1919 noviembre,6

Carta del padre Kentenich a los jefes de la federación apostólica.

 

CARTA DEL P. KENTENICH A LOS JEFES1  DE LA FEDERACIÓN APOSTÓLICA

DE SCHÖNSTATT, DEL 6 DE NOVIEMBRE DE 1919

 

No sé, mis queridos Jefes, si se dan cuenta cabal de la trascendencia de nuestra tarea y de las dificultades que debemos superar.  Sin embargo, es necesario que tengamos claridad si queremos desempeñar en forma correcta e independiente la responsabilidad que implica nuestro cargo.

 

Por la aceptación de los estatutos de Hörde hemos renunciado de antemano a una organización de masas.  Esto hay que conservarlo, de lo contrario nuestra pequeña hueste fácilmente se sentirá impulsada a sacar conclusiones y tomar decisiones erradas y desalentadoras.  Las exigencias son tan profundas que relativamente pocos decidirán permanecer fieles a nuestras filas.  Lo cual no constituye una desventaja.  Por el contrario, si guiamos a nuestros grupos en forma adecuada y correcta, constituirá nuestra fuerza.

 

Porque organizaciones de masas las hay hoy en día en abundancia.  Son necesarias para una época democrática como la nuestra, y si es tan sólo para influir en forma eficaz en la opinión pública.  Pero pronto se escurrirán en la arena si no existiese esa labor consecuente y permanente en lo pequeño que apunte a la penetración religiosa moral de esas organizaciones.

 

Aquí quiere y debe empezar nuestra tarea si pretendemos tener derecho a la existencia e influir en forma iluminada en la solución de los problemas de nuestra época.  A ello parece referirse nuestro Klaus Scheuffgen2 cuando, en forma acertada, escribe al grupo en una de sus últimas circulares:  “…Esta gigantesca misión sólo puede realizarse emprendiendo una a una cada tarea.  La palabrería generalizada tiene poca utilidad…”

 

Permanente y desinteresada labor en lo pequeño – he aquí nuestra tarea.  En este sentido repito las palabras3: “¡despertad!, ¡despertad! ;  ¡despertad a los demás!”.  En las organizaciones e instituciones a que pertenecemos por nuestro estado de vida, podemos marchar con nuestros compañeros codo a codo, con paso pesado y viva voz;  en ellas podemos dejar que el fervor de nuestra sangre se exprese en forma tempestuosa.  Mas, como miembros de la Federación Apostólica, estamos obligados al trabajo en lo pequeño.

 

Trabajo espiritual en lo pequeño, ¡he ahí nuestra honra, he ahí nuestra grandeza!  La social-democracia encuentra la causa de la horrible miseria de las masas, que caracteriza nuestra época, en la institucionalidad imperante.  Espera la liberación y redención exclusivamente a través de la alteración fundamental de las cosas externas.  No logrará su cometido.

 

Desde luego, hay muchas cosas en la vida social y en las instituciones públicas que están carcomidas y reclaman un reformador.  Sin embargo, la causa profunda de nuestra infelicidad está en nosotros mismos, en la irredención y esclavitud de nuestra propia alma.  Consecuentemente, exigimos y aspiramos a la renovación religioso-moral integral y total de cada persona y de toda la humanidad civilizada.

 

Esta tarea la compartimos con todas las demás organizaciones católicas modernas, llámense como se llamen4.  La diferencia esencial estriba en la forma como abordamos la meta y en el grado de penetración y captación espiritual que pretendemos lograr.  ¡Mis queridos Jefes de Grupo!  ¿No concuerdan ustedes que, aún donde todavía se piensa y vive en forma religiosa, sobre todo en nuestros círculos intelectuales, la fuerza con que se resiste el espíritu de la época es relativamente débil?  Les falta, más bien dicho, a la totalidad del cristianismo contemporáneo le falta lisa y llanamente interioridad.  ¡La vida interior se está extinguiendo!

