desde Schoenstatt hemos visto, desde el principio, que nuestra tarea residía en este punto, y hemos orientado hacia él todo nuestro sistema pedagógico. Por eso no sólo hablamos de pedagogía de Alianza y de ideales, sino también de vinculaciones. Su aplicación práctica se orienta según la receptividad y disposiciones del individuo, de cada tipo humano y sexo. De manera natural esta pedagogía logró su realización máxima entre nuestras Hermanas de María.

Durante más de veinte años se cultivó cuidadosamente la disposición femenina instintiva al pensamiento circular, su inclinación espontánea a contemplar en lo posible todas las cosas integrándolas unas en las otras y unas con las otras, y representarlas simbólicamente. Este cultivo se llevó a cabo en contraposición consciente a la usual educación masculinizada de mujeres y chicas.

A la manera de pensar masculina – que estructura su pensamiento piramidal y modularmente, y que por lo común percibe fragmentariamente las cosas, unas junto a las otras y unas tras otras – este estilo de pensar de la mujer le resulta incomprensible, en particular cuando la mentalidad masculina no ha superado todavía el idealismo filosófico.

He aquí las posturas clamorosamente antagónicas que se han enfrentado durante la visitación.

Así pues es comprensible que el Informe vea ruinas por todas partes, cuando, en realidad, se está gestando una especie de paraíso – por supuesto, en un mundo que carga sobre sí la maldición del pecado- ; y que llame negro a lo que nosotros llamamos blanco. Esto vale para todas las áreas, sin excepción, tal como habrá de demostrarse más adelante. Y no puede ser de otro modo tratándose de una perspectiva tan contrapuesta, especialmente en lo que toca al concepto de obediencia. Su idea de obediencia se esfuerza en balde por lograr una visión orgánica de conjunto de la tradición cristiana.

Y se pone claramente de manifiesto en tres pasajes.

Primer pasaje:

¨Ciertamente el padre tiene derecho a la obediencia incondicional de parte de sus hijos en todo lo que sea bueno y justo¨ (pág. 8).

Tal como se la formula, la frase es inobjetable y plenamente de acuerdo con la tradición católica. Pero no así su aplicación práctica. La divergencia aparece enseguida cuando se trata de la instancia que debe decidir lo que es bueno y justoTeóricamente la respuesta es clara: la conciencia considerada como voz de Dios, voz que no sólo nos habla mediante iluminaciones y mociones interiores, sino también mediante normas – tanto leyes naturales como leyes positivas divinas y humanas –  y mediante el deseo y la voluntad de los legítimos superiores. Pero para el subordinado, en la práctica, la norma concreta definitiva es la expresión de la voluntad del superior, que representa a Dios. Algo parecido a lo que fueron para Pablo, cerca de Damasco, las instrucciones de Ananías, quien le habló en nombre de Cristo…

Toda teoría sobre la obediencia no tiene mucho sentido si el subordinado no pronuncia un ´sí´ de corazón a la irrupción de la autoridad divina en su vida cotidiana, tal como se le hace presente en el representante – el transparente –  de Dios.

Cuando se trata de la autoridad episcopal oficial, el Informe lo admite sin más ni más. Así dice:

¨ Aún cuando se acentúe e insista teóricamente en el amor y la veneración a la Iglesia, la cohesión no debe llevarse al extremo de no ver ni reconocer a la Iglesia en su forma concreta cuando plantea exigencias legítimas a la Familia¨ (pág. 3).

Pero en el caso de cualquier otra autoridad se mide con otros patrones. Nosotros aspiramos en todas las áreas a la totalidad, y también aquí. En las graves afirmaciones que siguen vislumbramos – como lo haría todo religioso, especialmente todo jesuita –  un gran reconocimiento, si bien dichas afirmaciones entrañan, según el espíritu del Informe, una crítica reprobatoria.

¨Sin embargo su vinculación a la personalidad fascinante del director del Movimiento es tan fuerte y estrecha que las decisiones y criterios de este último constituyen para ellas prácticamente la norma última… En tales situaciones la gran mayoría (se alude a las Hermanas) deja totalmente de lado la propia reflexión, en la creencia de que todo lo que viene ´de arriba´, es querido por el P. Kentenich y por lo tanto es correcto¨ (pág. 1).

Estas frases tocan el núcleo de la cuestión, en la medida en que se refieren a la norma última para el obrar de las Hermanas.

Para la sana sensibilidad orgánica de las Hermanas, la cabeza de la Familia representa para ellas la Iglesia y Dios, tal como se ha expuesto más arriba.

Estas mismas frases no aciertan en el núcleo de la cuestión cuando atribuyen un tal proceder no a un sencillo y floreciente espíritu de fe sino al poder de fascinación de un líder, a la inseguridad intelectual y a la falta de libertad interior y autonomía de parte de sus seguidores.

La gran ley de hacer que todo las cosas creadas y las atinentes a la sexualidad transparenten la realidad sobrenatural está tan arraigada en nosotros que únicamente tomando dicha ley como base se nos podrá comprender en todo lo que hagamos o dejemos de hacer. Quien frente a esta ley sea ciego para percibir valores y colores, no hallará ningún puente que lo conduzca hacia nosotros. Con el auxilio de esta luz sobrenatural sabemos lo que se le debe a cada autoridad de la Familia, especialmente a su cabeza.

Todos los otros intentos de interpretación mencionados no tienen razón de ser.

No tiene razón de ser, en primer lugar, la referencia a la personalidad del director. Quien tenga conocimiento de que desde 1941 el director ha estado casi permanentemente ausente – primero en la prisión, luego en Dachau, más tarde en el extranjero – ; quien tenga en cuenta que sus seguidores ¨son por lo general personas valiosas y en gran parte también de alto nivel intelectual¨ (pág. 1), por lo menos pondrá en duda la posibilidad de que el director pueda ejercer una extraordinaria influencia desde la distancia. Si además toma conciencia de que la grandeza de un verdadero educador estriba siempre en hacerse prescindible, verá que en este caso la cabeza de la Familia se ha medido con este patrón. Si considera cómo él ha dado autonomía a todos los institutos y cuán numerosos son los hilos que inadvertidamente confluyen en su mano, de tal manera que resulta difícil decir en qué consiste verdaderamente su principal tarea, entonces el argumento de la ¨personalidad fascinante¨ dejará de tener validez para él. 

Pero con ello no se altera en nada el hecho de que el director se esfuerza en no plantear a los demás exigencias que él mismo no esté atento a cumplir en sumo grado, para así hacerles fácil la obediencia a los suyos. 

Todas estas no son más que cuestiones pedagógicas evidentes. 

Hace poco, en el Congreso Católico de Maguncia, Holzammer desarrolló una serie de ideas que son corrientes para todo educador. Así decía: 

¨En la relación entre las generaciones se incluye también el problema de la autoridad. Autoridad significa autoría. En el fondo sólo existe la autoría de Dios y, derivada de esta, la autoría humana de los padres, sacerdotes y educadores. Hoy en día se aprecia con claridad que la juventud está sin autoridades, en la medida en que quienes detentan la autoridad no dan testimonio de una genuina autoría. Sólo una autoridad convincente tiene autoridad; una usurpada no la tiene. Toda arrogación genera desprecio.¨

De ello el orador extrae, entre otras, la conclusión de que la educación en el respeto exige dar ejemplo de una genuina autoridad.

En este contexto cabe señalar que, en términos generales, el Informe procura – consciente o inconscientemente –  colocar la autoridad jerárquica del obispo, sobreacentuada, en un primer plano. Y ello a costa de toda otra autoridad. Por otra parte, esta tendencia resulta comprensible dada la situación. Ahora bien, en otro lugar ya se indicó que una empresa semejante es, en principio, cuestionable. Porque una vez que se desdibuja o desplaza el fundamento metafísico de la obediencia, tarde o temprano toda autoridad – también la del obispo y la del Papa – se verá involucrada fatalmente en ese proceso de disolución.

Ya se ha demostrado en un caso que el Informe mide efectivamente con patrones muy distintos cuando se trata de la autoridad episcopal y cuando se trata de otro tipo de autoridad. Desde este punto de vista debería ser comprensible su postura en relación con las normas de discreción habituales en el trato con el delegado del obispo.

Desde el principio hemos tenido la costumbre de instruirnos mutuamente según el estilo de la disputa escolástica, a fin de capacitarnos para responder a las dificultades que se nos hiciese afuera o contestar de modo comprensible las preguntas que se nos planteara sobre nuestra esencia, desarrollo y objetivos. Nuestra imagen resultaba tan novedosa para la gente que se nos abrumaba continuamente con preguntas y dificultades. Ellas nos dieron la ocasión para calar más profundamente en nuestra originalidad, pero también exigieron una determinada formación para poder expresar en forma comprensible lo que se quería saber exactamente de nosotros. 

Jamás se trató de un arte de encubrimiento ni simulación. Al contrario: La ley de la puerta abierta nos señaló caminos viables y queridos por Dios para nuestra labor de ilustración de nosotros mismos y de los demás. Desde la legitimación de nuestra modalidad se ha reencendido el interés por nosotros…

Por eso era natural que empleásemos el mismo método de instrucción cuando se anunció la visita de un representante oficial de la Iglesia que venía con el fin de informarse acerca de nosotros.

El Informe comenta este hecho de la siguiente manera:

¨La misma visitación canónica no fue anunciada por la dirección a las Hermanas como visitación canónica, con lo cual se mitigaba su importancia. Por otra parte las Hermanas fueron ´instruidas´ para la visitación antes del anuncio oficial.¨

Si luego de la explicación del contexto hecha más arriba aún es necesaria una aclaración, habría que decir lo siguiente: A las Hermanas no se les comunicó el anuncio de la visitación porque esta se produjo a último momento, ya que hasta entonces se había hablado siempre sólo de un pretendido estudio a cargo de un delegado del obispo. Detrás de ese mutismo no había una intención de mitigar la importancia de la visitación, sino simplemente un no saber a qué atenerse.

La dirección en Schoenstatt estaba tan sorprendida con el repentino cambio de intención y determinación que no pudo adaptarse con la suficiente rapidez a la nueva situación. A esto se sumó la falta de experiencia. Dado que se trataba de la primera visitación en 22 años, se carecía de conocimiento sobre el sentido, finalidad y significado de un procedimiento semejante. A todo aquel que se deje guiar sólo por el amor a la verdad y que no esté impulsado por el afán de hallar a toda costa pruebas de cargo le resultará evidente, sin más ni más, que la instrucción de las Hermanas no entrañaba ningún propósito de encubrimiento.

La estrategia misionera, la pedagogía, la retórica, la homilética y el arte de la disputa filosófica contemplan un método de adaptación prudente. Nosotros solemos obrar y tratar en todas partes ateniéndonos a este método. Y así debía ocurrir también en ocasión del estudio del delegado episcopal. Mi invitación del 16 de octubre de 1948 destacaba que yo tenía ¨gran interés en poner todas las cartas sobre la mesa, sin excepción¨ (pág. 3). Este fue el primer objetivo fijado, el que perseguí desde el principio y el que persigo aún ahora, no en beneficio de Schoenstatt sino de la situación pedagógica global de Occidente. Por las mismas razones creo que debo ser fiel al método de adaptación, que en carta del 13 de febrero de 1949 formulo de la siguiente manera: 

¨Los documentos que le hice llegar (al delegado) estaban seleccionados de tal modo que pudiera disponer de elementos de juicio acerca de todas las principales corrientes. Hasta qué punto podrá seguir el hilo de las ideas en el caso particular, dependerá, por un lado, de la Divina Providencia y, por otro, de la prudencia, tanto de las Hermanas como de los Padres.¨

Obsérvese que aquí se trata solamente de un método y no de otros fines. La finalidad siguió siendo la misma: Mostrar todas las cartas. Ambos – objetivo y método – están unidos como dos partes de una totalidad. Así lo exige el principio moral: Bonum ex integra causa, malum ex quolibet defectu.

El Informe  confunde objetivo y método. Aplica al objetivo lo que se dice del método, y así arriba a conclusiones y resoluciones erradas. Y ello resulta de no haber tenido presente la diferencia entre ambos y de desprender las citas de su contexto natural. Sólo se fija en que 

¨El acceso del visitador a pormenores en el área de las ideas ´tenía que depender de la prudencia tanto de las Hermanas como de los Padres´¨ (pág. 3).

