Karl Leisner

Karl Leisner

por M. Fischer •

”Durante la vigilia pascual del año 1938, Karl Leisner entrega su diario a su amigo y jefe de grupo Heinrich Tenhumberg con el pedido de que le escribiera algo. Me pregunto, que le hubiese escribo yo en el diario a este seminarista de 23 años, sabiendo de su personalidad tan dinámica y su dedicado compromiso con Jesucristo y los jóvenes. Lo más probable es que le hubiera escrito las mismas palabras que san Ignacio de Loyola impartía a sus compañeros, aquellas que también muchos de nosotros escuchamos del P. Kentenich como depedida en Milwaukee: “Ite, incendite mundum – Id y encended el mundo”; pero Heinrich Tenhumberg escribió algo muy diferente: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, dará fruto en abundancia” (Jn 12:24). Me parece como si en aquella noche de pascua, el futuro obispo hubiese presentido proféticamente lo que para Karl Leisnersería su último desafío“, dijo el arzobispo emérito Dr. Robert Zollitsch,  la diócesis de Friburgo, Alemania, la tarde el 4 de marzo en la iglesia de la Trinidad en el monte Schoenstatt durante la celebración eucarística por los 100 años del nacimiento de Karl Leisner(28.02.2015): “Ya que la tensión entre la lucha por Dios y con Dios y el morir como el grano de trigo, consumió la vida de Karl Leisner”.

Sellos postales conmemorativos, monumentos y exposiciones: el centenario del nacimiento de Karl Leisner ha hecho que en Alemania y también en Schoenstatt (su patria espiritual) pongamos nuestra mirada sobre este joven a quien el futuro obispo Heinrich Tenhumberg –miembro del instituto diocesano de padres de Schoenstatt-, le dedicara en su diario la frase del grano de trigo que cae a tierra y muere. ¿Seremos lo suficientemente conscientes del regalo que Dios nos hizo con Karl Leisner y su mensaje profético?, pregunta el arzobispo Zollitsch y aclara: Él es el primero de nuestra familia schoenstattiana mundial que se presenta a nuestros ojos como santo. El Papa Juan Pablo II durante su primera visita a Alemania lo incorporó como modelo sacerdotal para los sacerdotes y seminaristas en un encuentro en Fulda. En Estrasburgo el año 1988 lo presentó ante la juventud europea como ejemplo a seguir. René Lejeune dedicó su libro la biografía de Karl Leisner así: “A los jóvenes de Europa, a la juventud de todo el mundo (y) a los sacerdotes que emergerán de ellos.” [1] Estoy convencido de que con la vida y lucha de Karl Leisner, con su batalla y con su ofrenda como holocausto recibimos un santo fascinante como regalo, con su persona un tesoro que debemos conservar: para la juventud, para los sacerdotes, para nuestra familia en todo el mundo. Gracias Dios por Karl Leisner, ¡dejémonos encender por su fuego!

¡El tiempo te exige!

 

El arzobispo Zollitsch recalcó esa noche un aspecto en particular del gran abanico de características fascinantes de su personalidad: Karl Leisner es completa y totalmente contemporáneo, en medio de las voces de su época, atento a ellas; en este tiempo está posicionado claro, audaz y consistente y desde ahí actúa con coraje, coherencia y claridad. El tiempo de Karl Leisner es el de ascenso y toma de poder del nacionalsocialismo, su reino de terror, su brutal persecución y aniquilación de todo lo que se opone a su pretensión de poder. Él se pone en contra y por eso debe pagar un precio muy alto.

“Para un joven que ardía de esa manera por Cristo, la toma de poder de Hitler significaba un enorme desafío” dijo el arzobispo Zollitsch. “Ahora le tocaba a él. El joven de 19 años líder del grupo de jóvenes de la diócesis se sabe directamente elegido por Dios: “¡Vamos! que tú eres quien debe conducir a mis jóvenes (Diario 12/9/34). El no sintió miedo y respondió: “Te prometo… solemnemente: Señor, Dios todopoderoso ser un instrumento tuyo;… Todas mis fuerzas te pertenecen a partir de este momento. …El pueblo alemán debe ser nuevamente un pueblo cristiano, católico” (Diario 12/9/34). El sabe y se deja decir: “¡el tiempo te exige!” (Diario 17/2/39). “Es la santa voluntad de Dios… por eso, ¡vamos con santo coraje!” (Diario 1/5/34). Karl Leisner no eligió su tiempo, pero tampoco perdió tiempo con reclamos o quejas. Se paró frente a los desafíos que se le presentaban, y emprendió las tareas activamente. El no quería ser un nazi, mas tampoco quería quedarse sentado sin hacer nada. Él se supo guerrero llamado por Dios y por su causa.”