 

Ustedes no son partidarios de largas citas.  Así y todo, leo una para que revisen sus propias experiencias.  Mucho antes de la guerra5, Weiss escribió en la “Filosofía de la Perfección”:

 

“Todos se quejan, todos critican, todos proponen algo con el fin de evitar la catástrofe temida y construir un mundo mejor.  La agitación, intranquilidad y precipitación se han adueñado de los espíritus y, por ese solo hecho, nos acosa el miedo.  Ya no vale la herencia de la tradición.  Todo ha de renovarse desde los cimientos: la ciencia, el arte, la política, la vida social, la filosofía, el derecho, la moral;  y hasta la religión, la teología, la fe y la vida cristiana misma.  Sin embargo, todo ello ha de realizarse con medios puramente externos: por medio de la política, la diplomacia, los discursos y bálsamos.

 

En este caso, los remedios son peores que la enfermedad.  Demuestra cuán profundo es el mal que nos aqueja y cuánto dolor se percibe.  Sin embargo, estos remedios no hacen más que agudizar y precipitar el mal.  ¡No!  ¡No!  El mal estriba en que la vida interior de la humanidad está raquítica y que está por apagarse.  Tales males no se curan con exterioridades, sino únicamente cuando el mundo despierte a la renovación de la vida espiritual.

 

De modo que, por lo menos, seamos nosotros que abramos nuestros corazones al llamado de Dios;  al llamado que muestra el camino de salvación:  “Han de renovarse en lo más profundo de su mente por la acción del Espíritu, para revestirse del hombre nuevo.  Al que Dios creó a su semejanza, revistiéndole con la verdadera justicia y santidad” (Efesios 4, 23-4).

 

Nuestra salvación no estriba en la confianza en los medios terrenales, en la caña quebradiza del favor popular o la protección caramente pagada de los poderes temporales;  ni en el servilismo ante la opinión pública, ni en la simpatía con el afán mundano, ni en el apoyo al espíritu de moda.  Es exactamente lo que el mundo quiere y, por eso, lo propone.  Lo único que teme es el compromiso fiel con la religión, con la fe y la Iglesia, y la seriedad radical con que abramos una brecha hacia el mundo sobrenatural, tanto en la fe como en la vida.

 

Por esto, todo depende en primer lugar que nos retiremos dentro de nosotros mismos para que, de este modo, tomemos conciencia nítida de las fuerzas sobrenaturales que Dios ha depositado en nosotros, y que, enseguida, las utilicemos en forma decidida.  Contra el nuevo arte marcial del abuso de la ciencia, hemos de oponer y mostrar la eficacia de la fortaleza virginal de la fe.

 

Sólo sabremos enfrentar el ataque unificado de todos los poderes exteriores en la medida que, olvidando toda disputa de facciones y partidos, y renunciando a toda intención particularista, nos reunamos como una sola alma bajo la bandera siempre victoriosa de la Iglesia única y universal;  que seamos más fieles y entregados más que nunca a ese centro de unidad, a esa roca inconmovible de la fe, ese hogar de la vida cristiana, que es la jerarquía y la sede de Roma.  Nada superará con éxito los peligros devastadores de la crisis social, s no es la armadura de las virtudes cristianas, de la negación de sí mismo, de la justicia y del amor.  Para el torrente de inmoralidad que amenaza minar los fundamentos mismos del orden público, la ética familiar, la educación, la fe y la vida eclesial, hay un solo dique que aún promete salvación: nuestra santidad.

 

Lo que los tiempos necesitan ante todo, para no decir exclusivamente, son nuevos santos, grandes y convincentes, santos que arrastren.  Y si no santos, hombres nuevos, hombres íntegros, cristianos, nuevos, cristianos auténticos, interiormente perfectos.  Al pronunciar estas palabras no podemos sustraernos a un sentimiento de dolor y de nostalgia.  Hoy en día, la tarea es pregonar al mundo que la tarea más relevante y actual es la aspiración a la perfección, para que vuelva a comprender su sentido y se entusiasme por ella.

