Versacrum Padre Alfonso Boes texto y video al final

P. ALFONSO BOES – 50 AÑOS DE SACERDOCIO QUE DEBERÍAN SER 60 AÑOS

El Padre Alfonso, junto a una pintura de la Parroquia de Eisenbach, donde se bautizó, donde descubrió su vocación sacerdotal y donde celebró su primera Misa.

Father Alfonso, close  to a painting of the Parish of Eisenbach where he was baptized, where he discovered his vocation for the priesthood and where he celebrated his first Mass.

Pater Alfons Boess vor einem Bild der Pfarrkirche in Eisenbach, wo er getauft wurde, seine Berufung entdeckte und seine Primiz feierte

P. Afonso Boess pertenece a la generación del „Ver Sacrum“

Father Afonso Boess is member of the generation of „Ver Sacrum“

Father Alfons Boess gehört zur Generation des “Ver Sacrum”

En pleno tiempo de guerra, vestido como soldado alemán, aparece el Padre Alfonso (el segundo de izquierda a derecha) junto a otros dos camaradas y Julio Steinkaul (el primero a la derecha) uno de sus compañeros de generación que entregó su vida heroicamente, cumpliendo el ideal de la primavera sagrada.

In the midst of war, dressed as a German soldier, Father Alfonso  appears in a photo  (he is the second from left to right) along with two comrades and Julio Steinkaul (the first one on the right) one of his course brothers of his generation who gave his life heroically, fulfilling the ideal of the sacred springtime.

Mitten im Krieg: in deutscher Soldatenuniform Pater Alfons Boess (2. v.l.) mit zwei Kameraden und Julius Steinkaul (re.), einem seiner Kursbrüder, der sein Leben gab im Sinn des Ver Sacrum

Después de diez años de guerra y prisión, el Padre Alfonso es ordenado sacerdote en Schoenstatt el 17 de junio de 1955, hace 50 años.

After ten years of war and prison, Father Alfonso is ordained a priest in Schoenstatt on the 17th of June 1955, 50 years ago.

Nach zehn Jahren Krieg und Kriegsgefangenschaft wird P. Boess am 17. Juni 1955 zum Priester geweiht

Fotos: Boess/Vinculo Chile © 2005

CHILE, María de los Ángeles Miranda B. Al cumplir sus 50 años de sacerdocio, que ha vivido casi completamente en Chile, el P. Afonso Boes repasa su noviciado en la guerra, sus cinco años de prisión en Rusia y el heroísmo de los que dieron la vida por Schoenstatt, como “primavera sagrada”.

“Deberían ser 60 años, porque mi camino al sacerdocio, el de nuestra generación en general, fue muy largo”. Así comienza el P. Alfonso Boes a contar su historia, una historia teñida por el amor y el dolor, por la fecundidad de Schoenstatt, amenazada por la guerra y alimentada por el heroísmo.

1 de mayo de 1933. “¡Mayo ha llegado, el despertar de nuestro pueblo es un hecho!”, decía Hitler ante dos millones de trabajadores, un día antes de que los nazis ocuparan todos los sindicatos.

Ese mismo día, en Schoenstatt, el P. Alfonso entraba al seminario menor de los pallottinos, con 14 años de edad. Dos semanas atrás le habían dicho que no había cupo, que ya eran 75 los internos, pero uno se retractó y pudo ingresar. De esos primeros 75 postulantes sólo él se ordenó sacerdote; la selección y después la guerra dejaron a todo el resto en el camino.

El P. Alfonso Boes nació en Eisenbach, Alemania, el 2 de abril de 1919, como el primogénito de Jakob y Elena, que luego tuvieron siete hijos más. Su hermana María Alfonsia más tarde ingresó a la comunidad de las Hermanas de María.

Durante toda su infancia, sus padres lo llevaban a misa todos los días antes de ir al Colegio, en la que también oficiaba de monaguillo. Una religiosa una vez le preguntó directamente si tenía vocación de sacerdote y ahí le comenzó a “caer la chaucha”, como él mismo dice en buen chileno. Entró a los Padres Pallottinos a través del P. Alfons Hoffmann, del grupo de los primeros congregantes. Además, el primo de su papá era José Schnieer, quien también fue de los primeros, cercano colaborador de José Engling y que murió en la Primera Guerra Mundial.