De este modo genera la impresión de que se está ante una sutil tendencia al encubrimiento. Se deja de lado todo el texto restante, sin el cual la referencia a la prudencia no puede entenderse. Quien lea sólo el Informe no sabrá que al delegado se le había puesto a disposición todos los elementos de juicio acerca de las principales corrientes; que en primer lugar era él quien debía tomar las riendas de la discusión y comunicar sus deseos y dudas (¨Hasta qué punto podrá seguir el hilo de las ideas en el caso particular…¨) y que la Divina Providencia debía estar por encima de todo (¨dependerá, por un lado, de la Divina Providencia¨). 

Por lo demás mantiene su vigencia el principio moral: Nemo praesumendus malus, nisi prius probetur… No existe ninguna razón para tomar distancia de este principio en este caso. Se ha formulado y discernido objetivo y método de una manera extraordinariamente clara e inequívoca. La intención es noble y recta. De ahí el envío voluntario de material que ponía a disposición los accesos necesarios para tener una visión de los procesos de vida más íntimos.

Quizás el Informe había esperado otra forma de proceder. Ante esta posibilidad sólo puedo dar la siguiente respuesta: La forma propuesta es la única digna para el trato entre personas maduras. Sea cual fuere la autoridad en cuestión. Toda otra forma significaría una degradación, una falta de dignidad; supondría temor, inquietud o sentimiento de culpa donde debiera reinar claridad y seguridad unidas a tacto, respeto y benevolencia. Demás está recalcar que en la presentación del método se ha tratado siempre solamente de la condición para una discusión sistemática…

Aún más incomprensible resulta el tratamiento que el Informe le prodiga a otro texto: Afirma, lisa y llanamente, que yo no tenía la intención de poner al visitador al tanto de las últimas corrientes. De este modo quedaría demostrada la tendencia a ocultar y encubrir. 

En primer lugar, se vuelve a utilizar el término ¨visitador¨ sin que corresponda hacerlo así. Como ya se ha acentuado en varias oportunidades, por entonces no se trataba de una visitación. Esto sea dicho de paso. Vayamos ahora al contextus inmediatus y mediatus. El contextus inmediatus dice:

 ¨Los documentos que le hice llegar (al delegado) estaban seleccionados de tal modo que pudiera disponer de elementos de juicio acerca de todas las principales corrientes. Hasta qué punto podrá seguir el hilo de las ideas en el caso particular, dependerá, por un lado, de la Divina Providencia y, por otro, de la prudencia, tanto de las Hermanas como de los Padres. No tenía la intención de poner al delegado al tanto de las últimas corrientes, pero contaba con que de una u otra manera se toparía con ellas. En este último caso, me parecía evidente que se respondiese a sus preguntas.¨ 

¿Qué significa en este contexto que yo ¨no tenía la intención de poner al delegado al tanto de las últimas corrientes? ¨ (pág. 3). El texto sólo puede aludir a la aplicación práctica a un caso concreto del método de adaptación ya expuesto. Por eso se explica previamente dicho método, con todo detalle; por eso se dice posteriormente: ¨pero contaba con que de una u otra manera se toparía con ellas. En este último caso, me parecía evidente que se respondiese a sus preguntas

¿Qué significa por lo tanto que ¨no tenía la intención…¨? Sólo puede significar que desde un principio no era mi intención llamarle la atención, voluntariamente y sin más ni más, sobre dichas corrientes. Yo quería esperar hasta que él mismo advirtiese el asunto. Pero suponía que él lo advertiría. Llegado entonces el caso, se debía responder a todas sus preguntas. Aquí se trata pues solamente de método, no de objetivos…

Y lo que esto significa se desprende con mayor claridad aún del contextus mediatus. La carta mencionada, en la cual se hace referencia al método, fue una respuesta a una consulta. Mis colaboradores me habían comunicado que el delegado episcopal había leído ya mi carta sobre el 20 de enero. Y querían saber si yo se la había hecho llegar. A lo cual respondí según consta más arriba: No tenía la intención, vale decir, no había dispuesto directamente tal comunicación. 

Hay que destacar tres cosas:

1. Que la respuesta tuvo lugar luego de la toma de conocimiento por parte del delegado. De ello se desprende que se trata de una aclaración fundamental, no de indicaciones prácticas.

2. Que se trataba de un acto de seguimiento que sólo debía ser realizado en un círculo muy íntimo de colaboradores, alrededor de siete u ocho, de tal manera que no había verdaderamente ninguna razón para hacerlo público a personas ajenas; aunque tampoco había ninguna razón que obligara a lo contrario. Sólo el tacto sugirió aplicar en este caso el método de adaptación.

3. No se olvide que yo mismo, por propia iniciativa, envié posteriormente la carta mencionada sobre el método de adaptación, la cual fue considerada por el Informe como corpus delicti.

El Informe atribuye la docilidad de las Hermanas a una falta de autonomía y de libertad interior. En él se afirma:

¨ Si bien el visitador sólo pudo conocer de cerca un puñado de Hermanas, se cree con derecho a formular este juicio ciertamente grave en la medida en que en el diálogo con las Hermanas dirigentes y encargadas de la educación de la Familia de Hermanas, tropezó una y otra vez con la falta de libertad, la falta de autonomía y la inseguridad tan características de las Hermanas de María ¨ (pág. 1).

Una respuesta definitiva, sistemática y exacta a esta objeción se dará más adelante, cuando sometamos la psicología y la filosofía de la religión del Informe a una crítica detallada. Pero tampoco ahora debería ser difícil refutarla con convicción. Conocer la divergencia existente en torno del concepto de la obediencia perfecta ayuda a comprender suficientemente la razón de tal objeción. Quien por principio equipara obediencia perfecta con una masificación a un nivel superior, difícilmente podrá esperar ser  reconocido como juez imparcial en cuestiones prácticas de fondo.

A esto se agrega que la prueba de los hechos apunta en la dirección opuesta. A lo largo de 16 años, nuestras Hermanas que están en el extranjero han sorteado ejemplarmente las más grandes dificultades, con autonomía y sin ninguna ayuda ajena. En el exterior tienen fama de habérselas arreglado espléndidamente en el trato con las autoridades eclesiásticas y estatales y han edificado un mundo nuevo. 

A su vez, nuestras Hermanas en Alemania fueron consideradas en los años de persecución como una comunidad especialmente amenazada. Expusieron innumerables veces sus vidas a los peligros más grandes; en todas partes se comportaron con valentía y con riesgo de sus vidas condujeron a todo el Movimiento a través de tiempos difíciles. Tanto en Alemania como en el extranjero dirigen autónomamente sus provincias y construyen grandes casas. 

Frente a esta realidad difícilmente se pueda sostener el mencionado veredicto de falta de autonomía y de libertad. Y esto vale especialmente para la generalización del mismo. Resulta evidente que en una comunidad tan grande no todas hayan alcanzado por igual la meta de la personalidad autónoma y de la perfecta libertad de los hijos de Dios. Pero tampoco se trata de eso, sino, en definitiva, sólo del tipo de personalidad predominante en la actualidad. De manera espontánea el crítico se pregunta si es rigurosamente correcto emitir un juicio tan general basándose en una observación fugaz y habiendo tenido contacto con apenas ¨un puñado de Hermanas¨ (pág. 1).

La desconfianza aumenta tan pronto como se intenta examinar a conciencia y con detenimiento cada una de los argumentos aducidos. El principal gira en torno de los actos de entrega al Padre. A estos se los considera bajo dos aspectos. En primer lugar se trata sobre el origen de los mismos. El Informe declara:

¨ El visitador no puede menos que pensar que las ´corrientes´ del último tiempo que giran por entero en torno de la persona del P. Kentenich y del 20 de enero de 1942, en su mayor parte no surgieron en las filas de las Hermanas ´sencillas´ sino que fueron iniciadas y transmitidas con gran habilidad por un grupo relativamente pequeño pero influyente de Hermanas que se han quedado en una filialidad no depurada. 

El grueso de las Hermanas reaccionó ante ello de muy diversas maneras. Unas (las de mayor ascendiente) se sumaron con entusiasmo; otras (menos independientes) se dejaron arrastrar sin oponer resistencia; otras, a pesar de sus reparos interiores, se esforzaron por integrarse sinceramente; no pocas dijeron interiormente que no y participaron sólo formalmente en consideración de la unidad de la Familia.¨ 

A esto debe contestarse lo siguiente: El conocedor del tema sabe que aquí no se trata de los actos de entrega al Padre en sí, sino únicamente de la excesiva repetición de los mismos, de su cantidad, vale decir, de algo totalmente secundario y periférico.  

Los actos son en sí expresión de la conciencia comunitaria. La excesiva repetición de los mismos se debe a un error táctico de la dirección zonal. Tales errores son inevitables; habrán de ocurrir una y otra vez. La reacción descrita es para el pedagogo lo más natural del mundo. Toda lucha por el ideal de curso presenta el mismo panorama. En tales oportunidades se dividen los espíritus,     chocan, se despiertan. Ese es precisamente el objetivo de la pedagogía de movimiento: impulsar a la toma de decisiones mediante crisis que surgen espontáneamente o son provocadas intencionalmente. Tales ¨crisis¨ son a menudo ambas cosas: expresión y medio para alcanzar la autonomía en el juicio, la vida y la acción.

El socialismo y el comunismo han desarrollado cuidadosamente, a su manera, esta teoría de las crisis. Si no asimilamos paulatinamente lo valioso de esta teoría, guiaremos a los nuestros hacia el tiempo que vendrá sin darles los suficientes pertrechos. Nuestro camino se verá entonces jalonado de ruinas.

Como segunda prueba de la afirmación planteada se aduce la reacción a la conferencia final, cuando se produjo un

¨…suspiro de alivio de muchas Hermanas al escuchar la alocución final del visitador. Este no se atreve a dirimir con seguridad la cuestión de si esta presión existía en la mayoría de las Hermanas, pero cree poder suponerlo, ya que luego de sus palabras sobre los ´actos del Padre´ y la práctica de la confesión no le llegaron protestas de parte de las Hermanas que no estaban en la dirección o en la formación, sino más bien muchas muestras de aprobación (tanto escritas como orales)¨ (pág. 2).

Quien esté familiarizado con la pedagogía de movimiento, experimenta infinidad de veces algo semejante cuando se arriba a una clarificación definitiva luego de una largo debate intelectual. Esto no ocurre sólo entre las Hermanas de María sino también entre las Señoras de Schoenstatt y el

Instituto de los Sacerdotes Diocesanos de Schoenstatt. Son etapas normales de desarrollo de una sana educación comunitaria que se irán repitiendo en el futuro con una cierta regularidad…

Segundo pasaje:

¨ En determinadas circunstancias se puede hablar incluso de ´obediencia ciega´¨ (pág. 6).

A lo cual hay que responder lo siguiente: La obediencia católica es siempre ciega. Ello puede entenderse en dos sentidos. En primer lugar en sentido general, y significa entonces que la obediencia debe amortiguar la luz puramente natural de la razón para que la luz sobrenatural pueda resplandecer y así iluminar y hacer transparentes todas las cosas. Y luego en un sentido particular, vale decir, cuando surgen objeciones serias contra determinadas disposiciones… En tales casos hablamos de obediencia ciega per eminentiam. Más arriba se ha expuesto con claridad cómo debe entenderse este proceso de vida.

Tercer pasaje:

¨Pero esperar de los hijos una ´dependencia total´ y degradarlos a la condición de ser ´instrumentos despojados de voluntad propia´ en manos de un hombre, es, decididamente, ir demasiado lejos¨ (pág. 6).

Contemplada in abstracto, esta frase es, tal como está formulada, indudablemente correcta, ya que una obediencia semejante no sería más que idolatría. Pero in concreto, vale decir, aplicándola a la situación práctica que se enfrenta, supone que nosotros entendemos y ejercitamos la obediencia en forma pagana, vale decir, separando a Dios del hombre. Y esto contradice la verdad.