Vocación

 

Refiriendo citas de su diario, el arzobispo Zollitsch relata la apasionante lucha de Karl Leisner por su vocación de vida, y la lucha por la claridad en la decisión entre matrimonio o sacerdocio. “Fue una larga lucha entre Karl y Dios, una larga y difícil lucha por su sí definitivo a su llamado al sacerdocio. En retrospectiva, él está cada vez más consciente de la forma en que fue dirigido por la Mater y de la inmensa fuente de energía que para él significa el santuario de Schoenstatt.”, menciona el arzobispo.

“Un día antes estaba como de costumbre dando clases en el seminario de Lantershofen (allí soy profesora de teología espiritual). El tema de este trimestre es: ejemplos de fe vivida. Precisamente esa semana hemos estudiado la vida de Karl Leisner” dijo Alicja Kostka. “Durante la misa, me quedé pensando en los estudiantes y seminaristas con quienes un día antes analizando su prolongado y doloroso camino al sacerdocio, tratamos de descifrar “lo santo” de Leisner – lo santo para nuestros tiempos -. Los estudiantes se preguntaron si no hubiese sido mejor para Leisner haber optado por una vida matrimonial, aunque quien sabe, opinaba otro estudiante, si aún así el brazo destructor de los nacis lo habría alcanzado. Ahora él vive en muchos sacerdotes del mundo, dijeron, y así lo sentí yo también durante la misa de ayer. La lucha por su vocación lleva un mensaje para los tiempos actuales: entregarse completamente al llamado de Dios – como dijo el arzobispo Zollitsch en la homilía – y encontrar en Jesús la verdadera pasión sacerdotal, aquella que sobrepasa y superar cualquier otra pasión“.