“LOS QUE VAN A MORIR TE SALUDAN”

En el seminario, los superiores ya vislumbraban que el nazismo traería dificultades para Alemania y para la Iglesia, pero los postulantes gozaban aún de la época de pleno desarrollo del Movimiento, de la que fueron activos protagonistas.

Los padres espirituales eran el P. Menningen, para los mayores, y el P. Bezler, para los menores. “Y claro, nos llevaron al tiro al Santuario y a conocer a esa primera generación que había vivido donde ahora nosotros empezábamos nuestra vida y nuestro camino. Esto nos tocó muy cerca. Nos llevaba a la meta que nos pusimos sobre todo en estos años: guardar su herencia, tenemos que guardar la herencia de ellos”.

Mientras aparecían las primeras biografías de los congregantes héroes, ellos conocían a esa generación fundadora, que ofreció su vida en la Primera Guerra Mundial, como José Engling, Hans Wormer y Max Brunner. En el año ‘34, los seminaristas viajaron a Francia trayendo los restos de Hans Wormer y Max Brunner, que enterraron junto al Santuario. “Esta fue la primera participación también de nuestros cursos menores y pusimos incluso un pergamino grande en las tumbas con nuestras firmas y con la palabra: “guardaremos su herencia”. Como no encontraron los restos de José Engling, en 1937 viajaron a Cambrai a erigir un monumento en el lugar de su muerte y se comprometieron con él a seguir su ejemplo.

A José Engling “el Padre Kentenich lo consideraba el hombre que ha vivido del modo más ejemplar todo el mensaje de Schoenstatt y la alianza”. La consigna entre estos jóvenes seminaristas era “tenemos que ser como él y de nuestra generación deben salir también hombres como José Engling”.

El heroísmo de los primeros era especialmente inspirador para los seminaristas porque “ya en este tiempo se vislumbraba: a lo mejor nos toca lo mismo también a nosotros un día porque se veía también llegar la segunda guerra”, recuerda el P. Alfonso. En el año ‘34 el Padre Kentenich les dijo: “guarden esta herencia y sean semejantes a esta generación que ha sido capaz de esta entrega”. Así Enrique Schäfer y Julio Steinkaul, compañeros de curso del P. Alfonso, dijeron personalmente: “yo quiero ser José Engling para mi curso, para mi generación”. Después ofrecerían su vida también en la Segunda Guerra.

También los impactó Max Brunner. “Unas palabras suyas especialmente nos impresionaron mucho, lo que él exclamó en el Santuario cuando tuvo que entrar al ejército y despedirse de Schoenstatt, con cuatro de su grupo, porque habían sido llamados a las armas para la Primera Guerra Mundial, y con un futuro muy incierto. Él, con todo entusiasmo, exclamó delante de la Mater las palabras de los gladiadores: “ave, Imperatrix, morituri te salutan”, es decir: “ave, Emperadora (a la Mater), los que estamos dispuestos a morir por Ti, te saludamos”. Era una adaptación del saludo que hacían los gladiadores al Emperador de Roma (“Imperator”) antes de enfrentarse en combate en el coliseo.

CAMUFLANDO LOS IDEALES

Pronto les llegaría también la hora de su amor. De a poco empezó la presión del régimen nacionalsocialista, que prohibió todo trabajo religioso. “Cuidado con las cartas, cuidado con nuestras revistas, en el año ‘37 nos pillaron una de nuestras revistas que mandábamos a los otros grupos en el país y la Gestapo tomó contacto con nosotros. Querían detener a los Padres, pero nosotros les decíamos: es cosa nuestra, los Padres nada tienen que ver, nosotros editamos y escribimos esto”, cuenta vívidamente.