Ideas son realidades. Y esto vale también para las concepciones de obediencia. Por ser tan fuertemente opuestas, sus efectos habrán de ofrecer un aspecto igualmente contrapuesto. Por eso no debe sorprender que nosotros llamemos expresión de aspiración a altos ideales lo que la otra parte atribuye a motivaciones inferiores.

Estas motivaciones son fundamentalmente tres: creer en la infalibilidad personal de la cabeza de la Familia, filialidad primitiva y temor.

El Informe cree constatar lo siguiente:

¨ Esta actitud se sustenta tanto en la efectiva convicción de la infalibilidad personal del P. Kentenich, como en una ´filialidad´ primitiva y no sana, y también en el temor¨ (pág. 2).

Luego de haber explicado suficientemente la metafísica, la psicología y la ascética de la obediencia, bastará con una breve respuesta a esta objeción.

La primera motivación sería entonces la fe en la infalibilidad personal de la cabeza de la Familia.

Respuesta: Evidentemente no se puede tratar de infalibilidad en el sentido estricto del término. Ella sólo corresponde al Santo Padre y en ese caso únicamente bajo condiciones muy determinadas. De modo que sólo es posible hablar de infalibilidad en sentido figurado.

En efecto, la concepción católica de obediencia contempla algo semejante: tanto en el superior como en el subordinado. Visto a la luz de la fe, el superior es depositario de una fiabilidad que tranquiliza y, el que obedece, de una seguridad perfecta

Si se quiere hablar en términos absolutos, se puede llamar a esa fiabilidad y seguridad una especie de infalibilidad. En este y sólo en este sentido la entendemos nosotros, y no en otro. 

La fiabilidad o confiabilidad del superior y de sus medidas se suponen en principio como algo evidente. 

Esto ya fue expuesto y fundamentado más arriba. Por eso el obediente se esfuerza – como lo dice San Francisco de Sales – por

¨…hacer todo lo mandado con amor, con total sencillez, sin reparar jamás en el cómo de lo mandado. Siempre que el que mande esté facultado para mandar y lo mandado pueda servir a la unión de nuestro espíritu con Dios.¨

En otra oportunidad pone de relieve lo siguiente: 

¨El obediente ama el mandato, y tan pronto como lo percibe desde lejos, sea lo que fuere lo mandado, más allá de que le plazca o no, lo acoge con gusto, lo considera algo valioso y se preocupa por cumplirlo a conciencia.¨

 San Bernardo opina que

¨…el verdaderamente obediente no tolera ninguna dilación. Detesta el aplazamiento, no sabe nada de demoras, más aún, se adelanta al mandato. Sus ojos están vigilantes, al igual que sus oídos; su lengua, pronta para hablar; sus manos, dispuestas para obrar; sus pies, preparados para emprender el camino. Su atención está vigilante para captar rápidamente el mandato del superior.¨

Fiable y digno de confianza se designa al superior y sus medidas, también – y especialmente – cuando no se vean con claridad las razones y el sentido de las mismas, incluso cuando en ellas se deslicen torpezas palpables y errores graves. La fe en la Divina Providencia le infunde al subordinado la convicción de que también detrás de ello está Dios con su voluntad que dispone y permite. Quizás a nivel personal el superior cometa errores y peque. Sus mandatos son intérpretes confiables de la voluntad de Dios, que guía al subordinado y a la obra con seguridad divina hacia determinados objetivos.

Por eso San Ignacio en su carta CXX declara:

¨Con esto no se quita que, si alguna cosa se os representase diferente de lo que al Superior, y haciendo oración os pareciese en el divino acatamiento convenir que se la representásedes a él, que no lo podáis hacer. Pero, si en esto queréis proceder sin sospecha del amor y juicio propio, debéis estar en una indiferencia antes y después de haber representado, no solamente para la ejecución de tomar o dejar la cosa de que se trata, sino aun para contentaros más y tener por mejor cuanto el Superior ordenare.¨

Es opinión general de los santos y maestros de espiritualidad que a la confiabilidad del superior – contemplado éste a la luz de la fe –  y sus disposiciones, corresponde la seguridad y el aseguramiento del subordinado a través de la obediencia. Más aún, no raras veces se habla de seguridad absoluta, infalible. Así trata San Francisco de Sales de explicar aquella frase de las Sagradas Escrituras: vir oboediens loquetur victorias:

¨El verdaderamente obediente sale victorioso de todas las dificultades en las que se vea envuelto a causa de su obediencia y transitará con honor las sendas de la obediencia más allá de los peligros que dichas sendas puedan deparar

La segunda motivación sería el temor.

Respuesta: Si por temor se entiende timor serviliter servilis, entonces debe ser rechazado como moralmente inaceptable.

En cambio, si se trata de timor reverentialis o filialis, no hay nada que objetar. Al contrario: se puede mantener en la mira y fijar continuamente esta clase de temor como una valiosa meta pedagógica.

Ello se desprende de la esencia de la obediencia católica. Su originalidad radica en la convicción de que el superior legítimo lleva sobre sus hombros la toga de Dios, de que es transparente de Dios. Así como Dios es amado como el Amor Eterno y temido como la Justicia Infinita, también su imagen, su representante, puede y debe ser no sólo amado sino temido: con el timor reverentialis vel filialis.

El psicólogo arriba a la misma meta desde otro ángulo: desde la esencia del amor. El amor presenta dos líneas: una que va y otra que vuelve. San Agustín opina lo mismo cuando habla sobre el ardor y el estremecimiento en el amor. Se designa respeto a la línea que vuelve, signada por el estremecimiento ante la grandeza ajena. La línea que va es la entrega, signada por un fuerte ardor. Por eso La santidad de la vida diaria esboza, lejos de toda unilateralidad, el ideal del superior como reflejo de Dios.

¨La conducta del santo de la vida diaria está asimismo comportada por un profundo respeto cuando este, en su calidad de superior, tiene que tratar con subordinados. Él sabe que en su condición de superior debe ser una imagen del Padre del Cielo quien, con paternidad creativa, hace todo por amor, a través del amor y para el amor. Su sano instinto lo preserva de confundir una paternidad fuerte con una actitud propia de abuelos. Así como Dios mismo obra e interviene con energía, así también el superior puede hacer doler. Pero todo acontece en el marco de un amor respetuoso. Dios le ha confiado un tesoro comprado a alto precio, adquirido por la sangre de Jesucristo, y pide cuenta de ello. Sus subordinados no son para él como trozos de madera o esclavos, sino hijos de Dios, libres, miembros de una gran familia de Dios. Trata con profundo respeto cada ser humano, cada destino humano, cada labor humana. Y la mutua relación está signada no sólo por una justicia estricta sino también por un amor cálido, respetuoso y discreto. Más allá de toda la energía varonil con la que mantiene la disciplina en todas partes, no sobrestima la eficacia de la severidad y la dureza. Mucho más estima los efectos de la delicadeza y de la magnanimidad. De esta manera su estilo de gobierno, respetuoso y enérgico, se convertirá en un factor social de primer orden¨ (pág. 263/264; 1974: pág. 204).

El Informe se refiere en dos lugares a la motivación del temor. En el primero se dice:

¨Junto al padre, y como en toda familia natural, también en la Familia de las Hermanas de María de Schoenstatt la Madre debería tener y ejercer derechos claramente definidos. En la práctica, sin embargo, el visitador tuvo la impresión de que la Madre, como cualquier otra Hermana, constituía un mero órgano ejecutivo del Padre, el cual ocupa en la Familia un puesto que domina todo y a todos. De modo manifiesto pesa sobre las Hermanas que se desempeñan en la dirección y la formación la continua sensación de total dependencia y el sentimiento de temor de hacer algo ´equivocado´, salvo que con esa misma falta de autonomía – innata o adquirida – y esa filialidad no sana se haya creado un contrapeso¨ (pág. 5).

El derecho de la madre está  – como todo entre nosotros – elaborado y codificado según el ejemplo de la familia natural. La relación con el derecho del padre queda sugerida ya mediante las imágenes de la cabeza y del corazón. El colectivismo y sus tendencias desintegradoras atacan sobre todo a la familia, célula básica de la sociedad humana. Por eso una contracorriente lúcida dará una respuesta correcta en la medida en que ponga de relieve y revitalice el derecho parental, especialmente el del padre. Hoy se habla mucho sobre maternidad, maternalidad y los derechos de la madre. Pero los derechos y la posición del padre son una cenicienta apenas conocida. No obstante, sin ambos no es posible renovar la familia ni la sociedad humana. 

Hemos elaborado con sumo cuidado la plenitud de poderes del derecho del padre, tanto en su amplitud como en sus límites. En razón de que la Familia en su conjunto posee una gran movilidad y escasos vínculos jurídicos – algo sin parangón -, en nuestro caso es necesario que el poder central en manos del padre esté asimismo fuertemente desarrollado.

El mismo principio que en los jesuitas determina la relación de tensión entre centro y periferia, entre poder central y subestructuras, ha cobrado entre nosotros – de modo análogo y en virtud de una afinidad electiva-  una forma y figura similar. Este principio exige y justifica – nuevamente al igual que en los jesuitas – una marcada plenitud de poder, si bien moderada y limitada. Atacarla significa remecer los cimientos de todo el edificio. 

Si este es el caso en comunidades de varones – como la de los jesuitas – entonces tanto más lo es en una comunidad de mujeres con una originalidad específica como la nuestra. Esta comunidad, en su original estructura interior y exterior, resulta absolutamente impensable sin este principio paterno claramente elaborado y estimulado con tanto ahínco. Así lo señala con inequívoca claridad la historia de la Familia. En su forma real ella resultaría incomprensible sin ese principio aludido tal cual este se ha ido gestando a lo largo de la historia.

Y así debe seguir siendo, de acuerdo a la antigua ley de Salustio: Omne regnum iisdem mediis continetur, quibus conditum est. Para una mujer es imposible dirigir fecundamente una Familia como la nuestra. Si bien el derecho del padre y de la madre están exactamente delimitados a nivel jurídico, su aplicación práctica permite naturalmente una infinidad de modalidades. Estas no sólo estarán determinadas por la originalidad individual de ambas personas depositarias de tales derechos sino también por las circunstancias y las tareas de cada época.

La Familia de las Hermanas de María es de una sola pieza. Por eso se puede decir de ella: sint ut sunt aut non sint…

Quien arranque o afloje alguna parte esencial de ella, se convertirá en su sepulturero. Puede, si se siente llamado a ello, construir otro edificio ajustándose a otras leyes y con otras estructuras. Pero no serán Hermanas de María de Schoenstatt. Estas son originales tanto en su estructura jurídica como en su estructura psicológica. Por eso necesitan también una forma original de educación. 

En el Congreso Católico de Maguncia, Wulf llama a los institutos seculares ¨una revolución de la vida comunitaria de la Iglesia¨. Si han de cumplir con su misión, primero tienen que producir, si no una especie de revolución, al menos una evolución enérgica y progresista en la educación, tanto individual como comunitaria.

Es signo de un sano sentimiento de vida y expresión de una relación mutua ideal cuando los hijos de una tal Familia – tanto los que comparten la labor de guiar como los que son guiados – no pueden dejar de experimentar una cierta preocupación acerca de si cumplen el deseo del Padre, de si actúan según su espíritu, de si gobiernan y se dejan guiar según sus principios. Ahora bien, es natural que una preocupación de este tipo o el temor de hacer algo ¨equivocado¨ sea especialmente fuerte cuando se trata de decisiones importantes que hay que tomar por sí mismo porque el Padre está lejos desde hace años, o cuando la larga separación física dificulta el ponerse de acuerdo sobre ciertas cuestiones críticas que surgen repentinamente.

 Si el Informe se refiere efectivamente a esta situación, merece entonces una irrestricta aprobación. Porque sus observaciones se ajustan a los hechos reales, tal como lo puede demostrar en cualquier momento un cuidadoso examen.

Pero esto no excluye que en algunos casos el ¨temor¨ adquiera otras dimensiones. El temor – al igual que el amor –  forma parte de los afectos básicos de la naturaleza humana. Una sana educación no sólo cuenta con él sino que sabe también cultivarlo. Un arte de gobernar lúcido y enérgico sabe ponerlo a su servicio. Así lo demuestra una mirada sobre la estrategia de fecundas comunidades religiosas. En este contexto se puede echar siempre una ojeada – si se quiere – sobre la orden jesuita, ya que en ella se han perfilado con mayor fuerza las constantes a las que se alude aquí.