Después de un largo camino de espera, el sueño de Karl Leisner se hace realidad: él es ordenado sacerdote. “Karl Leisner vivió el fin del infierno de Dachau, es decir la liberación. Pero él ya vivía en otra libertad aún más grande y Dios aceptó su ofrenda como holocausto” agregó el arzobispo Zollitsch. “Incluso en la mayor necesidad y durante las dificultades más duras, nunca perdió de vista el siguiente paso: el día de pascua. Sin importar cuán humillante y doloroso haya sido el día, la certeza de su última victoria, la victoria de pascua lo sustentaba. Así que el grupo de sacerdotes de Schoenstatt al cual él pertenecía en Dachau, le diseñaron la imagen para su primera misa: Unas manos encadenadas que se abren hacia arriba, hacia la corona: Victor in vinculis – vencedor en cadenas. [2] Karl Leisner ha vencido. El grano de trigo que ha caído en tierra, da fruto.” Durante la vigilia pascual del año 1938, Karl Leisner entrega su diario a su amigo y jefe de grupo Heinrich Tenhumberg con el pedido de que le escribiera algo. Me pregunto ¿qué le hubiese escribo yo en el diario a este seminarista de 23 años, sabiendo de su personalidad tan dinámica y su dedicado compromiso con Jesucristo y los jóvenes? Lo más probable es que le hubiese escrito las mismas palabras que san Ignacio de Loyola impartía a sus compañeros, aquellas que también muchos de nosotros escuchamos del P. Kentenich como despedida en Milwaukee: “Ite, incendite mundum – Id y encended el mundo”; sin embargo Heinrich Tenhumberg escribió algo muy diferente: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, dará fruto en abundancia” (Jn 12:24). Me parece como si en aquella noche de pascua, el futuro obispo hubiese por así decirlo presentido proféticamente lo que para Karl Leisner sería su último desafío. Ya que la tensión entre la lucha por Dios y con Dios y el morir como el grano de trigo, consumió la vida de Karl Leisner. I. Ya desde muy joven un fuego ardía en su corazón, ardía por Jesucristo y lo instaba a transmitir ese fuego y a encender el corazón de otros por Cristo, especialmente el de los jóvenes. El se entregaba con pasión por su fe católica. Primero como líder de grupo de distrito y luego de toda la diócesis, organizaba campamentos y excursiones. El iba con bicicleta o haciendo autoestop llegando más allá de las fronteras -hasta Roma. Todo esto lo hizo por amor a su Maestro. Al terminar un encuentro de estudiantes en Schoenstatt en el año 1933 escribió en su diario: “quiero ser como Parzival, un caballero radiante y acendrado de Dios.” 1 Durante el retiro espiritual después del encuentro, Karl Leisner definió su ideal personal “Cristo -tu eres mi pasión”. Esto lo encaminó y así dos años más tarde y en retrospectiva denominó a ese retiro como su punto de giro hacia el “apostolado en la juventud”. (Diario 28/07/35) 1 Diario, cita del 27.6.1933 2 Para un joven que ardía de esa manera por Cristo, la toma de poder de Hitler significaba un enorme desafío. Ahora le tocaba a él. El joven de 19 años líder del grupo de jóvenes de la diócesis se sabe directamente elegido por Dios: “¡Vamos! que tú eres quien debe conducir a mis jóvenes” (Diario 12/9/34). El no sintió miedo y respondió: “Te prometo… solemnemente: Señor, Dios todopoderoso ser un instrumento tuyo;… Todas mis fuerzas te pertenecen a partir de este momento. …el pueblo alemán debe ser nuevamente un pueblo cristiano, católico” (Diario 12/9/34). El sabe y se deja decir: “¡el tiempo te exige!” (Diario 17/2/39). “Es la santa voluntad de Dios… por eso, ¡vamos con santo coraje!” (Diario 1/5/34). Karl Leisner no eligió su tiempo, pero tampoco perdió tiempo con reclamos o quejas. Se paró frente a los desafíos que se le presentaban, y emprendió las tareas activamente. El no quería ser un nazi, mas tampoco quería quedarse sentado sin hacer nada. Él se supo guerrero llamado por Dios y por su causa. A quien Dios coloca su mano, nunca más lo suelta. Mientras más se compromete Karl Leisner por Cristo, más incesante es su caminar, y más claro su sentir: “Dios no solo quiere mi trabajo, no solo mi compromiso, Él me quiere a mí”. Karl no puede evitar más esa pregunta y la lucha por lograrlo. Y esa será la lucha existencial más dura de su vida. Aquel que luchara por Dios