Todavía podían celebrar jornadas en Schoenstatt, donde llegaban jóvenes de toda Alemania. “Recuerdo el año ‘36, después de la jornada, el Padre Kentenich nos dio otra vez la plática final. (…) Usó una expresión que me impresionó mucho, y me acompañó después en todos esos años difíciles que vivimos lejos de nuestro querido lugar, cuando los nazis nos echaron de Schoenstatt, y después durante la guerra. Habló sobre elegidos y enviados – como juventud – y utilizó las palabras de San Juan: “no son ustedes los que me han elegido a mí, sino que soy Yo quien los he elegido, para que vayáis y deis fruto”.

Los nazis cerraron los colegios religiosos y los conventos. En octubre de 1938 le tocó el turno al seminario de los pallottinos. “A partir del primero de marzo había que entregar la casa al partido nacionalsocialista y se cerraba el colegio”. Ellos se preguntaban “qué pasará ahora, cómo va a ser el futuro de Schoenstatt con los nazis al lado del Santuario y en la casa, el futuro nuestro, del sacerdocio, y en general el futuro de la juventud en toda Alemania. Ya ellos habían tomado todo en sus manos y prohibido todas las otras influencias a la juventud”.

Entonces buscaron un ideal común. Como no podían entonces expresar sus ideales en conceptos religiosos corrientes, tenían que camuflarlos, y encontraron la imagen del Ver Sacrum, de la primavera sagrada, tomada de la historia de la antigua Roma según Tito Livio, que relata que en tiempos de penurias, los más jóvenes del pueblo eran ofrecidos a su Dios. “La juventud que se ofrece en sacrificio por la salvación de la patria. El lema del Ver Sacrum es: por aquellos de corazón puro que se sacrifican, Dios salva a todo un pueblo. Esto nos animó mucho”, cuenta como si hubiera sido ayer.

UN NOVICIADO EN GUERRA

Fueron expulsados de Schoenstatt y reubicados en otros colegios para terminar el bachillerato. “El 31 de octubre de 1938 pusimos al lado del Santuario, en el monumento de los dos (Hans Wormer y Max Brunner), una placa de mármol con la palabra “guardaremos su herencia”, es decir, nuestro compromiso: nos echarán de aquí, pero estamos dispuestos a guardar la herencia que nos han entregado José Engling y sus compañeros. Tiene, en tamaño grande, el símbolo de la patena con la llama: el óleo sacrificándose da luz, que es propiamente el Ver Sacrum. Lleva escrito el nombre de José Engling y ocho nombres de los muertos en la primera guerra y más abajo: guardaremos su herencia. Este símbolo está colocado hoy en todos los Santuarios”. De hecho, en cada Santuario del mundo brilla el heroísmo de esta generación en la luz del Santísimo, que es el símbolo del Ver Sacrum.

“En 1939, el Padre Kentenich coronó por primera vez solemnemente a la Mater, diciendo: Mater toma tu obra, tu lugar en tus manos, nosotros ya no somos capaces, tu lugar está en peligro, te coronamos Reina en esta situación”.

Estalló la guerra y con eso “empezó a trazarse nuestro camino”, dice el Padre Alfonso. Los primeros seminaristas fueron llamados a las armas. Él alcanzó a terminar el bachillerato y en febrero de 1940 fue llamado a combatir.

¿Cómo se mantuvo firme usted durante la guerra?

– En primer lugar, por nuestra vinculación al Santuario, a la Mater, con toda la confianza en Ella, y concientes de que el sacrificio, llegada la hora, era para salvar la Obra, para salvar Schoenstatt. Por aquellos de corazón puro que se ofrecen, Dios salva a todo un pueblo.

Mientras tanto los nazis habían confiscado todas nuestras casas, ya no teníamos casas ni noviciado, entonces empezamos un noviciado externo, volante. Yo era el primero que recibí el hábito en el Santuario (24 de septiembre del 41), al comienzo del noviciado y, poco a poco, cuando alguno de nosotros volvía de vacaciones y pasaba por Schoenstatt, recibía también el hábito (se demoraron un año y medio hasta que todos los del curso lo recibieron). (…) Y empezamos así un noviciado de guerra, no sabíamos hasta cuándo iba a durar esta cuestión. Nuestra casa de noviciado era el Santuario, que estaba abierto.