Si el Informe pretende que se tome literalmente su afirmación, tal como la expone, entonces el conocedor de la situación debe rechazarla como no verdadera. Cualquiera puede comprobar en todo momento cuál de las dos partes ve y juzga con corrección. A su pedido, todas las cartas serán puestas sobre la mesa, sin restricciones.

El segundo pasaje dice:

¨ La sinceridad es parte de una verdadera filialidad ante los padres. Pero en el caso de una filialidad inmadura y primitiva, dicha sinceridad es llevada fácilmente por la senda equivocada cuando uno se cree obligado a informar – con un tinte subjetivo – ´a la superioridad´ sobre cosas y hechos en los cuales se supone la existencia de un peligro para la cohesión familiar. Sólo así puede explicarse el visitador el temor generalizado a la ´denuncia´ que hay en la comunidad de las Hermanas¨ (pág. 6).

La palabra ¨denuncia¨ recuerda una amplia literatura que se ha ido acumulando en el transcurso de los siglos y que se ocupa de una práctica común entre los jesuitas. En dicha comunidad es costumbre que todo miembro le dé a sus cohermanos el derecho de informar sobre sus faltas a sus superiores, en todo momento. Quien conozca el ideal de la orden; quien sepa que para el fomento de una mayor movilidad esta orden no entiende el concepto de la vita communis perfecta según el sentido que le dan los benedictinos, comprenderá, sin más ni más, el significado de esta práctica. Es una protección esencial de la personalidad ¨itinerante¨ y de la comunidad ¨itinerante¨. 

Ciertamente hay que sacarse el sombrero ante la consecuencia con que una orden religiosa permaneció fiel a su ideal a través de los siglos. Es admirable la madurez y la sabiduría de estos hombres que supieron posponer y combatir valientemente todos los intereses personales cuando el bienestar de su Familia les exigía un tal sacrificio. 

En virtud de un cierto parentesco espiritual hemos adoptado, a nuestro modo, una práctica similar.

La pregunta octava del Estatuto General II apunta en esta dirección:

¨¿Está dispuesta a que sus Hermanas y superioras, hasta el final de su vida, le hagan observaciones sobre defectos y debilidades de carácter, para encarnar de la manera más perfecta posible el ideal de una personalidad bien definida, y asemejarse, mediante un sencillo amor a la cruz, a Jesús despreciado? ¨

Nuestro carácter familiar, transido de alma, da un paso más. Una experiencia de años señala que no pocas hijas de la Familia tienen la necesidad de ser conocidas por sus padres de la manera más perfecta posible. Por eso se alientan mutuamente a informar sin tapujos a los superiores sobre todos los defectos visibles, para no aparecer ante ellos mejor de lo que se es, y de ese modo ser puestas al servicio de la Familia en el lugar correcto.

Si el temor del cual habla el ¨Informe¨ significa una cierta preocupación de que a causa de esas debilidades y faltas uno no pueda darles a los padres la alegría que quisiera, entonces se ha interpretado correctamente el asunto.

No es raro que se dé este caso ideal en circunstancias normales. Exige de ambas partes no sólo una profunda vinculación, sino también prudencia y tacto. Aunque, claro está, debido a la limitación humana no se podrá evitar por completo los desaciertos.

También hay que admitir que, en determinadas circunstancias, tales comunicaciones a la superioridad pueden llenar de temor en sentido estricto a grupos más amplios de miembros de la Familia. Incluso cuando esta posibilidad y probabilidad se torna realidad, no hay razón para inquietarse. Cuando falta amor para impulsarse hacia el ideal, el miedo puede suplir lo faltante. Estos son procesos de vida que se hallan en todas las comunidades, también entre los jesuitas. Una educación enérgica y consecuente debe resistir y reducir los peligros existentes.

El Informe habla de un temor a la denuncia que se habría generalizado entre las Hermanas. Esto parece ser, en primer lugar, muy improbable. Con la referencia a las informaciones ¨hacia arriba¨ se alude a la cabeza de la Familia. Uno se pregunta con razón de dónde podría provenir este miedo ya que desde hace alrededor de ocho años la cabeza de la Familia se ha mantenido conscientemente en un segundo plano para estimular a las Hermanas a gobernarse autónomamente, y apenas ha respondido cartas. Además, inmediatamente después de la visitación el informante realmente comprobó y escribió lo contrario:

¨Ciertamente en principio es buena la cohesión de cada una de las comunidades de casa, grupos, cursos, y especialmente la cohesión de las Hermanas entre sí, pero si se le añade una apertura sin reservas hacia arriba, frente al Padre – lo que en principio es igualmente algo bueno y aceptable – podría quizás surgir en algunas Hermanas el temor de que se las vigila y de que se informa sobre ella hacia arriba.¨

Aquí se habla únicamente de una posibilidad. Más arriba se habla no sólo de probabilidad, no sólo de uno u otro caso, sino de un fenómeno de masas. Luego prosigue:

¨Ese temor, ese miedo, debe impedirse, erradicarse completamente.¨

Ningún fundador de orden religiosa estaría de acuerdo con esto, y muchísimo menos San Ignacio. Quizás sea oportuno velar para que no se hagan falsas comunicaciones hacia arriba. Por eso el auténtico Informe citado declara con razón:

¨¿Qué se deriva de ello? Que las Hermanas han de preguntarse muy seriamente, ante Dios y su conciencia, si pueden responder por lo que escriben delante de Dios y de su cociencia. Si todo corresponde realmente a la verdad y si puede ser dicho. ¨

Como tercera motivación se cita una filialidad primitiva. Una rápida mirada sobre los pasajes relativamente numerosos del Informe que hablan sobre el tema, vuelve a poner de manifiesto el gran abismo que devora como un Moloch la cultura cristiano occidental para entregarla, rindiendo su voluntad, al colectivismo. Aquí reaparece el antagonismo entre manera de pensar orgánica y mecanicista en el plano del ser, de las exigencias y de las consecuencias. Y se pone de manifiesto de un modo más drástico, plástico y palpable que en el caso de la obediencia

Y ello por dos razones:

La filialidad, considerada como forma concreta de un organismo de vinculaciones cerrado en sí mismo, constituye más fuerte y directamente un problema psicológico.

Por eso hay que reservarle un estudio especial cuando se haga la confrontación religioso- psicológica de ambas mentalidades.

Jesucristo la presenta como meta educativa supratemporal, que se manifiesta como el remedio por excelencia para la catástrofe de hoy. Posee una polaridad original que Hugo Rahner, en su meditación teológica sobre el ¨homo ludens¨ (titulada ¨Divino juego de niños¨), describe como un ¨bailar y llorar delante de Dios… un estar cobijado en el regazo de la gracia y expuesto al peligro mediante la libertad. ¨

Quizás en este punto baste con llamar la atención sobre el hecho de que todos los movimientos de renovación no logran su objetivo si no contribuyen seriamente – cada uno según su estilo –  en la empresa de superar la manera de pensar mecanicista.  

Esta última impide que la gracia divina cale profundamente en el alma, porque perturba y destruye el órgano vivo e integral que permite captar todo lo divino y lo grande. Todos los sistemas de todas las disciplinas – más allá de cuán brillante y completa sea su construcción – , no tocan el alma humana, o no lo hacen con la suficiente hondura, porque falta la manera de pensar orgánica. Por esa misma razón no surten efecto nuestras medidas y lineamientos en el campo de la pedagogía sexual.

Cuando Don Bosco dice: ¨No nos falta un sistema sino una fuerza viva que se consuma¨, se puede agregar: porque la manera de pensar orgánica se ha perdido. Cuando declara:


¨Alejen de mí a todos los cómodos, a los que contemplan la vida desde la ventana y basan su autoridad en la distancia, de tal modo que los jóvenes huyen de su fastidiosa dignidad.¨

Nuevamente, la razón más honda de este comportamiento ajeno al mundo radica en la carencia de una manera de pensar orgánica.

El sacerdote, según el pensamiento de San Pablo (ex hominibus assumptus pro hominibus constituitur in eis, quae sunt ad Deum) puede ayudar al hombre a establecer y mantener vivas sus relaciones fundamentales con Dios. Pero más allá de los gigantescos esfuerzos que pueda hacer en esta dirección, tales empeños no lograrán su objetivo mientras no se supere la mentalidad mecanicista.

El Informe ha motivado una mirada sobre el taller pedagógico de Schoenstatt. Y esta mirada descubre, desde la perspectiva de la obediencia perfecta, el ideal del hombre católico que vive en comunidad y que no tiene nada que ver con un hombre masificado a un nivel superior.

Para demostrarlo se pueden aducir sobre todo tres razones: Las Hermanas de María – y lo mismo vale para los demás institutos – son una forma

marcada

original y

acorde con el tiempo actual

de los institutos seculares.

El hecho como tal no es lo que se discute en primer lugar. Se presupone como conocido y reconocido. Interesa más su relación interna con la concepción de obediencia expuesta. Así pues se plantea primeramente la siguiente pregunta: ¿Qué tiene que ver el carácter

marcadamente

secular de un instituto con la obediencia perfecta? La respuesta se encuentra fundamentada en la esencia misma del instituto: En la nueva modalidad del status perfectionis acquirendae. Con ello se destacan dos aspectos, los cuales apuntan inequívocamente al mismo objetivo. El primero es la buena nueva de que los institutos pertenecen, desde el punto de vista jurídico, al estado de perfección. Esto lo expuso minuciosamente Pío XII en su Motu propio ¨Primo feliciter¨:

¨V. Los Institutos Seculares cuyos miembros aunque vivan en el mundo se consideran con toda razón y mérito colocados jurídicamente entre los estados de perfección, ordenados y reconocidos por la Iglesia, en virtud de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, por cuanto se consagran plenamente a Dios y a las almas. Esto lo profesan con la aprobación de la Iglesia y en virtud del ordenamiento jerárquico, de derecho diocesano o universal; aquel ordenamiento puede tener diversos grados. Por ello, esos Institutos fueron intencionalmente sometidos y confiados a la competencia y solicitud de aquella Sagrada Congregación que dirige los estados públicos de perfección y se preocupa de ellos. Por eso… todas las sociedades en el mundo entero – aunque tengan aprobación episcopal y aun pontificia – si se ve que poseen los elementos y requisitos propios de los Institutos Seculares, deben forzosamente en el acto adaptarse a esa nueva forma según las normas arriba señaladas (ver n. I).¨

Sobre esta base resulta fácil descubrir la relación con la obediencia perfecta. Hemos tratado de mostrar que la idea de la perfección – especialmente en la forma de vida de las órdenes religiosas – entraña esencialmente la idea de la obediencia perfecta. Por lo tanto, si los institutos seculares pertenecen al estado de perfección, entonces es natural que aspiren a ese mismo ideal y compitan noblemente con los antiguos modelos de órdenes religiosas.

El segundo aspecto radica en la siguiente novedad: ellos constituyen una nueva modalidad del estado de perfección. Ello significa, dicho popularmente, que buscan encarnar los elevados ideales de las órdenes religiosas, pero sin los usuales y probados medios auxiliares: sin hábito, sin clausura; más aún, sin comunidad de casa. Pero si no logran hallar un sustituto realmente válido para esta significativa renuncia, no alcanzarán su meta. Decepcionarán al mundo y a la Iglesia y, tarde o temprano, abandonarán el campo, dejándolo en manos de las antiguas órdenes. Resulta fácilmente comprensible que no puede hallarse un sustituto realmente válido que no incluya, en alto grado, dicha obediencia. De ello se desprende que tal obediencia debe ser practicada con mayor perfección y exigida con mayor seriedad de lo que ha sido habitual hasta ahora.

Vale la pena detenerse aquí un momento y esforzarse por abarcar contextos mayores. Los institutos tienen que tomar conciencia de que aún no han dado la prueba de su utilidad. Todo depende de que prueben estar a la misma altura que las antiguas órdenes en cuanto al servicio a la Iglesia y a las almas.

Esto exige, en primer lugar, una meta claramente definida, y luego un método pedagógico desarrollado con originalidad.