será pronto aquel que luche junto a Dios como lo hizo el profeta Jacob en el antiguo testamento. Karl escucha la invitación de Dios, de entregarse por completo y de servirle como sacerdote. A su ingreso al seminario Borromaeum en Münster en 1934 parece estar todo muy claro para él: “Así que es la santa voluntad de Dios, que yo… comience los estudios de teología… Dios… por ti mi futuro, mi vida, mi profesión” (Diario 1/5/34). La vocación es un regalo, pero no es algo que simplemente llega del cielo y así lo experimentó Karl. El llamado de Dios espera siempre una respuesta por parte de los hombres. Esto quiere decir que a nosotros nos toca de manera activa hacer que esta vocación sea algo propio. Y aquí se inicia la lucha, la lucha con Dios. Karl tiene muy claro que quiere ser sacerdote pero al mismo tiempo se pregunta cómo sería vivir como hombre unido a una mujer por amor y formar una familia. Y así se debate entre dos ideales fascinantes. Se siente “enfermo en lo más profundo de su corazón” (Diario 17/5/37): “En mi interior existe una lucha mortal entre el amor de Dios en una vida como sacerdote y ser llevado y el estar unido en alianza matrimonial. Mi alma está enferma y revuelta hasta en las más oscuras profundidades secretas del corazón. ¿Dónde me quieres?” (Diario 07/07/38). En esta situación Karl toma una decisión determinante: llama a Dios y le pregunta donde Él lo quiere. Pone todo delante de Dios, no sólo la pregunta y petición, sino también su sufrimiento y su reclamo: “¿Dios, eres mi amigo? tú, Dios poderoso, misterioso y oscuro… ¿Puedo derramar hoy mi corazón ante ti? … Yo creo en ti y en tus órdenes sagradas, pero no las veo” (Diario 20/01/39). Su reclamo ante Dios abre su corazón y acrecienta su fe. El clamor desde la oscuridad se convierte en oración. Porque él confía en que Dios nunca abandona a los hombres. Incluso durante ese momento aciago se dice a sí mismo: “Dios nunca se ha 3 despedido completamente de ti. Sus pensamientos se quedan siempre contigo” (Diario 08/05/38). Jacob, el que a orillas del rio Jacob no evadió la lucha con Dios, es para Israel, un guerrero de Dios (Gn 32:23-33). Karl Leisner no huye del conflicto por el llamado de Dios tampoco huye de la lucha interna ni de la confrontación desesperante. Como Pablo en Damasco, pregunta: “Señor, ¿qué debo hacer?” (Hechos 22:10) y él encuentra una respuesta. Porque él sabe que no se trata de encontrar su propio bienestar. Se trata de Dios, su llamado y su misión. Entonces Karl toma una decisión clara y definitiva. “He hecho mi promesa. ¡Fiat mihi secundum verbum tuum! Ecce – servus Domini” (Diario 05/20/38). “El tiempo te exige” (Diario 17/2/39). Durante este enfrentamiento duro y casi extenuante, Karl se ha hecho fuerte frente a Jesucristo, antes de su ordenación sacerdotal en febrero de 1939 confiesa: “una vez escribí mi ideal juvenil: Cristo, mi pasión. Hoy escribo – tremendamente despabilado, pero claro: Jesucristo, mi amor, mi todo. ¡Te pertenezco completo e indiviso! ¡Así sea!” (Diario 05/02/39). Así, después de una lucha agonizante puede decir resueltamente: “Doy mi sí al llamado y la demanda de Cristo… Quiero ser tu sacerdote… -Ahí donde me pongas, ahí quiero estar” (Diario 06/04/38). II. Fue una larga lucha entre Karl y Dios, una larga y difícil lucha por su sí definitivo a su llamado al sacerdocio. En retrospectiva, él está cada vez más consciente de la forma en que fue dirigido por la Mater y de la inmensa fuente de energía que para él significa el santuario de Schoenstatt. En abril de 1933 Karl tiene su primera estadía en Schoenstatt donde participa de un encuentro de estudiantes y de un retiro espiritual. Luchó buscando su ideal personal y tomó la decisión durante la orden del día espiritual. Dos años más tarde comprobará: “el maravilloso retiro en Schoenstatt (fue) mi punto de giro hacia el apostolado en la juventud” (Diario 07/22/35). Incluso el día de su ordenación como diácono, recuerda con gratitud “el maravilloso retiro en Schoenstatt al que le debo tanta gracia.”2 “Nunca olvido aquellos días en Schoenstatt en los que a los pies de la Mater se inició la gran batalla entre el amor y la profesión. Fue tremendo” (Diario 31/12/37). También sintió la guía de la Mater: “Así es: una