Espiritualidad Mariana es parte fundamental e irrenunciable de la Espiritualidad Cristiana

Espiritualidad Mariana es parte fundamental e irrenunciable dla Espiritualidad Cristiana DRA  Deyanira Flores

 

B. La Virgen María cooperó a hacer posible nuestra vida espiritual

La Virgen María no es solamente la persona que más perfectamente ha vivido la Espiritualidad Cristiana, al punto de ser nuestro mejor modelo después de Jesucristo. Ella no colabora en nuestra vida espiritual simplemente con su ejemplo, por sublime que éste sea. En Su infinita misericordia, Dios quiso desde toda la eternidad que la Virgen María cooperara de forma activa y concreta a hacer posible la vida espiritual de todos los seres humanos por medio de su consentimiento en la Anunciación, su Maternidad Divina, su cooperación a lo largo de toda la vida de Cristo, sobre todo en el Calvario, y su presencia orante en Pentecostés.

He aquí el principal motivo por el cual la Espiritualidad Mariana es parte fundamental e irrenunciable de la Espiritualidad Cristiana: no podría haber Espiritualidad Cristiana del todo sin la colaboración que prestó la Virgen María en el Evento Cristo. Si el Verbo eterno del Padre no se hubiera encarnado de María Virgen, y no hubiera muerto y resucitado, nosotros nunca podríamos convertirnos en hijos de Dios, miembros del Cuerpo Místico de Cristo y templos del Espíritu Santo.

La Encarnación del Verbo, Su Pasión, muerte, Resurrección y Ascensión al cielo, y el envío del Espíritu Santo a la Iglesia fundada por Él mismo, son los tres momentos centrales de la gran Obra Redentora del Hijo de Dios, los tres pilares fundamentales sobre los cuales se apoya el Misterio Cristiano. Y en esos tres momentos cumbre estuvo presente la Virgen María, cooperando de forma única e indispensable, por voluntad de Dios, para que se pudieran llevar a cabo.

 

I. La Encarnación del Verbo

 

La Encarnación del Verbo es el evento central y fundamental del Cristianismo. Es el Misterio más grande de nuestra fe después del Misterio de la Santísima Trinidad. Y la En-carnación, como la palabra misma lo dice, necesariamente remite a Aquélla que le dio la carne al Verbo.

Desde toda la eternidad, la Santísima Trinidad había dispuesto este Misterio inefable de amor para salvación de la humanidad, y había pensado en la Virgen de la cual se encarnaría el Hijo de Dios. Cuando llegó la plenitud del tiempo (Gal.4, 4), Dios envió al ángel Gabriel a pedir el consentimiento de esta criatura Suya, que Él había escogido y se había preparado para que colaborara de forma totalmente impar en Su Designio Salvífico. Como bien enseña el Papa Juan Pablo II con toda la Tradición, “nunca en la historia del hombre tanto dependió, como entonces, del consentimiento de una criatura humana” (90), porque “el Padre de la misericordia quiso que precediera a la Encarnación la aceptación de la Madrepredestinada” (91).

La primera cooperación que la Virgen María brinda a la Obra de la Salvación, por tanto, es su consentimiento libre, consciente y responsable en la Anunciación. La segunda y fundamental cooperación es su Maternidad Divina: por obra del Espíritu Santo, María le da al Verbo el Cuerpo que Él asume y une hipostáticamente a Su Persona Divina en su vientre virginal.

La Encarnación es el primer fundamento de la Espiritualidad Cristiana. Así como María cooperó de forma muy concreta a hacerla posible, necesaria y consecuentemente cooperó también a hacer posible nuestra vida espiritual.

La Espiritualidad Cristiana es una participación cada vez más íntima e intensa de la vida divina de Dios. Esto sería imposible si el Hijo de Dios no se hubiera encarnado, pues el camino que escogió Dios para participarnos Su Naturaleza Divina fue la Encarnación: el Hijo de Dios asume nuestra naturaleza humana de la Virgen María, toma de María, nuestra hermana, lo que nosotros somos, para darnos lo que Él es. El Verbo carga con nuestra pobreza, miseria, enfermedad, pecado y muerte, para darnos a cambio Su riqueza, grandeza, fuerza, salvación y Vida Divina.

La Espiritualidad Cristiana consiste en vivir la vida de hijos de Dios de forma cada vez más consciente y plena. Se trata de una maravillosa vocación que no se compara con nada que la tierra pueda ofrecer. Pero el hombre no podría hacerse hijo de Dios si el Hijo de Dios no se hubiera hecho hijo del Hombre en el vientre de la Virgen María y de María.

¿Cómo hubiéramos conocido a nuestro Padre celestial, si Su Hijo Unigénito no hubiera venido al mundo por María a revelárnoslo? ¿Cómo sabríamos cuál es la Voluntad del Padre, y qué debemos hacer para cumplirla, si Su Hijo no nos lo hubiera enseñado con Su vida y Su palabra? ¿Cómo sabríamos hasta que punto nos ama el Padre, si Su Hijo no nos lo hubiera asegurado, diciendo que el Padre lo envió por amor a nosotros, y que nos ama como lo ama a Él? (Jn.16, 27). ¿Cómo sabríamos cuál es el camino para ir al Padre, si el Hijo no se hubiera convertido Él mismo en Camino y fiel Compañero de viaje, gracias a María, que colaboró con el Espíritu Santo para hacérnoslo visible, audible, palpable, tan íntimamente cercano (cf. 1Jn.1, 1)?