Una mirada sobre la historia de las órdenes señala que todas las nuevas órdenes que – a diferencia sobre todo de las antiguas y clásicas –  no elaboraron un claro ideal de orden que las encendiera y mantuviese unidas, no lograron una plena fecundidad. Los institutos deben aprender de ello para no quemar mucho idealismo y cosechar finalmente sólo escombros. Ellos no tienen una vita communis perfecta de carácter obligatorio, por eso dependen más que las órdenes existentes hasta hoy de la fuerza unificadora de un ideal común.

Un tal ideal es el que hemos tenido en la mira desde el comienzo, vale decir, desde 1912. Nos acompañó con su luminosidad y calidez; jamás nos ha abandonado. A él hay que agradecer todo lo que se ha gestado hasta ahora entre nosotros. Por entonces yacía latente en la noche de los tiempos y no era cosa de cualquiera rastrear sus fuerzas impulsoras secretas, captarlas con valentía e interpretarlas con consecuencia. Hoy la situación se ha decantado. Hoy el catolicismo en su conjunto lucha con mayor claridad por el mismo ideal: por el hombre nuevo en la comunidad nueva, por el santo de la vida diaria, por el humanista cristiano moderno. El Congreso Católico de Maguncia estuvo iluminado fuertemente por esta estrella de Belén. 

En la Carta de Octubre se esboza la forma concreta que entre nosotros asume este gran ideal del tiempo presente. En virtud de la igualdad de ideales, una secreta sintonía une Schoenstatt con el tiempo de hoy, explica su actualidad y empuje y garantiza su futura fecundidad. Hemos considerado siempre a esta época no sólo como un derrumbe sino también como una eclosión; no sólo como catástrofe y final, sino también como transición hacia un mundo nuevo regido por ocultas leyes de crecimiento; como despuntar de una aurora nueva y luminosa, de una era nueva, de una victoria nueva de la Esposa de Cristo, de su Iglesia. Interpretamos todo proceso de fermentación y ebullición como una transformación del Reino de Dios aquí en la tierra.

Lo que el Cardenal Suhard proclama hoy al mundo nos suena ya conocido:

¨Para comprender plenamente el papel de la Iglesia en la época moderna, primero hay que entender sus dos facetas: la transcendente y la ligada al mundo. 

En su ser trascendente la Iglesia Católica es el Cuerpo Místico de Cristo y por lo tanto no expuesta a cambio alguno; es roca y norma que está por encima de toda mutabilidad.

Pero la otra característica de la Iglesia es que ella está en esta tierra y en este sentido es también un organismo que cambia, se desarrolla y crece. En este sentido la Iglesia atraviesa épocas signadas por destinos diversos – tiempos de victoria o de persecución –  enriqueciéndose con todas esas experiencias. La Iglesia no es jamás estática. Está siempre en camino hacia la Jerusalén Celestial. Crecer significa desprenderse, significa en parte morir. A lo largo de su historia la Iglesia a menudo abandonó formas condicionadas por el tiempo, descartó cosas que en realidad eran sólo ropajes; su estructura se transformó con el tiempo, pero jamás su sustancia. 

Por lo tanto no tienen razón quienes quieren convertir en formas permanentes de la Iglesia valores de hoy condicionados por la época. No todo lo nuevo es bueno, ni todo lo antiguo es malo. Mañana será pronto hoy y hoy, ayer. Por eso el desarrollo de la Iglesia debe realizarse siempre en el mismo marco válido de su doctrina. De modo semejante tampoco tienen razón aquellos que quisieran contemplar las formas de ayer como el ideal de hoy. La tradición que se convierte en rutina, está muerta. 

Si los hombres dudan hoy, el mejor método para ellos es escuchar con atención las palabras de la Santa Sede. Jamás en su historia la Iglesia ha enseñado tanto como en los últimos cincuenta años.¨

A la pregunta por la característica más esencial del nuevo ascenso de la Iglesia en nuestra época, responde el cardenal lo siguiente: 

¨Consiste en una síntesis cristiana del mundo del s. XX, vale decir, estriba, en lo esencial, en un nuevo humanismo que descansa tanto sobre los valores del mundo como sobre las metas de Dios. Ya esta sola síntesis cristiana hace a la Iglesia capaz de convertirse hoy en lo que fuera en la Edad Media: la guía espiritual del mundo.

El gran error de los cristianos de este siglo ha sido haber permitido que el mundo moderno se desarrollase sin su participación. Ahora el católico debe estar y obrar en todas partes. Tiene que comprender las necesidades y corrientes de nuestro tiempo, pero también saber discernir entre cosas temporales y eternas, entre forma y sustancia. Esto es lo esencial de una adaptación cristiana verdaderamente valiosa y también la esencia del apostolado moderno. 

Este apostolado moderno se diferencia del antiguo en primer lugar por el hecho de que no sabe de límites geográficos, de que no se limita a las regiones sin cultura. El apostolado moderno es universal. Tiene que obrar en todas partes y servirse de todas las cosas que puedan ser útiles para la causa de Dios. Debe reclutar sus hombres de entre todas las clases sociales. Debe formar grupos, porque un grupo sólo puede ser salvado por otro grupo. El apostolado moderno no puede detener los hombres en su camino, tiene que peregrinar con ellos y ofrecerles alimento mientras estos marchan por la vida.¨

Grandes y nuevos objetivos exigen medios adecuados. Nuevas formas de vida exigen nuevas formaciones de vida. Nuevas metas de vida requieren una nueva voluntad para abordar la vida. Afirmados en esta convicción, desde el principio no hemos querido ser otra cosa que un decidido movimiento de educación y apostolado en marcha hacia ese gran ideal; hemos tratado de hallar una manera de educar capaz de formar hombres nuevos en una comunidad nueva para el tiempo nuevo. En esa misma dirección apuntan hoy las aspiraciones de toda la Iglesia: en algunas partes, tímidamente, en otras, con mayor ímpetu; en algunas, reconocidas, en otras, combatidas. Así nació nuestro sistema de la pedagogía de ideales, de vinculaciones, de confianza y de movimiento. 

Los institutos están llamados a realizar una labor de exploradores y pioneros con mira al logro de una nueva ascética y pedagogía laicales. Por eso necesitan mucha luz y gracia pero también mucha audacia. Hace mucho que se escucha el clamor por un cierto desprendimiento de formas de piedad que tuvieron su origen en las celdas monásticas. Últimamente tales voces se hacen sentir con mayor intensidad en Norteamérica. Se apoyan en la carta pastoral del episcopado norteamericano sobre el secularismo. Este último separa la vida de Dios; y lo hace en todos los aspectos de la vida, tanto privados como públicos. Dado el realismo de la manera de ser del norteamericano, enseguida se realizó un serio examen de conciencia en las propias filas. 

En una alocución se dice lo siguiente:

¨Es necio creer que el secularismo ha sido provocado sólo por aquellos que niegan o rechazan a Dios, y no también por los cristianos que han descuidado el orden temporal. Las raíces del secularismo encuentran asimismo nutrientes en los corazones de los católicos. Y también han hallado tierra fértil en nuestras escuelas católicas.¨

Luego se mencionan tres consecuencias: Escasa incidencia en la problemática de la vida moderna, sobrevaloración de las formas exteriores e individualismo en la formación y la educación. Esta adolece fundamentalmente

¨de una desfiguración de lo que es la vocación cristiana en medio del mundo y de la profunda vinculación entre contemplación y acción; de tal manera que la conciencia religiosa del laico común se vacía de aquella hondura espiritual que es necesaria para llevar una vida cristiana plena en medio del mundo.¨ 

Se llega así a la exigencia de una nueva espiritualidad para el hombre en el mundo, que debe ser fundamentalmente distinta de la ascética que se tenía hasta ahora, basada esencialmente en experiencias realizadas en monasterios. El cardenal fundamenta esta afirmación apoyándose en las experiencias cosechadas, ante todo, entre los jóvenes obreros católicos:

¨Los empleadores¨  – dice – ¨aseguran que emplearían con gusto estudiantes de escuelas católicas, porque se supone que ellos no causarán ninguna ´agitación´. Los comunistas temen poco a los estudiantes de las escuelas católicas porque saben que no tienen fuerza de empuje, que están desvalidos, sin guía, sin instrucción, y no se inmutan ante las injusticias sociales que los rodean.¨

Los trabajadores católicos activos le habrían pedido especialmente al cardenal que tomase posición frente al concepto de éxito que se les enseñara en la escuela. Este concepto de éxito llevaría al joven trabajador a despreciar su estado y oficio y tomar como única meta de sus esfuerzos el ascenso social, vale decir, en este caso, el ascenso a profesiones ajenas al trabajo manual. Y así estos muchachos trabajadores serían incapaces de desplegar un apostolado en sus propias filas. Todo esto indicaría profundos daños en la conciencia católica que a su vez pueden atribuirse a la influencia de la actitud secularista, ya que esta última también se ejerce sobre el espíritu católico. 

Habría que hacer una reforma radical, una reforma en el sentido al que aludiera Pío XI: ¨Estoy contento de vivir en el siglo XX, pues en el siglo XX es imposible para el cristiano ser mediocre¨.

El futuro mostrará si nosotros con nuestra ascética y pedagogía cumplimos las expectativas que en ella depositan ciertos sectores. Más efectivos que una palabra certera y un sistema perfecto son los hombres y las comunidades formados según ellas.

Ambas realidades, el hombre nuevo y la comunidad nueva, no pueden prescindir de la obediencia perfecta. Esto vale especialmente para nosotros a causa de nuestra decidida

originalidad.

Los institutos de laicos se sujetan a una ley general que les sirve de marco. Pero dentro de dicho marco pueden desarrollarse y moverse de diversos modos. Nuestros institutos tienen la característica de contentarse con los vínculos más necesarios, con los mínimos vínculos que es posible imaginar.

Y en ello radica su misión especial para el mundo laical. Además de la obligación de la fidelidad    (que puede ser retirada en todo momento por el miembro luego de transcurridos tres meses de haber comunicado su intención de rescindir el contrato) existe la promesa de la obediencia. Debe cumplir la función que entre los religiosos desempeñan los tres votos habituales. Piénsese en una cuba cuyas duelas están sujetadas por tres aros, por los tres votos. Y otra que sólo tiene un único y liviano aro, la promesa de la obediencia. Para que ambas guarden con la misma seguridad el precioso contenido, entonces en el último caso ello será posible sólo si la obediencia se practica de manera extraordinaria y si los miembros han crecido interior y profundamente el uno en el otro. 

De ello se desprende a su vez que quien ataque nuestra obediencia se parecerá a un hombre que despoja a dicha cuba de su único aro, inutilizándola así por completo.

Por estar tan en contacto con la atmósfera de los tiempos; por haber surgido del tiempo y para el tiempo, hemos tenido, desde el principio, un órgano especial para interpretar los tiempos. Creemos, en el buen sentido de la palabra, estar 

acordes con la época actual

Sobre las puertas de los tiempos novísimos resplandece la declaración dogmática de la infalibilidad del Papa. Ella simboliza la idea de fuertes personalidades de dirigentes, depositarias de fuerza convocante y capaces de conducir con seguridad. Esta declaración dogmática debía preparar a la Iglesia para el caos venidero del colectivismo; debía darle una nueva meta acorde al tiempo actual y descubrirle nuevas leyes de crecimiento. Los dirigentes del pueblo tendrían que haber respondido con la formación de comunidades en las cuales se encarnara, junto con el ideal de un dirigente anclado en Dios, el ideal de un seguimiento perfecto con obediencia perfecta.

Hemos tratado de dar una respuesta en esa línea. Así surgió Schoenstatt, así creció, así aborda el tiempo de hoy. Amplios sectores no han entendido los signos y señas de Dios.