y otra vez, el amor de la Mater, esa virgen santa y bondadosa, se puso como instrumento para este su schoenstattiano, para guiarme hacia mi propio yo, hacia mi más alto ideal, aquel que arde en mi corazón: ser sacerdote de su hijo Jesucristo” (Diario 5/4/38). El santuario de la Mater ter admirabilis se convirtió en su hogar, su lugar de reflexión y su fuente de fuerzas. Así cuando se encontraba camino al hospital del pulmón en St. Blasien una ciudad en la selva negra (el 4/6/1939) hizo una parada en Schoensatt para rezar en la capilla. Tres meses más tarde escribe en una carta acerca del fruto de esta visita: “cuando todo se ve muy oscuro, entonces me arrodillo (espiritualmente) en la capilla y pido como un niño la 2 Carta al P. Josef Verweegen SAC del 25.3.1939 4 protección materna y poderosa de la Mater. La visita a la Mater en mi viaje de ida representa en absoluto lo más profundo de estos días.”3 La veneración a la virgen María es algo muy evidente y natural para Karl desde su niñez. Peregrinó a la ciudad de Kevelaer (el 29/10/37), donde abrió su corazón a la virgen Consolatrix afflictorum – consoladora de los afligidos. “Servus Mariae nunquam peribit” será el lema para su primera misa como sacerdote en Dachau. La frase “Mater habetit curam” le dan fuerza. Así habla él con la virgen “Fiat mihi secundum verbum tuum” y pide a su “adorada madre” que interceda por él ante su hijo, para que este le regale “el sí incondicional a la voluntad de Dios” (Diario 29/10/37). A su ingreso al seminario, la última fase de formación antes de ser sacerdote escribió: “Así quiero entonces confiando en el Señor Dios, agradecido por la guía bondadosa que me proporcionó de manera especial a través de su santa madre arriesgarme a dar este gran paso en mi vida” (Diario 7/12/37). Para Karl, María se convirtió en aquella que le ayuda, aquella que lo educa, aquella en quien confía y por quien se siente guiado. Confiando en la ayuda de María y con el “Mater habetit curam” en los labios y en el corazón, inicia su camino a prisión y luego al campo de concentración. Dios toma su disposición y nuevamente pone a prueba su confianza. Medio año antes de la tan anhelada ordenación sacerdotal, Karl se enferma con tuberculosis pulmonar. Su futuro es incierto. En su viaje al hospital de St. Blasien interrumpe su viaje en Schoenstatt para poner todo en manos de la MTA. En un acto suplicante se arrodilla ante ella y como una alternativa dramática de radicalismo final le pregunta: “Madre celestial, lo pongo todo en tus manos” (4/6/39).4 Antes que las hermanas de María y los padres de Schoenstatt hayan renovado su poder en blanco el 18 de octubre de 1939, jubileo de los veinticinco años de Schoenstatt, Karl Leisner tendrá una respuesta para esta pregunta. III. Karl se había decidido, se había decidido por completo. Para su ordenación como subdiácono (el 4/3/39) habrá comprobado: “El desaliento y la tentación se han ido. El sacrificio de la vida será conducido en la fuerza y la gracias de Dios y en la valentía del corazón abierto que se ofrenda al amor ardiente de Dios” (Diario 4/3/39). Colmado de alegría, gratitud y desapego se ordena como diácono el día de la fiesta de la anunciación. Ese mismo año tendría que realizarse su ordenación como sacerdote. Pero todo ocurriría de una manera diferente. Con el estallido de la segunda guerra mundial, el obispo adelantó la ordenación para el 23 de septiembre. Pero Karl quien de manera espiritual consumaba todo en el hospital del pulmón, no estuvo presente. No pasarían meses, sino 5 largos años hasta que el tercer domingo de adviento de 1944 fue ordenado sacerdote como prisionero en el campo de concentración de Dachau. El día de la fiesta de san Esteban celebraría su primera misa, misa que sería la primera y única en toda su vida misa. 3 Carta del 23.9.39 al capellán Burdewick 4 Otto Pies, hoy Stephanus, Kevelaer 1951, 97 5 Este joven que ardía por Cristo, aquel que con tanta fuerza y con su alma luchó por su decisión, ha llegado a la meta, aunque de una forma muy distinta a la que él se había imaginado. Dios pero lo había preparado para esto y lo había guiado desde hace mucho tiempo. Dios puso sus manos sobre Karl y nunca lo dejó. Él encendió un fuego en su corazón, un