Nosotros formamos en nuestros grupos un contacto epistolar, con nuestro padre espiritual, con nuestro maestro de novicios, quienes nos mandaban material para los estudios. Hicimos el noviciado siendo soldados y solamente a través del contacto epistolar.

¿Qué siente una persona que va camino al sacerdocio y que le toca ir a la guerra a matar?

– No me tocó nunca matar a nadie, pero ésta era una suerte única. No he disparado ni una bala en la guerra. Pero José Engling seguramente tenía que matar a muchos porque estaba al frente de batalla. Claro, es horrible esta situación.

Tiene otro sentido más, imagínese, tuvimos que enrolarnos como soldados para servir a un criminal como Hitler, mientras que él encerraba a nuestros Padres en los campos de concentración, clausurando nuestras casas, declarando antipatriotas a nuestras comunidades (…) Tuvimos que hacernos soldados para esta gente que nos mataba por la espalda.

La guerra terminó en mayo del ‘45 y yo desde enero estuve en un campo de concentración en Rusia, como prisionero de guerra, hasta el 24 de septiembre del ‘49, día de la Virgen de la Merced. (…) No sabíamos que iba a durar tanto, tanto tiempo. Para mí esta época duró diez años, me robó diez años de mi camino al sacerdocio, por eso digo que debería cumplir hoy 60 años de sacerdocio y no 50. 5 años de guerra, 5 años después prisionero en Rusia.

¿Cómo era la situación en esa prisión?

– Era peor que la situación en la guerra. Más de la mitad de nosotros murió de hambre, trabajos forzados, con mucha hambre, con mucha desnutrición, éramos esqueletos no más. Fue horrible.

Yo era joven, y aunque estuve una vez en peligro de morir y estaba totalmente exhausto, me recuperé poco a poco. La diarrea era normal. Tomábamos como remedio carbón del horno y comíamos cualquier cosa verde que brotara porque la inanición era horrible.

¿Cómo sale usted de la prisión en Rusia?

– Cuando cinco años después de terminada la guerra, poco a poco, obligaron internacionalmente a los rusos a liberar a sus prisioneros, lentamente fueron enviándonos de vuelta a Alemania. Primero los que estaban incapacitados de trabajar, pero duró varios años más todavía.

POR FIN SACERDOTE

“Recién a la vuelta empecé los estudios. Mis compañeros de curso que habían vuelto al tiro después de la guerra ya eran sacerdotes”.

Fue ordenado el 17 de junio de 1955 en Schoenstatt. En junio de 1956 llega a nuestro país, a trabajar en la Parroquia de Carrascal. “Cuando llegué a Chile no sabía nada del país, ni tampoco hablaba castellano; aprendimos aquí poco a poco”, evoca.

En el ‘60 partió a Alemania regresando, en el ‘62, a la Parroquia San Enrique de Chimbarongo. En 1964 llegó al Cerro Alegre en Valparaíso, lugar de Fundación del Movimiento en Chile y en el año ‘65 se trasladó a Viña. Allí ha estado hasta ahora, apoyando – a sus 86 años – el trabajo de la Rama de Señoras y atendiendo a la comunidad alemana local, que mantiene también un hogar infantil. Además es capellán del Hospital de Niños y siempre abre las puertas a todos los pobres que preguntan por el P. Alfonso, regalándoles ropa alemana.

Guarda como tesoro todas las reliquias: cartas del Padre Kentenich, el boceto del símbolo del Ver Sacrum que le mandó Enrique Schäfer desde las trincheras, fotos históricas, también de la historia de Schoenstatt en Chile. Como él mismo dice: está empeñado en que los chilenos, también guardemos la herencia.