¨Gran parte de la confusión y del caos reinante en torno de nosotros¨ – así lo proclaman los obispos americanos – ¨tiene que ser atribuido directamente más a la inacción de los cristianos que a la eficacia de los febriles esfuerzos de los destructores. Estos destructores son indudablemente una minoría, y sin embargo la obra de destrucción continúa. La crisis está ahora ante nosotros…¨

Esta pasividad facilita las cosas al diablo, remedón de Dios. Y así, sin ser molestado, pudo aprovechar la gran idea y designio de Dios para sus propios fines: hizo que surgiesen y medrasen dictadores; los utilizó como instrumentos para imponerles al mundo y a la Iglesia el yugo de la esclavitud. Si la Iglesia quiere preservarse de caos, librarse de las manos del príncipe de los infiernos, debe responder a la llamada de Dios formando comunidades que se agrupen en obediencia perfecta en torno de su Cabeza. Sólo entonces habrá comprendido el sentido positivo de la época; sólo entonces habrá entendido el carácter de transición que tiene este tiempo; sólo entonces se habrá adaptado a las leyes de crecimiento de la ¨nueva Iglesia¨ y preparado la marcha triunfal de Dios en el nuevo tiempo…

Que la crítica opositora juzgue si las reflexiones hechas hasta ahora son convincentes. No podrá negar que ellas dan el siguiente testimonio: son de una sola pieza, son fruto de un ferviente espíritu de fe, apuntan a superar el colectivismo y contribuir a prepararle a la Iglesia el camino hacia el tiempo nuevo.

Para redondear estas reflexiones sería recomendable agregar algunas palabras sobre las 

dificultades

relacionadas con la cabeza de la Familia y que aún no han sido tratadas.

Todas, sin excepción, pueden reducirse a un denominador común, todas culminan en un solo reproche: El director se coloca indebidamente en el punto central. Y de ese modo recuerda métodos del pasado inmediato que han demostrado ser muy perniciosos.

El texto dice lo siguiente: 

¨Por otra parte, ni los miembros de la Familia, ni mucho menos el mismo P. Kentenich – como sucede efectivamente desde Dachau en contraposición a lo que pasaba antaño -, deberían colocar la persona del Padre en el primer plano o en el centro, hasta el punto de que la gente se sienta repugnada (al recordar métodos similares aplicados en épocas muy recientes de la historia alemana). Y esto vale aún cuando él logre hablar de sí mismo con un tono impersonal y contemplar su persona ´no en su valor propio, sino en su contenido simbólico´¨ (pág. 4).

Las respuestas serán nuevamente dos: una positiva y otra negativa.

La positiva presenta breve y claramente los hechos históricos. Desde el principio el director tuvo en sus manos los hilos de la Familia más cercana y de la más amplia. Durante años mantuvo un contacto directo y personal con casi todos los miembros. Así, de modo no reflexivo y natural, se gestó una conciencia de familia que unía a todos los miembros con la cabeza de una manera sencilla e ingenua, sin que se hablara mucho de ello… Ni siquiera se era consciente de esa afortunada situación, tal como suele suceder en una sana familia natural. Esto ocurría así en parte también porque el director

¨procuraba con sumo cuidado posponer y mantener oculta su persona detrás de la idea, la obra y el Santuario¨ (pág. 5).

Otra manera de actuar no hubiera sido natural, en virtud de que la Familia vivía la realidad de un estar espiritualmente el uno en el otro. De acuerdo con sanas leyes de desarrollo, todo cambió cuando la Familia se consolidó y maduró interiormente y experimentó exteriormente un fuerte crecimiento, de tal manera que pudo gobernarse a sí misma con adecuación a su nueva realidad.

Enseguida se perfeccionó entonces su organización y descentralización. Este proceso entrañó y requirió, por un lado, que el director pasase más fuertemente a un segundo plano y, por otro lado, que pasase más a un primer plano. A un segundo plano pasaron sus vinculaciones personales con cada miembro. Así pues, en el caso de la generación vieja, estas vinculaciones fueron cultivadas conscientemente con menor intensidad, y, en el caso de la generación nueva, se establecieron sólo muy escasamente. 

Para que el organismo de la Familia no se viera afectado por ello, para que no perdiese el fundamento de sus sanas leyes del ser, la cabeza tenía que pasar más fuertemente al primer plano de la vida pública de la Familia, tenía que ser mostrada y vista de modo consciente y reconocida de modo reflexivo e inequívoco, tal como sucede en cualquier gran comunidad religiosa como, por ejemplo, en los jesuitas. Era necesario hacerlo, especialmente de cara a la vocaciones que aumentaban de manera continua en Alemania y en el extranjero, y con quienes el director conscientemente no buscaba entablar una relación personal.   

Esta histórica reorientación, a la cual se reconocía con claridad y se aspiraba a conciencia, podía ser lograda por dos caminos: por vía de un acto oficial de gobierno y por vía de (la pedagogía de) movimiento. Se eligió esta última por fidelidad a los principios y para aprovechar toda oportunidad para incentivar a las Hermanas a tomar decisiones personales y comprometerse por sus convicciones. 

Así surgió la corriente del Padre o de autoridad, cuya culminación fueron los actos de entrega al padre. He aquí pues su historia y su sentido. No a todo pedagogo le cuadrará este método. Pero no negará su reconocimiento a una táctica que mantiene siempre la meta en su mira, que es consecuente en todas las situaciones, que calcula conscientemente las tensiones y deposita tanta confianza en sus seguidores. Y que además no refrena las crecidas pasajeras que rebasan las riberas, sino que deja que se desarrollen con tranquilidad e interviene sólo cuando resulta conveniente.

Afirmándose en este mismo principio metodológico, desde enero de 1949 el director dio cabida a otra corriente que no partió de él sino de los otros institutos: la corriente de membralidad o de seguimiento.

Según Albano Stolz, educar significa mantener un contacto vivo. Por lo tanto la labor del educador consiste en captar todas las corrientes – vengan de donde vinieren – , hacerlas pasar por su propio corazón e introducirlas en toda la Familia. Detrás de esas nuevas corrientes operaban determinadas fuerzas impulsoras e ideas directrices que no provenían de las Hermanas. 

El director había hecho autónomo a cada instituto, de tal modo que ya no tenían ningún vínculo jurídico con él. Si bien tal medida resultaba ventajosa para la independencia de los institutos, entrañaba el peligro de la disgregación. De ahí el anhelo instintivo y comprensible que llevó a hacer ciertas reflexiones y finalmente a tomar la decisión y medida de reconocer una cabeza común que en el marco de toda la Familia asume un lugar de confianza sobresaliente y ofrecido voluntariamente. Desde el punto de vista jurídico, los institutos permanecen – como hasta ahora – autónomos… Que la elección recayera en el director que se tenía hasta entonces, se debe a que este es el fundador de todos los institutos.

Así pues los representantes de los Sacerdotes Diocesanos de Schoenstatt, del Instituto Ntra. Sra. de Schoenstatt y de los Hermanos de María realizaron el acto correspondiente en forma de consagración… Para facilitar una fidedigna toma de conocimiento de toda esta corriente, cito a continuación la oración de consagración de los Sacerdotes Diocesanos y fragmentos de la alocución pronunciada en ocasión de dicha consagración:

¨Oración de consagración

(Ronda: 20 de enero de 1949)

I

Guía:

Según los eternos planes de sabiduría de Dios, tú has sido constituida, desde el principio de los tiempos, como Portadora de Cristo y como Aquella que aplasta la serpiente en medio de la humanidad amenazada. También en nuestro tiempo debes cumplir tu misión de perenne validez. Por eso has elegido este lugar, para hacerlo cuna de un hombre nuevo y de un orden social nuevo en una época de decadencia sin parangón y de disolución irrefrenable de tradiciones milenarias.

Desde los días de nuestra juventud pudimos ser tus instrumentos en la construcción de tu obra y de tu reino, en el cual tus glorias se manifiestan, año tras año, cada vez más. No se nos ha concedido esta vocación porque seamos dignos de ella. También en nosotros obra tu amor misericordioso de una manera que no sabríamos explicar con razonamientos humanos. 

A través de la palabra de tu siervo y escogido instrumento nos enviaste tu primer mensaje en la hora de la fundación de la Familia de Schoenstatt. Este mensaje se ha convertido en contenido y destino de nuestra vida. Desde hace muchos años nos anuncias sabiduría celestial por boca del maestro, nos formas por la mano del educador y nos guías por la autoridad del Padre a quien tu llamaste a ser cabeza de toda la Familia.

Con una mirada providencialista reconocemos que tú eres quien ha generado un entrelazamiento de destinos, profundo y misterioso, en torno de la cabeza y los miembros. Tu obra surgió de ese entrelazamiento y se fundará en él por siempre. Incluso quieres valerte de él para hablarnos de nuevo y con mayor insistencia que nunca. Así lo haces con el acontecimiento del 20 de enero de 1942.

Cuando, en los años de persecución de la Iglesia que han quedado ya detrás de nosotros, los enemigos de Dios tramaban la destrucción de tu fundación, tú, oh Madre tres veces Admirable, nos exhortaste a todos, en la corriente de Inscriptio de la Familia, a un ofrecimiento total de nosotros mismos y a la suprema entrega a ti. Sólo de esa manera podía ser salvada tu obra del aniquilamiento que la amenazaba de parte de poderes transcendentes contrarios a Dios. 

Nosotros, tus sacerdotes, confesamos humildemente que por entonces fuimos lentos para comprender y cortos de oído frente a tu mensaje. Nuestra culpa  y nuestra debilidad generaron el peligro de caer en un tercer pecado original que hubiera podido llevar tu obra a la ruina. Entonces intervino tu mano que guía y salva. Realizaste en la cabeza de la Familia aquello a lo cual nosotros mismos hubiéramos debido declararnos dispuestos por medio de una libre elección sustentada en el amor a ti y a tu causa: Hiciste que llevase las cadenas del cautiverio, que gustase la amarga separación de la Familia, que padeciese la ignominia de la cruz, que viviese en extrema pobreza y experimentase diariamente el peligro de muerte. 

En razón de que tú habías unido la cabeza y los miembros en indisoluble comunidad, tu inconcebible actuar nos conmovió a todos. Pero al mismo tiempo nos diste una prueba irrefutable de tu incomparable fidelidad. Con un acontecimiento de hondo significado nos regalaste el ´milagro de la Nochebuena´. 

En la lucha y en la libre decisión del 20 de enero la Familia – representada por su Cabeza y los leales que lo siguieron –  se abrió a la irrupción de tu gracia. De ese modo tú, Vencedora de todas las batallas, quebrantaste el poder del demonio en la Familia; conquistaste nuestros débiles corazones y conjuraste el peligro del ´tercer pecado original´. Estamos impresionados por ese hecho que consumó tu mano. Tarde, muy tarde, nuestros miopes ojos reconocen las admirables conducciones de tu sabiduría pedagógica maternal. 

Todos:

Así pues nosotros, primicias de tu Familia, venimos hoy a ti, oh Madre y Reina tres veces Admirable de Schoenstatt, aquí, a tu Santuario, para dejarnos modelar por ti en el misterio de aquel día de hondo significado. Pero antes nuestro corazón puja por pedir perdón, con dolor y arrepentimiento, por toda la infidelidad y toda la ingratitud, por toda la cortedad en la escucha y las negligencias de que nos hicimos culpables hasta ahora en tu servicio. 

Concédenos que el ´milagro de la Nochebuena´ sea primero el milagro de tu amor que perdona nuestra culpa.

Haz que nos desprendamos para siempre de todo capricho enfermizo e inscribe con ´letras de sangre y fuego´ nuestro corazón vacilante y egoísta en el tuyo. 

Haz de nosotros según te dicte tu amor. No repares en nuestra debilidad y haz que pasemos por todo el dolor que los sabios planes de Dios hayan dispuesto para nosotros.

Tú, sierva fuerte del Señor, que un día pronunciaste el ´fiat´ en representación nuestra, pliega por completo nuestra rebelde voluntad a la voluntad y a los mínimos deseos del Padre Celestial. 

Tú, Madre Dolorosa junto a la cruz, pon siempre en nuestros labios aquella sincera súplica: ´Padre, sólo quiero lo que te agrada, aún cuando tu deseo dicte la sentencia de muerte´. 

Cobija también, oh Madre de bondad, nuestra débil voluntad y nuestro inseguro corazón en tu corazón, para que seamos capaces de consumar ´acciones que den testimonio concreto de la Inscriptio, de un elevado acrisolamiento, de austeridad; y para que seamos capaces de dar pruebas de integridad y lealtad´.