fuego que no se extingue. Pleno con este fuego se pronunció así a sus escasos dieciséis años: “o santo o villano.”5 Cuanto tomó la decisión definitiva por su vocación sacerdotal, la tomó en el sentido de “la última entrega” y “con profunda confianza” (Diario 24/10/37). Como rito de ordenación de aquel entonces, el obispo expuso a los candidatos a la ordenación su tarea: “Sacerdotem oportet oferre” – la tarea de un sacerdote es aportar ofrendas. El grupo de Karl Leisner en Münster convirtió esa frase en su ideal de grupo y el 18 de octubre de 1939 rezaron juntos: “Déjanos vivir bajo la ley: Sacerdotem oportet offerre.”6 Cuando les llegó la noticia de que la Gestapo había capturado a Karl en St. Blasien y lo habían llevado a una prisión en Friburgo, el grupo completó la frase de su ideal: sacerdotem oportet offerre et offerri –la tarea de un sacerdote es aportar ofrendas y ofrendarse. “El sacerdote debe ser aportador de ofrenda y ofrenda misma si quiere ser imagen de Cristo.”7 Esta declaración tan profundamente conductora no era algo extraño para Karl, especialmente porque el nacionalsocialismo lo provocó hasta lo último. Así escribió en su diario dos semanas antes de su ordenación como subdiácono: “¡el tiempo te exige!”, se trata de el último misterio en ti y éste te lleva hacia el altar, como holocausto (sacrificio total) por los otros, por el pueblo alemán” (Diario 17/2/39). El 18 de octubre de 1939 las hermanas de María y los padres de Schoenstatt estaban invitados a renovar su consagración con la Mater con el poder en blanco celebrando los veinticinco años de Schoenstatt. Karl Leisner y su grupo realizaron esta consagración8 y muchas circunstancias después le recordarían este acto. El hizo su “poder en blanco”9 y lo llevó a Dios como último sacrificio. Incluso en el infierno de Dachau para Karl no había dudas “en el poder en blanco se queda.”10 Karl Leisner vivió el fin del infierno de Dachau, es decir la liberación. Pero él ya vivía en otra libertad aún más grande y Dios aceptó su ofrenda como holocausto. Incluso en la mayor necesidad y durante las dificultades más duras, nunca perdió de vista el siguiente paso: el día de pascua. Sin importar cuán humillante y doloroso haya sido el día, la certeza de su última victoria, la victoria de pascua lo sustentaba. Así que el grupo de sacerdotes de Schoenstatt al cual él pertenecía en Dachau, le diseñaron la imagen para su primera misa: Unas manos 5 Retiro espiritual en Gerleve, 5 – 9.9.31 6 Hermann Gebert, Historia de una vocación, Vallendar² 2010, 114 7 Carta del capellán Bernhard Burdewick del 16.12.39, en el libro: Hermann Gebert, Historia de una vocación, Vallendar ² 2010, 114 8 Inspirado en Hermann Gebert, Historia de una vocación, Vallendar ² 2010, 97 9 Carta del 15.2.39 10 Carta del 6.4.41, inspirado también en la carta del 15.12.39 6 encadenadas que se abren hacia arriba, hacia la corona: Victor in vinculis – vencedor en cadenas.11 Karl Leisner ha vencido. El grano de trigo que ha caído en tierra, da fruto. ¿Seremos lo suficientemente conscientes del regalo que Dios nos hizo con Karl Leisner y su mensaje profético? Él es el primero de nuestra familia schoenstattiana mundial que se presenta a nuestros ojos como santo. El Papa Juan Pablo II durante su primera visita a Alemania lo incorporó como modelo sacerdotal para los sacerdotes y seminaristas en un encuentro en Fulda. En Estrasburgo el año 1988 lo presentó ante la juventud europea como ejemplo a seguir. René Lejeune dedicó su libro la biografía de Karl Leisner así: “A los jóvenes de Europa, a la juventud de todo el mundo (y) a los sacerdotes que emergerán de ellos.”12 Estoy convencido de que con la vida y lucha de Karl Leisner, con su batalla y con su ofrenda como holocausto recibimos un santo fascinante como regalo, con su persona un tesoro que debemos conservar: para la juventud, para los sacerdotes, para nuestra familia en todo el mundo. Gracias Dios por Karl Leisner, ¡dejémonos encender por su fuego!


[1] René Lejeune, Cómo el oro se purifica en el fuego, Hauteville 1991, 258 f; Arnaud Join-Lambert, Completo e indiviso, Vallendar 2010, 174f; Hermann Gebert, Historia de una vocación, Vallendar ² 2010, 148f

 

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