La Espiritualidad Cristiana es vida en Cristo, es ser verdaderamente Uno con Cristo y en Cristo. ¿Pero cómo podríamos unirnos a Cristo, como miembros de Su propio Cuerpo, si Él no hubiera querido primero convertirse en nuestra Cabeza, y unirnos a Sí indisolublemente como miembros Suyos en el vientre Virginal de María, al asumir de ella nuestra naturaleza humana? ¿Cómo podríamos recibir todas Sus gracias, como las ramas del árbol reciben la sabia de la raíz y el tronco, si Él no nos hubiera injertado a Sí? ¿Cómo podría ahora el agua lavarnos todos los pecados, si Él no “hubiera purificado el agua con Su divina Pasión” (92)?

Podemos imitarlo porque se hizo nuestro Maestro y Modelo, haciéndose verdadero Hombre de María Virgen, sin dejar ni por un instante de ser Dios, asumiendo al ser humano completo, en cuerpo y alma.

Podemos renacer a una vida nueva, y sufrir con Él, morir con Él, resucitar con Él, subir al cielo con Él y reinar con Él, porque primero Él asumió nuestra vida pasible, y murió, resucitó y ascendió al cielo glorioso.

Fuente y cumbre de la vida espiritual es la Eucaristía, la cual no es solamente un don maravilloso que Cristo nos da, sino que es Cristo mismo en Persona el que se nos da, con Su Cuerpo, Su Sangre, Su alma y Su Divinidad, como fuente de vida divina y prenda de la Resurrecciónfutura (Jn.6, 50-58), como Alimento, Medicina, Fortaleza y Consuelo, para irnos uniendo y transformando cada vez más en Él. “¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor ‘hasta el extremo’ (Jn.13, 1), un amor que no conoce medida” (93).

La Virgen María está y estará siempre indisolublemente unida a la Eucaristía, porque el Cuerpo de Cristo que recibimos es el Cuerpo que María le dio, y la Sangre de Cristo que bebemos es la Sangre que María le dio. El mismo Espíritu Santo que descendió sobre Ella para llevar a cabo el milagro de la Encarnación, desciende ahora sobre los dones del pan y el vino para obrar la transubstanciación. En la celebración de cada Eucaristía, la Virgen María está presente junto con toda la Iglesia triunfante (94), y ella misma es el mejor modelo de cómo vivir la Liturgia (95).

 

II. La Pasión, muerte, Resurrección y Ascensión de Cristo

            El Hijo de Dios se encarnó de María Virgen para morir por nosotros en la Cruz y resucitar glorioso al tercer día. Nos lo expresa la Carta a los Hebreos 10, 5-7: “No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo …”. Ese cuerpo se lo preparó el Padre al Hijo, por obra del Espíritu Santo, precisamente en el vientre de la Virgen María, para que Él pudiera ofrecerse en sacrificio sobre el altar de la Cruz. Lanaturaleza humana del Hijo de Dios es el instrumento unido a Su Persona Divina con que nos salva. Y María fue la que se la dio (96).

La Virgen María cooperó también con su compasión: “manteniéndose erguida al pie de la Cruz, sufriendo profundamente con su Unigénito, asociándose con entrañas de madre a Su sacrificio y consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado” (97).

Resucitando victorioso, con el mismo cuerpo que María le dio, Cristo ha vencido la muerte. Gracias a Su Resurrección la vida tiene sentido, hay esperanza, y todos los sufrimientos que padecemos no son nada en comparación con la gloria que se nos tiene prometida (Rom.8, 18).

Ascendiendo en gloria, con el cuerpo que tomó de la Virgen María, Cristo nos ha abierto de nuevo las puertas del cielo, cerradas por el pecado original. Él mismo ha ido a prepararnos un lugar (Jn.14, 2), que gracias a estos Misterios podemos anhelar con firme esperanza.

 

III. el envío del Espíritu Santo en Pentecostés

 

El tercer gran momento de la Obra Redentora de Cristo es Pentecostés: el envío del Espíritu Santo por parte del Padre y del Hijo como Don Pascual. Su venida tuvo lugar en el Cenáculo, donde se encontraban reunidos los Once Apóstoles junto con otros discípulos, perseverando unánimes en la oración “con María, la Madre de Jesús” (He.1,14), la cual ya lo había recibido en la Anunciación (98). Jesús prometió que el Padre ciertamente concedería el Paráclito a aquellos que se lo pidieran (Lc.11, 13). ¿Quién podía hacerlo con mayor humildad y amor que la Madre de la Iglesia para sus hijos? ¡Qué peso habrá tenido la oración de María en ese momento! (99).

La cooperación de la Virgen María en la Obra de la Redención de Cristo la relaciona indisolublemente y para siempre con la Persona del Espíritu Santo, pues María concibió a Cristo precisamente por obra del Divino Espíritu. Ella fue llamada a colaborar con Él “en la Obra de los siglos: la Encarnación del Hijo de Dios” (100), y continúa colaborando con Él en la prolongación de este misterio en nuestras almas.

 

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