Y ya que tú, oh Madre y Reina tres veces Admirable de Schoenstatt, nos has revelado el significado simbólico de este día y del entrelazamiento de destinos entre la cabeza y los miembros, queremos rubricar en esta hora, con los labios y el corazón, lo que tú has escrito en los anales de Schoenstatt. Como en la primera hora de fundación, recibe benévola nuestra consagración y renueva con nosotros la Alianza sellada por entonces. 

A nuestro ofrecimiento de hoy añadimos el ´Acto de Inscriptio´ del 20 de enero de 1942, la promesa de fidelidad a la cabeza de la Familia y nuestra mutua e inseparable unión como miembros. Incorpóranos nuevamente a la Familia, tal como la has plasmado hasta hoy bajo la irrupción de la gracia de aquel día bendito. Escucha la declaración de nuestra disposición a la obediencia y de nuestra fidelidad en el seguimiento del maestro, legislador y padre de la Familia de Schoenstatt. Suscita y mantén en nosotros la docilidad que le permita llevar a cabo tus planes en la Obra y aplicar en nosotros tu sabiduría pedagógica. Que conserve para siempre su vigencia en la Familia lo que tú has obrado en los acontecimientos del 20 de enero, lo que has manifestado en ellos. Que seamos garantía de ello hasta el fin de nuestra vida. Amén.¨ 

Fragmento de la conferencia en ocasión de la consagración:

 ¨… Quizás se podría preguntar aún si desde el punto de vista moral está permitido entregarse a un ser humano en la forma en la que ustedes quieren hacerlo ahora. A esta pregunta se puede contestar lo siguiente: Si con la palabra ´entrega´ se quiere expresar lo que comúnmente designamos ´entrega total´ y que sólo puede hacerse ante Dios, entonces habría que responder que no. Pero hay que responder que sí si por ´entrega´ se entiende lo que hace, por ejemplo, un turista cuando en una peligrosa excursión de montaña se entrega a un guía; o lo que hace el viajero cuando en su viaje por sobre los abismos del océano se entrega a un experimentado capitán; o lo que hace un soldado cuando en la batalla se entrega a un oficial responsable; o mejor aún, lo que hace precisamente un hijo maduro y sano cuando se entrega a la guía probada de un padre prudente y fiel.

Asimismo habría que dar nuevamente una respuesta negativa si por entrega se debiera entender la supresión o tan siquiera la reducción de la responsabilidad personal. Bajo el régimen nacionalsocialista hemos experimentado sobradamente los estragos causados por tal supresión de la responsabilidad personal, y los juicios de Nuremberg nos lo ha vuelto a poner una y otra vez delante de los ojos, y en la forma más estremecedora. Deberíamos estar a salvo de un tal peligro ya en razón de toda nuestra orientación y de los objetivos de nuestra educación. Queremos formar el hombre nuevo, y esto no significa una reducción sino la intensificación más elevada posible de la responsabilidad personal.

Se podría plantear además la objeción de si mediante nuestra subordinación e incorporación a la persona y al acto de entrega al Padre no se está colocando, junto a la autoridad a la cual de todas maneras debemos responder  – en virtud de las leyes de la naturaleza o de la libre asunción de determinadas obligaciones – otra autoridad que contradice y estorba a la primera. 

A esta objeción hay que responder lo siguiente: El sentido del acto de entrega al Padre no es debilitar nuestra actitud de obediencia sino infundir alma a esa misma actitud, perfeccionarla hasta el extremo. La libre subordinación a la persona del Padre no estorbará jamás la obediencia que en calidad de palotinos debemos a nuestros superiores legítimos o la que ustedes como sacerdotes diocesanos del lnstituto deben a su obispo y ordinario, sino que la fomentará en todo sentido.

Lo mismo vale para nuestra obediencia frente a la autoridad de la Santa Iglesia, por no hablar de la autoridad de Dios: Tenemos una clarísima conciencia de lo que hacemos y obramos en base a una decisión enérgica y valiente, y a despecho de todo temor que pueda asaltarnos.

Pero en nuestro caso no sólo se trata de frenos, sino también de impulsos extraordinariamente fuertes. Estos provienen no tanto – al menos así me parece –  de nuestros esfuerzos por la propia santificación, sino mucho más de nuestra entrega a la gran Obra de Schoenstatt, a nuestra misión. Es la Obra de Schoenstatt la que nos ha robado el corazón. Por ella vivimos, trabajamos y luchamos. A pesar de nuestra miseria debemos confesar que casi no tenemos necesidades ni preocupaciones personales. Todas nuestras preocupaciones nos brotan de nuestra entrega a la Obra de Schoenstatt. Pero esta es, a la vez, la fuente de nuestra alegría más grande. Ese amor a la Obra es el que nos impulsa a realizar este acto de entrega al Padre.

Cuando nos preguntamos si el Señor, antes de su regreso al Padre, tenía razones para preocuparse de la permanencia de su obra, podemos decir, hablando humanamente, que en este punto constatamos dos razones para ello. Una era la inquietud de si su entorno inmediato, sus fieles discípulos, tendrían realmente el coraje de seguirlo y mantenerse fieles a su seguimiento en toda circunstancia. Ciertamente Santo Tomás había dicho, con sincero corazón: ´Eamus et moriamur cum illo´. Y más sinceras aún habían sido las palabras del valiente Pedro: ´Y si todos te abandonaren, yo no lo haré jamás´. Sin embargo, llegado el peligro, fracasaron lamentablemente. El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Ahora bien, la obra redentora de Cristo sólo podía alcanzar su meta si aquellos que debían ser sus instrumentos tomaban su cruz y lo seguían hasta la cumbre del Gólgota. La segunda preocupación quizás fuera la de si sus discípulos permanecerían unidos entre sí. Su última oración al Padre da elocuente cauce a esta inquietud: ´Te ruego, Padre, para que todos sean uno como yo en ti y tú en mí´. Y aquellas otras palabras: ´En esto reconocerán que son discípulos míos, en que se aman los unos a los otros´.

Al echar una mirada retrospectiva sobre los dos mil años de historia de la Iglesia que nos separan de Cristo, se despliega ante nuestros ojos un panorama bastante triste. ¡Cuánta cobardía, no sólo de parte de los cristianos comunes, sino también de la clase dirigente y de los círculos de elite! ¡Cuánta huida de la cruz, qué infinidad de fracasados! Por otro lado, ¡cuánta desunión y discordia! ¡Cómo se ha rasgado y fragmentado en todos los tiempos la túnica inconsútil del Señor! ¡Qué distinto sería el mundo hoy si los suyos no se hubiesen negado al seguimiento y hubiesen permanecido unidos y concordes! Posiblemente no habría ya más paganos en el mundo. Ni tampoco ningún movimiento bolchevista.

Por lo tanto, si queremos aportar algo fundamental a la Iglesia y no solamente una ayuda secundaria, hay que asegurar entre nosotros para siempre tanto lo uno como lo otro:  tanto el amor a la cruz como la unión mutua y profundísima en el amor de Cristo. El hecho más decisivo y relevante en la historia de Schoenstatt, en el que se expresan luminosamente ambos elementos, es el cumplido por el Padre el 20 de enero de 1942. Es una entrega perfecta a la cruz y al Crucificado y a la vez una entrega perfecta a la Obra y a los miembros de la misma. 

Por eso consideramos que la misión de Schoenstatt estará asegurada si el espíritu de ese día permanece vivo en todos los tiempos. El acto de entrega al Padre quiere ser un aporte decisivo para que ello ocurra así. En este sentido repito las palabras que he citado ya: ´Eamus et moriamur cum illo´. ¿Y para qué? ´Ut vitam habeant et abundantius habeant´. Sí; queremos morir para el pecado y para la huida de la cruz, a fin de que nosotros y todos los hijos de Schoenstatt de todos los tiempos vivamos en, por y para el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, por María, nuestra Madre y Reina del Cielo. Amén.¨

En un primer momento la corriente surgida en los institutos era desconocida para las Hermanas. Fue encauzada hacia ellas desde afuera. Pero como la imagen de la cabeza y los miembros, en esa forma, no les resultaba familiar, comenzaron nuevas confrontaciones. Esta era la situación en tiempos de la visitación.  

Así pues el director está presente en la conciencia de la Familia bajo dos aspectos. En primer lugar como director momentáneo de las Hermanas de María. En su calidad de tal no posee ni quiere poseer derechos de los cuales no puedan ser depositarios en igual medida sus futuros sucesores. Y tiene una influencia única como cabeza libremente elegida de todos los institutos que ocupa un expreso lugar de confianza. 

 De este modo se resuelven las aparentes contradicciones que el Informe cree poder constatar: 

¨Con razón se subraya que el Padre de la Familia no reclama nada para su persona que no pueda ser transferido a sus sucesores en la misma medida. Sin embargo la vinculación de la Familia al Padre que él pretende es en tal grado única e irrepetible que ninguno de sus sucesores podría ni debería realizarla de esa manera.

En la carta sobre el 20 de enero de 1949 se lee: ´Mediante una consagración solemne y comunitaria quieren elevar nuestra relación sacándola del ámbito privado y, por así decirlo, otorgarle un carácter oficial… Desean darle a la vinculación personal una connotación suprapersonal; y asegurarle a una actitud interior fundamental que se ha convertido en algo natural, una significación y permanencia supratemporales para ustedes y todas las generaciones venideras: y todo ello no recién después de mi muerte, sino ya ahora, en vida mía´.¨

El texto incurre en un error en cuanto a la argumentación que hace. En efecto, habla de ¨la vinculación de la Familia al Padre que él (el director) pretende¨, mientras que la cita de la carta dice expresamente: ¨Mediante una consagración solemne y comunitaria quieren elevar nuestra relación…¨ De esa forma se pone de manifiesto con claridad que la corriente simplemente es acogida por el director de la Familia, pero no parte de él, lo que además se consigna expresamente en la Carta de Enero.

De ello se desprende, una vez más, que Schoenstatt no es tan fácil de comprender… Son demasiadas las corrientes de pensamiento que bullen y fluyen… las leyes pedagógicas de conducción de un movimiento son por lo común poco conocidas… La imagen de la esfera que explicamos más arriba, ilustra de la mejor forma lo que se quiere decir…

Para hacer más comprensible esta breve explicación, adjunto una carta privada dirigida a un colaborador y que ayuda a una mejor introducción en ciertos contextos:

¨Acaba de llegar tu carta del 12 de febrero. Muchas gracias por ella. Para aclarar las cosas, tomaré posición brevemente respecto de tres puntos:

  1. Asimilación existencial del 20 de enero de 1942

Todos los textos correspondientes a este tema colocan en el punto central a ambas partes: la comunidad de aquellos que han realizado el acto de Inscriptio como medio para mi liberación, y mi propia Inscriptio, que entraña la total renuncia a mi libertad personal en pro del crecimiento de la comunidad.

Distinguimos una triple asimilación existencial: asimilación existencial del 18.10.1914, del 18.10.1939 y del 18.10.1944 (como culminación de los acontecimientos en torno del 20.01.1942). Así se dice en la carta del 20 de mayo de 1948:

´El mencionado mes de enero está en el punto central de una unidad de vida y una plenitud de vida que han alcanzado su palpable culminación en la Tercera Acta de Fundación, con fecha 18 de octubre de 1944. Todos los que hasta ese momento se habían incorporado existencialmente mediante la Inscriptio al conocido y cuádruple universalismo o infinitismo, están simbólicamente delante de la faz de Dios y en el marco de la historia como representantes de toda la Familia, de modo similar a los portadores directos del Acta de 1914 y 1939. La tarea de las generaciones venideras será la de una creciente asimilación existencial de las actitudes y acciones de entonces.´

Cuida de que en este punto se considere siempre como representantes simbólicos de toda la Familia no sólo mi persona sino la comunidad correspondiente. 

El sentido de la asimilación existencial es siempre el mismo: sintonía con un determinado proceso de vida. De ahí que la asimilación existencial del 20 de enero de 1942 signifique sintonía con la sobria radicalidad del perfecto desprendimiento, donación y traspaso de amor de aquel día.  

El traspaso de amor consiste no sólo en el traspaso del amor hacia el Dios Trino sino también, y especialmente, en el traspaso del amor hacia los demás. Este profundo estar espiritualmente el uno en el otro, para el otro, a través del otro y con el otro, constituye el núcleo de la comunidad. 