 

¿Quién se atreve a emprender tal empresa?  Sólo un nuevo San Juan es capaz de hablar con esa fuerza.  ¡Ah, si sólo el Dios misericordioso suscitara nuevos servidores que cumplieran la augusta vocación del predicador del desierto con la santidad de un Jeremías, de un Bautista, de un San Pablo!”

 

Vino la guerra y la revolución6 que incrementaron la superficialidad y exterioridad hasta el infinito.  Lo sabemos por observación y experiencia propia.  En medio de este caos proclamamos un programa que equivale a la solemne entronización7 de la vida interior.  En cuanto sepa, no existe otra organización de laicos que en forma tan inmediata, tan acentuada – casi diría despiadada – persigue el espíritu de la época hasta los últimos escondites.

 

Ahora vislumbran el significado profundo y trascendente de nuestro Movimiento.  ¿No temen las alturas vertiginosas que queremos escalar juntos?  ¿Acaso no nos aplasta la tarea gigantesca que nos aguarda?  En nuestros días, ya es bastante difícil llevar una vida fuerte y vigorosa tras los muros protectores del convento.  Más difícil será para el hombre maduro hacerlo en medio de la vida pública.  Nosotros no somos ni religiosos ni caracteres maduros;  el ímpetu y la tempestad de la adolescencia aún no se han calmado, empujándonos violentamente a engrosar las filas de la masa.

 

La adhesión a nuestra Federación, ¿no suena entonces como un altivo alarido de guerra que, en palabras de Nietsche, moviliza en nosotros “los instintos de guerra, y la seguridad de la victoria?”  Más aún: ustedes no quieren realizar el programa de Hörde sólo para sí mismos.  Ustedes quieren llegar a ser pioneros para los congregantes menores y los hermanos de Federación.  El Movimiento entero es obra de ustedes, y siempre tendrá que ser así.  Yo sólo puedo y quiero acompañarlos con mis consejos y actos.  Por esta razón, he sido tan reservado hasta ahora y ni siquiera he concurrido a la Jornada de Hörde.  Si ustedes estuvieran penetrados total e integralmente por el sentimiento de responsabilidad por vuestros grupos como lo estaban los jefes de nuestra congregación militar, podría participar más en vuestra labor sin temor de paralizar vuestra independencia y sentido de responsabilidad.  ¡Que pronto llegue esa hora!

 

Sinceramente, debo confesar que en horas de silencio me invade el temor ante la obra que hemos emprendido.  Pero el recuerdo de nuestra Madre celestial y la confianza sin reservas en Ella alejan rápida y radicalmente las oscuras nubes.  La serena meditación sobre el desarrollo pretérito justifica la conclusión siguiente: la MTA quiere utilizarnos como instrumentos para la renovación del mundo.   Igualmente es grande mi confianza en el apoyo de los congregantes héroes fallecidos en la guerra.  A lo que en la tierra aspiraron y lo que cimentaron heroicamente, no abandonarán tampoco en el cielo.  De ello estoy seguro.

 

¡Sólo una cosa no la sé con seguridad cabal!  ¿Son nuestros Jefes ciento por ciento confiables?  ¿Están dispuestos a pasar por el fuego por la Federación tal como es digno para una causa tan noble?  Sólo entonces alcanzaremos lo que con tanta pasión anhelamos.  Por eso repito:

 

¡Despertad!  ¡Y despertad a los demás!

 

J. K.

 

 

 

Notas del traductor: 

1 “Jefes”: se refiere a jefes de Grupos locales de cuatro  miembros cada uno.  Aún no existían los Cursos.

2 Uno de los Jefes.

3 Palabras de Alois Zeppenfeld para alentar a los congregantes externos a formar una organización independiente.

4 Asociaciones, fraternidades, congregaciones, etcétera, vigentes en Alemania en aquella época.

Carta del padre Kentenich a los jefes de la federación apostólica.

Kentenich 191106

 

 

 

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