Eucaristía Comunión Corpus Christi

FIESTA DEL CORPUS CHRISTI

El origen de esta fiesta se remonta al siglo XIII y a una religiosa Santa Juliana, priora de la Abadía de monjas agustinas en Lieja Bélgica; quien fue el instrumento que Dios usó para propiciar esta Fiesta. Desde joven, Juliana tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre anhelaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haber intensificado por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.

Juliana comunicó estas apariciones a Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, el obispo se impresionó favorablemente el Santo Padre Urbano IV a petición de varios obispos, hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia y otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.

Finalmente, el Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos.

La convicción sobre la presencia de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía es un pilar básico de nuestra fe. La aceptación de esta verdad, junto con la devoción a nuestra amada Madre, la Virgen María; son algunas de las diferencias esenciales que nos distinguen de nuestros hermanos evangélicos, y de otras otras religiones.

Dios, en su infinita misericordia, ha permitido que a través de la historia sucedan una serie de prodigios y milagros, vinculados con su presencia en la Eucaristía, el Santísimo sacramento del altar. Han habido, más de 400 casos de milagros eucarísticos en el mundo.

 

Conozcamos uno de ellos: El milagro Eucaristico de Lanciano.

 

Lanciano está en la costa del mar Adriático, en Italia. En el siglo VIII, estando un sacerdote celebrando la santa misa, después de la consagración, le asalta una tentación sobre la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. En aquel instante la Sagrada Forma se convirtió en un pedazo de carne. Asustado, atónito y emocionado se lo dice a los asistentes que suben al altar para observar lo ocurrido. La noticia se difunde por toda la ciudad. El hecho está registrado cuidadosamente en un pergamino manuscrito de aquel tiempo, que posiblemente es el documento original en el que se describe y certifica el milagro. Por lo tanto puede ser el relato oficial de los hechos.

Este trocito de carne se conserva hasta hoy, en que han pasado 1300 años. Esta carne ha sido analizada en 1970 por los profesores de la Universidad de Siena. Se trata de carne humana viva, tejido muscular fibroso, con un lóbulo de tejido adiposo y vasos sanguíneos. No aparece rastro alguno de las sustancias químicas utilizadas para la conservación de cadáveres El análisis cromatográfico de la sangre confirma que es sangre humana del grupo AB, el mismo grupo de la sangre de la Sábana Santa y del Sudario de Oviedo.

 

Es verdaderamente admirable que las proteínas de una sangre tan antigua produzcan una curva electroforética mostrando el perfil propio del suero fresco. Los análisis se realizaron con absoluto rigor científico, documentado con una serie de fotografías microscópicas. Este milagro ha sido confirmado en 1976 por la Comisión Médica de la Organización Mundial de la Salud definiéndolo como un caso único en la Historia de la Medicina.

El informe científico de los Doctores Linoli y Bertelli, finalizado el 4 de Marzo de 1971, termina con estas palabras: «En base a lo anterior es posible afirmar, sin temor a contradicción, el origen humano de la carne y la sangre del milagro eucarístico de Lanciano».


Y nosotros podemos añadir: «El Señor ha querido dejarnos pruebas visibles y patentes de su Presencia Real en las especies sacramentales para homologar nuestra fe en la Eucaristía y aumentar nuestra devoción al Santísimo Sacramento del Altar».
El cuerpo, si no se alimenta, se muere. El alma también. Necesita alimento espiritual: la Eucaristía. Si estuvieras moribundo y te ofrecieran una medicina que te daría diez años más de vida, ¿la rehusarías? Pues la Eucaristía te da la vida eterna. Dice San Agustín: «Si quieres que Dios sea tu casa en el cielo, sé tú su casa en el suelo».
Lo más grande que podemos hacer cada día es comulgar. Cuando tomo un alimento lo transformo en mí.

Cuando comulgo Dios me transforma en Él.
Jesucristo nos espera en el sagrario. La Eucaristía no es algo, es alguien. Déjate embellecer espiritualmente por el sol del sagrario, como María de Betania que no se cansaba de estar a los pies de Jesús porque lo amaba. Dile: «Aquí estoy, Señor, porque te amo. No puedo estar mucho tiempo, pero quiero repetirte que te amo. Tú ya lo sabes, pero diciéndotelo mi amor se hace más grande».

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