De este modo el 20 de enero aparece como el triunfo no sólo del hombre nuevo, sino también de la comunidad nueva. Desde este punto de vista se comprende asimismo por qué en la llamada corriente del Jardín de María he puesto tanto el acento en una decidida ola de obediencia, vale decir, en una obediencia que le dé su debido lugar a la autoridad correspondiente. Y que lo haga con una actitud de muy firme responsabilidad en el cultivo del estar para el otro, con el otro, a través del otro y en el otro. 

En este sentido yo mismo me considero un símbolo de toda autoridad legítima en la Familia, ya se trate de mi sucesor, o bien del principio parental derivado, como, por ejemplo, las superioras provinciales y otras superioras.

Por eso en la justificación y exposición sistemática del principio paterno (solicita la carta a las Hermanas) destaqué que desde el punto de vista jurídico yo personalmente no quería tener ningún derecho que no pueda tener también mi sucesor.

El obispo comete un error cuando dice que quiero ligar a las Hermanas directamente a mi persona. No se trata de eso, sino sólo de que las Hermanas desarrollen su amor en el marco del organismo de vinculaciones presentado en las constituciones. Me contento con que brinden su amor filial a una superiora o superiora provincial. De ese modo tendrán también, indirectamente, una sana relación con el principio parental último. En este proceso hay que distinguir siempre, naturalmente, entre el grado obligatorio del amor filial y un grado superior que hay que considerar como un obsequio voluntario. Confróntese también lo que se lee en la Tercera Acta de Fundación, en la conferencia del 8 de diciembre de 1944:

´Estamos acostumbrados a interpretar nuestras consagraciones como una incorporación al Acta de Fundación de 1914. Últimamente hablamos de tres actas de fundación. Lo que en 1914 se fundó y delineó a grandes rasgos se despliega ante nuestros ojos con mayor amplitud en la Segunda Acta de Fundación, de 1939. Y alcanza su plenitud en la Tercera Acta de Fundación, de 1944. Por eso no deben asombrarse de que les diga lo siguiente: La consagración de hoy debe ser considerada formal y directamente como una incorporación al Acta de Fundación de 1914. 

Vale decir que mediante esta consagración nos unimos directamente a la Primera Acta de Fundación, pero a un nivel superior y captado a conciencia, tal como se pusiera de manifiesto en octubre de 1944. Esto es lo que se expresa en nuestra medalla con ambas cifras: 14 y 44.  Lo que venía palpitando y obrando desde hacía mucho tiempo en la Familia: la tendencia hacia nuevos horizontes, la ruptura de las barreras nacionales, la puja por crear la (Obra) Internacional, cobró en 1944 una forma concreta, una forma a la cual se aspiró conscientemente, una forma vivida; se convirtió en una tarea reconocida con claridad mediante la fundación de la Internacional. La semilla que en 1914 fuera hundida en la tierra de Schoenstatt fue creciendo orgánicamente hasta llegar a ser un gran árbol. Lo que dice el Señor sobre el grano de mostaza y la levadura, vale también de alguna manera para nuestra Familia.´

Gracias a tu diligente actividad de investigación y al debate valiente, tú y un pequeño grupo han calado más profundamente en la estructura fundamental del 20 de enero. De ese modo han desplazado el punto de vista, enfocándolo en la incorporación, y así dieron al concepto ´cabeza – miembros´ una interpretación distinta de la que yo le diera al comienzo en los textos respectivos. Cabeza es para ustedes ahora equivalente a cabeza supratemporal y eterna, no a cabeza correspondiente a un tiempo determinado.

Acogí esta corriente con resistencias de mi parte. Pero aún así lo hice, porque para mí la ley de la puerta abierta es la que marca siempre el rumbo. Además porque la ramificación de cada los institutos y la posibilidad de desarrollos futuros catastróficos exigen la aceptación y aplicación de  tu justificada opinión. Y hacerlo con mayor rapidez de lo que sería posible en circunstancias normales. Sin embargo queda abierta la pregunta de cuál es, en este contexto, el sentido último de una cabeza supratemporal. 

Es evidente que, en primer lugar, podemos y tenemos que movernos en un nivel puramente ético. En cuanto al contenido teológico de ´cabeza ´ y ´miembros´ sólo puede ser entendido en el mismo sentido en que se entiende que todo sacerdote participa vicariamente de la cabeza del cuerpo místico de Cristo. Vale decir entonces que no se trata de un elemento específico original y por lo tanto tampoco necesita ser puesto especialmente de relieve. Pero, por otra parte, si no se trazan con suficiente claridad los límites, podría incluso inducir a error a quienes no tengan la suficiente formación teológica.

Esta corriente y la formulación escogida por ti de ´cabeza y miembros´ – que en cierto modo se apoya en la imagen teológica corriente del cuerpo místico de Cristo – provocó entre las filas de las Hermanas una cierta inseguridad que aún no ha sido superada. Las precisiones que hice en este sentido fueron observadas enseguida pero no elaboradas suficientemente en el fuero interno. Por eso te pido, en la medida en que te sea posible, que procures también clarificar las cosas y aquietar los ánimos¨ (22.02.49).

Luego de esta exposición positiva de la situación, no resulta difícil la respuesta negativa. Las dificultades presentadas se resuelven casi por sí solas. Por eso me conformaré con hacer algunas breves observaciones…

1ª. Dificultad:

¨Este cambio tan radical de actitud a partir de Dachau es incomprensible y muy doloroso para muchas Hermanas y también para otros miembros de la Obra de Schoenstatt¨ (pág. 5).

Respuesta:

¨Incomprensible y muy doloroso¨ es mucho decir. Se trata simplemente de tensiones normales.

En el caso de las Hermanas: Entre generación joven y vieja. Causa: Pasar de vivencias de Familia individuales a vivencias de Familia en común… Uso público de palabras y símbolos de tono personal. 

En el caso de los otros miembros: Falta de conocimiento de las necesidades a nivel organizativo.

2ª. Dificultad:

¨Como también hoy vuelve a mostrarlo la experiencia, a la larga esta (cambio de) actitud, en vez de llevar a una vinculación más profunda al Padre, conduce a un distanciamiento de él¨ (ibídem).

Respuesta:

Difícilmente podría haber un distanciamiento como expresión de un rechazo interior. Pero como creciente traspaso y ahondamiento a favor de Dios y de la obra de Dios, bienvenido sea. 

3ª. Dificultad:

¨A pesar del carácter simbólico de su persona y del sistema del ´traspaso´, existe el comprensible y difundido temor de que el eje de la gran Obra vaya desplazándose gradualmente de la Madre tres veces Admirable y su Santuario a la persona del P. Kentenich¨ (ibídem)

Respuesta:

Hay que distinguir entre centro organizativo y centro religioso – ascético. La dificultad se resuelve entonces por sí misma. 

4ª. Dificultad:

¨Como se aprecia, el cambio de actitud del P. Kentenich se sustenta en su acto heroico del 20 de enero de 1942, cuando él, habiéndolo meditado claramente y con plena libertad, eligió el campo de concentración en lugar de la liberación de la prisión; y todo eso por la Familia¨ (ibídem).

Respuesta:

El 20 de enero – como se expone más arriba –  no tiene nada que ver con ese cambio de actitud. Este último obedece a razones puramente organizativas. Hay que buscar en otra parte su significado. Por entonces toda la Familia, tanto su cabeza como sus miembros (vale decir, no sólo la cabeza) por primera vez cumplió perfectamente la condición estipulada en el Acta de Fundación y de ese modo despejó los obstáculos para que las gracias divinas fluyeran libremente a través de ella. Por eso, desde entonces, una fuerte confianza y victoriosidad.

5ª. Dificultad:

¨Al 20 de enero de 1942 él lo llama ´Eje… en torno del cual gira la historia de nuestra Familia  – la actual y la futura -, la vida y el destino de nuestra Familia´¨ (ibídem).

Respuesta:

La razón de ello no radica en el hecho heroico del director, sino en que por entonces los representantes de la Familia cumplieron perfectamente el contrato fundacional mediante la Tercera Acta de Fundación, desarrollo pleno de la primera.

6ª. Dificultad:

¨Por eso de los miembros de la Familia espera no sólo una asociación a su actitud del 20 de enero de 1942 … sino, más aún, una ´incorporación e información´ que impulsa hacia una ´dependencia y apego´ más profundos¨ (ibídem).

Respuesta:

El director jamás colocó su actitud del 20 de enero de 1942 en el primer plano, sino la actitud de los representantes de entonces de la Familia. No es él quien espera la incorporación al 20 de enero, sino que son los institutos quienes lo quieren por propia iniciativa. Asemejamiento significa repetición según un ejemplo, incorporación es una declaración de dependencia de la cabeza vigente por entonces, a la cual se le reconoce de ese modo una posición permanente de confianza, pero no una posición sustentada jurídicamente… Algo similar a lo que ocurre en todas las comunidades franciscanas, las cuales, más allá de su diversidad, se orientan por San Francisco sin menoscabo de su autonomía organizativa.

7ª. Dificultad:

¨Paralelismo entre Schoenstatt y las Sagradas Escrituras¨ (pág. 7).

Respuesta:

En ninguna parte se interpreta a Schoenstatt sino a la historia de Schoenstatt como expresión de los deseos divinos, como una sagrada escritura, aplicando así seriamente la frase: Vox temporis vox Dei.

8ª. Dificultad:

¨Paralelismo entre el Gólgota y el 20 de enero de 1942¨ (ibídem).

Respuesta:

A fin de poder examinar la manera de citar del Informe presentaré los textos, comenzando por la Carta de Enero:

¨La carta sobre el 18 de octubre lo compara (´al 20 de enero de 1942 y su entorno) – naturalmente en un plano infinitamente inferior – con la gran semana en la vida del Salvador y habla de él como de un punto central y culminante,  un punto de partida y de llegada de toda nuestra historia.¨

El texto en la Carta de Octubre es el siguiente:

¨No hay nada en el mundo que pueda compararse con este gran acontecimiento (la gran semana de pasión y victoria del Señor). Si a la luz de otros sucesos se aventura una alusión a dicho acontecimiento, eso sólo puede hacerse manteniendo la conciencia de que se está transitando enseguida por un campo muy distinto e infinitamente inferior. 

Tenemos presente esta salvedad cuando pensamos en el gran tiempo de lucha y de victoria de nuestra Familia. Solemos contemplarlo con gusto como una especie de sagrada escritura, como una buena nueva, como un mensajero del Señor que nos habla continuamente y espera ser interpretado por nosotros. 

En el primer plano vemos el 20 de enero de 1942. En torno de él, a manera de círculos concéntricos, primero el instituto de las Hermanas de María – el cual, como es común, hace valer el derecho y obligaciones de la primogenitura- , luego, gradualmente, los otros institutos: Palotinos, Sacerdotes Diocesanos, de Ntra. Sra. de Schoenstatt… Todos los que hasta el 18 de octubre de 1944, mediante la Inscriptio, conforman una familia sólida, una comunidad entrañable que es consciente de su responsabilidad, que está en los planes de la Eterna Sabiduría como unidad de cabeza y miembros, en entrega perfecta los unos a los otros, a Dios y a la obra común.¨

De este modo hemos tomado posición en relación con todos los puntos esenciales que contiene el Informe en cuanto a los objetivos religioso – pedagógicos. Nos hemos esforzado por hacerlo de la manera más exacta y sistemática posible. En esta labor la pluma ha estado siempre guiada por el amor a la Iglesia y la preocupación por la actual catástrofe mundial. No han desempeñado ningún papel en ello ni él ánimo de porfiar, ni la puntillosidad académica, ni tampoco un temperamento susceptible. No hay lugar para tales actitudes frente a los importantes valores que están en juego. Se trata de cuestiones fundamentales de la vida y del destino del mundo de hoy. La dignidad del autor del Informe exigía continuamente conservar la mesura en las formulaciones. Sin dejar de mantener la estima personal hacia él, no resultó difícil separar persona de materia a tratar.

Dios mismo está marchando a través de nuestro tiempo. Parece que quiere poner orden primeramente en su propia casa. La historia habrá de mostrar quién lo ha comprendido correctamente.

(Continuará)

Santiago de Chile, 31 de mayo de 1949.


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