Un primer adiós a un héroe

La encina es la reina del bosque alemán. Bajo su sombra, los reyes solían dictar
justicia. Ha caído una noble encina, nacida muy próxima a la catedral románica de
Limburgo. Un luchador sin tregua. Un rebelde que sobrevivió al más horrible gulag
de Siberia. Seminarista del Movimiento de Schoenstatt, cuando los secuaces de
Hitler se apoderaron del valle donde mana, junto a un Santuario de la Virgen, la
corriente espiritual que -en los cinco continentes- tiene réplicas de ese Santuario
Original. En Chile, son 24. La Gestapo, muy pronto, puso a Schoenstatt en el puesto
1 de la lista de los enemigos del régimen.
Schoenstatt había nacido, ahora justo hace 100 años, en el fragor de la Primera
Guerra Mundial. El P. José Kentenich llamaba a su fundación “hijo de la guerra”, del
combate entre la Mujer-María y el Dragón-Demonio (Apocalipsis 12). Los
combatientes terrenos son como el campesino sacerdote Alfonso Boess. Este
domingo, “pequeña pascua semanal” (Benedicto XVI), este valiente ha dejado de
combatir. Lo último fue una sonrisa, besar la mano de su enfermera, y despedirse
de su superior religioso. Luchó en los dos grandes frentes, de Francia y de Rusia.
Las armas más modernas se sumaban al gélido y asesino invierno. Alfonso atendía
a los caídos, curándolos, o enterrando sus cuerpos. En su batallón, murieron
prácticamente todos. Tenía una resistencia titánica. Ni hielo, ni bombas, ni el
agotamiento, lo quebraban. Su secreto era la herencia de otro seminarista, un
franciscano.
Este amigo le entregó, al morir, un escuálido rosario y la promesa de reencontrarse
en un cielo, no etéreo, sino el espacio más realista y glorioso del amor. Creían más
en esa patria, que en el vendaval con polvo de nieve que se colaba entre los
pulmones. Al caer Stalingrado, envían al joven Alfonso Boess a un campo de
concentración. Allí, lo encadenan a las obligaciones de esclavo, moribundo
permanente, y obrero gratis del régimen de Stalin.
El hambre volvía locos a muchos. Alfonso era equilibrado, el más tenaz de todos.
Encontraba comida entre lo más asqueroso y menos común. La compartía, como
quien comparte un banquete en una fiesta popular. Las cuentas de su rosario lo
conectaban con el Señor que tuvo Madre, carne nuestra, llagas nuestras, muerte nuestra, y resucitado por el género humano. Jesús no había partido para “gozar su
merecido reposo”. Se fue al Padre, y se quedó con cada humano. Esta fe salvó,
también biológicamente, la vida siberiana de Alfonso Boess. Viktor Frankl estudió el
fenómeno de esa supervivencia inexplicable de algunas personas que tienen recia
fe. Alfonso decidió intentar lo imposible: huir de ese infierno. Se preparó con
inteligencia, y una noche emprendió la locura, colgándose como un péndulo del
rosario de su amigo seminarista. Al final de la historia dantesca llegó a Alemania,
fue ordenado sacerdote de Schoenstatt para la Iglesia. Pronto se embarcó hacia
Chile. El sobreviviente de ese gulag extremo vació a raudales la energía de amor
sacerdotal, en barrios a orillas del Mapocho, fundando casas en los cerros de
Valparaíso y en Viña.
Montó una cadena solidaria a través del Atlántico, como una mano larga, hasta los
más desposeídos. Capellán consuetudinario de la colonia alemana porteña. Papá
de muchos huérfanos, algunos eran niños que no tenían siquiera un nombre propio.
Visitador casi compulsivo de enfermos. Confesor sin horario fijo. Bueno para la risa,
la cerveza y los arenques, que le regalaban unos contrabandistas semiconvertidos.
Al final, se vino a Santiago para partir desde el Santuario de La Florida, con un andar
definitivo. Este cachorro del León de Judá, con sus 97 años, no podía sino vivir
intensamente en la oración y en el amor. Era el schoenstattiano más antiguo del
mundo, llegó a 80 años de vida schoenstattiana tomado de la mano de la Virgen,
siguiendo a Cristo, hacia el Padre. Lo llamaron en el último domingo, antes del
cumpleaños 100 de Schoenstatt. El combatiente sacerdote era paz pura, sólo
sonrisa, un pequeño Marga-Marga desembocando en el pacífico océano del Dios
Trinidad.
P. Joaquín Alliende L.
Porta Coeli, 12.10.2014


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